martes 1 de diciembre de 2009

El arte de decir que no

No es lo mismo un vampiro sin camiseta y de voz ronca, que un médico que transplanta órganos. Ya sé que los chicos de Anatomía de Grey no dirían lo mismo, y que Christina Yang se estimularía sólo de pensar en Alex O’Loughlin tocando con sus viriles manos un corazón. Pero ese ambiente de hedor anestesiante y que oculta bajo múltiples desinfectantes el verdadero olor de la muerte, no es atractivo. Las batas tampoco me lo parecen.

Tampoco es lo mismo ser una estrella de segunda con unas aptitudes limitadas y camisas arrapadas en la noche de los viernes, que dar el paso a la digna noche del domingo. O’Loughlin podía con lo primero, con esa admirablemente nefasta Moonlight, que cancelaron a traición, pero no con Three Rivers. No porque sea una buena serie, que no lo es, sino porque su perfil ya no se adecuaba: con verlo, cuesta creer que tuviera nota para entrar en medicina. No tiene madera de cirujano, más bien de mecánico.

Que conste, sin embargo, que no critico que no estuviera a la altura: este drama médico, heredero de la factoría Bruckheimer, es tan inverosímil como la central de operaciones de Perros contra Gatos. Las pantallas táctiles en el aire, que todo el mundo compara con Minority Report, se suma a la filosofía de modelo de ropa interior que destila el protagonista junto con Daniel Henney. ¿Cómo puede ser que Julia Ormond estuviera en el piloto inicial? ¿Acaso la echaron por tener talento?

Pero la cuestión es que a día de hoy aún no he visto ni un episodio entero de Three Rivers. Ni los cinco primeros minutos. Más bien, con el ratón del ordenador hice un pequeño tráiler pasando por la primera mitad del episodio. Y cada imagen me ahuyentó más que la anterior. Distinto hubiera sido que por lo menos la hubiera intuido casposa (“oh, el doctor necesita quitarse la camiseta para cortar una hemorragia”).

A veces cabe asumir que hay casos perdidos y que, como ha sucedido, tampoco durarán mucho tiempo en la programación. Este drama, como diría Heidi Klum, ya está ought. Pero lo preocupante es que, en lo que llevamos de temporada, hay muy pocas que merezcan estar in y unas cuantas que merecen ser ignoradas. ¿Es Trauma una de estas? Porque por explosiones cinematográficas que tenga y nervio en el montaje, si una serie tiene a Anastasia Griffith de protagonista es que aspira a ser ninguneada.

domingo 29 de noviembre de 2009

La sequía del Saturday Night Live

January Jones es la inquietante madre de la familia Draper en Mad Men. Y su Betty, de pose extremadamente rígida, ha estado en el limbo durante más de dos años. ¿Se trata de una barbie acomodada interpretando un inadecuado papel de buena esposa? ¿O más bien el de una actriz con pocas dotes intentando encajar en el decorado? La aparición de Jones en el Saturday Night Live nos sacó de dudas: Betty Draper es el trabajo de su vida, pues difícilmente encontrará otro papel con el que disimular sus carencias.

Ella ha sido, de momento, la invitada más vilipendiada de las que han pasado esta temporada en el programa. Ni tan siquiera supo tirarse un pedo con gracia en un sketch basado en La Ventana Indiscreta donde ella hacía de Grace Kelly, o sea, la madre de Betty. Pero es que tampoco tuvieron más suerte Megan Fox y Drew Barrymore, esta última experta en el terreno de la comedia. Y los medios del país no paran de decirlo: la decadencia de SNL es tanta, que ya hay quienes lamentan que siga en antena.

Sin embargo, no hay porqué alarmarse: las audiencias lo apoyan seguramente porque hay una competencia poco interesante y en realidad el concepto no es caduco. El problema está en unos guiones errantes que, si bien nunca han sido constantes, ya no tienen chispa. Huele a comodidad y a putrefacción en la sala de guionistas. Y es que sólo hay que ver cómo se repiten para sobrevivir durante su sequía creativa. Echan mano de su particular galería de freaks, pero el resultado ya no es el mismo.

Por culpa de esto, Kristen Wiig ha pasado de ser one of the funniest women in America a la cómica más cansina del panorama televisivo. Sí, ella es capaz de cantarte Björk y hacerse la borracha como nadie en el plató, pero estar en cada gag y con los mismos tics está gastando su imagen a base de bien. Quizá el equipo cree que los saca del atolladero, pero una vez Wiig esté hecha cenizas de tanto quemarla, no habrá quien levante el programa.

A todo esto se le ha sumado la incorporación de la joven Jenny Slate, que no encuentra ni el tono ni el lugar en este desbarajuste, ni tan siquiera después de soltar su “f*** bomb” sin querer durante un sketch (algo atroz en Estados Unidos), y que encima debe luchar con el fantasma que la persigue por el plató. Porque tener que sustituir a Michaela Watkins, que pasaba más desapercibida que Wiig pero lograba mantenerse en pie, no es fácil, y más cuando debes heredar alguna de sus caricaturizaciones (porqué la despidieron a día de hoy aún no está claro).

¿Lo que piden desde la crítica? Menos Wiig, más bromas pop (algo que con Taylor Swift no pudieron evitar y por eso se llevó el gato al agua con su monólogo), menos repeticiones y más cameos inesperados (aunque la de Madonna con Lady Gaga fue, más que sonada, bochornosa). ¿Qué añadiría? Una renovación drástica entre los guionistas, más caras frescas en el reparto masculino y un Weekend Update más perspicaz (el recuerdo de “bitch is the new black” le hace mucho daño).



Claro que yo no me quejo de los invitados porque me encanta ver si salen intactos los famosetes ante semejante reto. ¿La próxima semana? La inigualable Blake Lively. ¿Quién puede pedir más?

He aquí dos vídeos de Taylor Swift. En el monólogo se mete con Joe Jonas, bromea sobre su posible romance con Taylor Lautner (invitado en un par de semanas) y Kanye West. ¿El segundo? La parodia de Crepúsculo.











jueves 26 de noviembre de 2009

Una diva muy legal

La suerte de la fragmentación de la audiencia es positiva cuando el mercado es enorme, como es el caso de los Estados Unidos. De esta forma las cadenas pueden especializar su oferta y apostar radicalmente por una vertiente en concreto (algo que en España no ocurre: sólo hace falta ver que intentan atraer al público de los 5 a los 102 años). De aquí que Lifetime pueda producir series dirigidas claramente a mujeres adultas: mientras que sus audiencias supondrían la guillotina si estuvieran en un canal generalista, el target específico permite rentabilizarlas de forma más fácil.

Drop Dead Diva fue la apuesta de ficción del verano pasado y que no quise ver por prejuicios históricos: Army Wives siempre me ha dado la impresión de ser un rollo para amas de casa adineradas y aburridas, y los mitos del canal no eran precisamente reconfortantes (Doctoras de Philadelphia me gustó porque era pequeño, no porque tuviera buen gusto, y Missing era carne de incineradora). Pero en tres días devoré los 13 capítulos de la primera temporada. ¿Cómo es posible?

La historia que narra es la de Deb, una modelo (¡muy fea!) que muere en un accidente de coche, va al cielo y, de tan superficial que es, le permiten volver a la Tierra para hacer alguna buena acción. Eso sí, en el cuerpo de una abogada superdotada, pero con sobrepeso. Y suerte que, por ñoño que sea el argumento (y que es la serie), tenían claros los referentes a plagiar: la película de cambio de cuerpo de Una Rubia Caída del Cielo con Ellen Barkin (un hombre que se reencarnaba en mujer), la magistral Una Rubia Muy Legal y unas gotitas de Ally McBeal (que por algo se ambienta en un bufete).

El resultado es una comedieta legal, tonta y romanticona que saca cada dos por tres el arsenal pro-belleza real como si de un anuncio de Dove se tratara. Y funciona porque tiene a una protagonista, Brooke Elliott, con el carisma suficiente para enamorarte con su inabarcable autoestima y sus kilitos de más; porque no agobian con el galán de la función, que recuerda con su parálisis facial a Dermot Mulroney; porque sacan el espíritu Elle Woods en cada juicio y también a partir de la amiga rubia, en el sentido más peyorativo de la palabra; y porque encima tienen unos invitados de lujo que protagonizan los eficaces momentos McBealescos.

Porque saber el público específico al que debes seducir pone las cosas muy fáciles: hacer aparecer a Tim Gunn de consejero en sueños, a Liza Minnelli de clienta bruja (que, por cierto, ¿está enferma?), a Rosie O’Donnell de juez gruñona (en una continuación de su papel en Beautiful Girls) y a Paula Abdul de show-juez en sueños, obligan sin lugar a dudas a poner unas cuantas estrellitas doradas a la serie.

Aunque, como podéis ver, no es para todos los gustos y sólo la recomiendo a aquellas que se divierten con Una Rubia Muy Legal (la primera, que la segunda era bochornosa), a las que les gusten las comedias felicianas y a las que se decepcionan al verse los michelines en el espejo.


(Y si alguien la ha visto en Estados Unidos, ¿me puede aclarar qué clase de spots se emitían en las pausas publicitarias? Porque todo indica que se trataría de cosméticos, compresas y teena lady.)


Este fue el spot que me llevó a engancharme. Y sé que lo vi en algún blog y no recuerdo cuál. Pero gracias, porque realmente necesitaba algo 'light' para aderezar el mes de noviembre, ahora que no están ni Greek ni Make It or Break It.

martes 24 de noviembre de 2009

Melrose Place y un cartón de Don Simón

Hay mujeres que son como el buen vino: con los años mejoran. Heather Locklear no es una de estas. Más bien, ella es como un cartón de Don Simón, rancio y sólo apto para calimocho, o para el borrachuzo desesperado del banco del parque. No da para más.

Las operaciones estéticas le han robado la simetría en la cara. Su nariz es un apéndice artificial pegado en el centro del rostro y no hay ni un rasgo de expresión en él. Pero lo que es peor (ya que nadie esperaba ninguna interpretación magistral): Locklear se ha quedado sin el morbo. Sólo da para sesiones de sexo al estilo Christian Troy, o sea, con bolsa de cartón en la cabeza. ¿Entonces qué pinta una femme fatale en el vecindario, si la primera reacción al verla es la de compadecerte de ella? Es más atractiva la idea de tirarte por la ventana sin tan siquiera abrirla, que meterte en la cama con Heather.

Por lo que se ve, además, su incapacidad de atracción no solamente se puede aplicar en la barra de un bar un viernes por la noche, sino que la audiencia también huye de ella. Su primera aparición en la nueva Melrose Place pasó desapercibida para el gran público en ese intento desesperado de la CW de apelar a los ex fans de Amanda. Menos de dos millones de espectadores la vieron (y encima la mujer fue bastante estúpida porque, de haber empezado en los primeros episodios, quizá sí que hubiera funcionado la operación nostalgia).

Y este enésimo fracaso por parte de la cadena, mientras que a primeras me indignó, ha acabado por justificarse a si mismo. La defendí a partir de su primer episodio pero, desde entonces, no ha alzado el vuelo y todo lo que insinuaba no se ha cumplido. Ese asesinato inicial, la entrada en la prostitución de lujo, los robos de guante blanco y la probable infidelidad sugirieron que Melrose se dirigía hacia el descalabro que provocó que Marcia Cross dinamitara el edificio en la serie original.

Queríamos ver situaciones eróticas de la puta, alguna que otra paliza, cómo se enamoraba de algún cliente y como la rechazaba algún amigo al enterarse; no que sea tan idílico como para que las adolescentes quieran hacer carrera en el oficio. Queríamos tensión en el edificio tras la muerte de Sydney, no que siguieran comiendo perdices alrededor de la piscina. Que Ashlee Simpson fuera una perturbada a la que temer; no de la que reírte. Y que la prometida de la escalera se enrollara con el cocinero, que tanto músculo debe aprovecharse para algo.

Melrose Place ha cortado sus raíces y ha olvidado el principio fundamental de su filosofía: llegarás más lejos siendo una zorra que una buena vecina. Lo que han hecho, en cambio, es un culebrón amable que, ni tirándole todo el Don Simón de tetrabrick del supermercado, se puede animar.

Y el calimocho dejó de ser guay justo en el momento en el que maduramos y descubrimos el placer de saborear un buen vino.

domingo 22 de noviembre de 2009

A quién le importa... America's Next Top Model

Trece episodios de America’s Next Top Model no pueden pasar sin pena ni gloria por este blog, y por más que a nadie le interese quién ha ganado este concurso de petite models (esta vez medían menos de 1,70), toca hablar de ello. Que con la tontería son unas cuantas horas y además ha sido una primera experiencia (por cierto, que se aparten los que no quieran saber quién ha ganado).

Tyra Banks casi logró ahuyentarme del programa y el cásting, bastante penoso, también. Hubo demasiadas ganas de sorprender al personal con minidiscusiones de gatitas traicioneras y muy pocas de encandilar a los fotógrafos. Y es que no sólo hubo la cristiana esquizofrénica, que debieron ingresar antes de que empezara el concurso, sino de todos los colores: la cheerleader con la pata rota, la cortita de la América profunda (que sea disléxica es una cosa, que sea pánfila otra), la agresiva a la que pegaba el novio (algo que a Tyra le encantaba recordar) o Jennifer, la del ojo vago (muy vago).

Y esto es algo incomprensible: las chicas que caminan por las pasarelas no siempre tienen rostros bellos (de hecho, normalmente no), pero tienen la estatura y el tipo recomendables. Así que, si pretendes formar a chicas de la estatura estándar en el mundo real, debes poner cierto énfasis en que realmente sean fotogénicas. Jennifer, por poner un ejemplo, nunca debió haber entrado porque, por más madera que tuviera de modelo, con un ojo menos abierto que el otro (por problemas médicos, lo sé) no tenía futuro. Eso sí, ANTM la mantuvo hasta el final porque daba juego, para luego tirarla por la borda en un arrebato de sentido común.

Otro caso clarísimo era el de Kara que tenía una estructura ósea fenomenal, pero cero carisma y un ojo le apuntaba al más allá. Pero no, no era una heredera natural de Kate Moss, que nadie le busque la parte positiva. Tenía un mayor parecido con la hiena estúpida de El Rey León, con la diferencia que Kara no era una hiena, sino más bien una zorra. Porque, si algo me ha llamado la atención, es que en este reality las concursantes son pequeñas basurillas.

¿Qué se puede esperar de unas chicas que dicen “haber nacido para ser modelo”? Entiendo a los niños que quieren ser astronautas, las que quieren ser cirujanas y el que quiere ser mecánico de coches, pero no a jóvenes que, sin dar la talla, esperan que el mundo les sonría. La mayoría de ellas eran el prototipo que cabía esperar de un programa de modelos: chicas inútiles, egocéntricas, muy bitchy, que no tienen nada que ofrecer aparte de su físico (y la verdad es que, aparte de 3 o 4, ni eso). Algo que, como demuestra el spin-off de Project Runway, Models of the Runway, no tiene porqué ser así. Las mujeres del programa de Heidi Klum no sólo son guapas, sino encantadoras e inteligentes.

Seguramente, después de haber pasado por ANTM y teniendo en cuenta sus aptitudes, la mayoría se podrían ir directamente a una agencia de acompañantes de lujo (con extras incluidos). O eso, o que manden currículums a una franquicia de McDonald’s.

Por esto, por la infinita ambición de casi todas, Nicole era la más odiada. No sólo la clavaba en cada sesión de fotos (lo suyo es talento, de verdad), sino que además era la persona más pasiva que deben hacer conocido en su vida. Ella era feliciana, tímida, sus dotes para la sociabilidad eran nulas y era tan rápida como un perezoso. Pero se ponía delante de una cámara y las dejaba a todas en evidencia. Y, desde la sexta o séptima semana, ya era la favorita. En la octava, ya era la predecible ganadora.

Es gracias a ella, básicamente, que he podido soportar este nido de víboras capitaneado por Tyra Banks y con ese payaso de puñetazo llamado J. Alexander. Cada plano dedicado a Nicole se impregnaba de bondad y cada fotografía que le sacaban un placer para la vista. Además, ha dado una buena lección al resto de competidoras, que quizá la podrían aprovechar ahora que aún están a tiempo de madurar: ser malas, envidiosas y criticonas no os va a llevar a ninguna parte (y menos, midiendo por debajo de 1,70).

jueves 19 de noviembre de 2009

Un mito en presente

Estos últimos doce meses, si deben tener algún calificativo, es el de crepuscular. Hemos experimentado una explosión adolescente que, en lugar de desgastarse de tanto taladrar, se va expandiendo. No ha habido en la historia tanto seguimiento en un rodaje como el de Luna Nueva. Y este éxito, además de basarse en unas novelas escritas con el tacto de quién sabe qué quiere su público, tiene nombres y apellidos: Kristen Stewart y Robert Pattinson.

A ellos todo esto les vino de sopetón, pero luego se han convertido en la piedra angular de todo este fenómeno que no tiene precedentes. No son exactamente como sus personajes en la ficción, Bella Swan y Edward Cullen, dos románticos empedernidos con instintos bastante masocas, pero su carácter se ha amoldado al sentir de los adolescentes y a la esencia de la saga. De aquí que la onda expansiva no haya acabado con toda la parafernalia.

La entrevista a la actriz en el Tonight Show de Conan O’Brien es la enésima revelación. Stewart no es guapa, pero castiga su belleza con una tímida actitud que no la favorece. Se sentó en el plató con las piernas cruzadas y la espalda encorvada, mientras se mecía fruto de la incomodidad. “A mi padre le molesta que no termine las frases”, explicó. Y rápidamente se entendió: esta chica es un saco de nervios que es estrella de rebote. Balbucea, tose y mira al suelo. Intenta congeniar (y por eso también es adorable), pero es tan peculiar como cuando recogió el MTV Award a la mejor actriz y se le cayó de las manos (“I was just as awkard as you thought I was gonna be”).

Junto con el insólito Pattinson, que reconoce tener ataques de ansiedad dentro del coche, han dado a los adolescentes unos referentes viables. Sí, los ven como gente guay, pero ese poder de atracción también se basa en todas sus imperfecciones: todas las chicas podrían ser una Kristen/Bella, porque no es guapa, no es el colmo de la sociabilidad, es sumamente patosa y además es una alma torturada desde el primer minuto. Y, lo mejor, es que un príncipe (no-muerto, pero de la realeza al fin y al cabo) se fija en ella y encima le da las gracias.

La adolescencia es probablemente la etapa de más inseguridad de la vida del ser humano. No es en realidad la más dura, ni tampoco en la que hay más responsabilidades, pero sí la más desconcertante, quizá porque se vaga por un camino ya predeterminado y las pocas opciones que hay, de carácter social, sexual y emocional, pasan a ocupar un primer plano demasiado intenso.

Crepúsculo ha ayudado, a su manera, a todos estos jóvenes, que no deben desear ser otra persona porque sus ídolos tampoco son perfectos (“no estoy muy bien dotada”, reconoció Stewart en el programa de Conan). Y por más contras que algunos quieran encontrar en esta saga literaria y fílmica, ha sido un refugio de aceptación de uno mismo que no debe ser menospreciado y que en cierto modo ha curado todo el descalabro superficial (que tampoco critico) de los cuentos de hadas de Disney. Sobre todo gracias a Kristen Stewart, que bien podría ser aquella chica que pasaba desapercibida en el pupitre de la esquina de tu clase y que mira donde está.

Y lo sé, esto no es televisión... pero soy un mitómano irremediable y hay pocas figuras tan interesantes como Kristen Stewart, semidiosa indie e inédita estrella con tan sólo 19 años. Además, incluso los máximos detractores no pueden negar que es un puntazo que Crepúsculo termine con una canción de Radiohead y Death Cab for Cutie sea el responsable del single de Luna Nueva (aunque la mejor canción del disco sea esta balada de Editors).

martes 17 de noviembre de 2009

Los lagartos postgalácticos

Los visitantes no necesitan presentaciones. Son una panda de lagartos, la mayoría con viles intenciones, que se ocultan tras una gruesa capa de piel y pelo. Nadie ha olvidado los peinados cardados de Dianna. Y esto, aparte de atraer a los nostálgicos a la televisión, es un gran obstáculo creativo. El espectador ya sabe por donde irán los tiros (es más, los idealizó con el tiempo) y lograr penetrar esa coraza es una operación complicada. La llegada de los alienígenas, por ejemplo, después de tantos tráilers y tanta ciencia ficción comercial y gratuita, ha sido un jarro de agua fría. ¿Dónde estaba la emoción? A continuación.

La mayor diferencia entre la V inicial y la actual es que han pasado 26 años, y aquí es donde realmente reside su potencial. No sólo es una mera cuestión técnica (aquí anda que no echan mano de los fondos verdes para incrustar imágenes), sino más bien social.

Ahora estamos en la era Obama, la de un mensaje esperanzador pero sin una concreción detrás, y Anna, la líder de los visitantes, aprovecha el timing. Los analistas que han visto similitudes entre el presidente demócrata y la lagarta tampoco es que se esforzaran mucho: las palabras de Anna son obvias, sí, pero forjan el vínculo esencial para relacionar al espectador con la ficción.

El otro gran factor que distorsiona esta nueva versión del clásico es Battlestar Galactica. No sólo se trata de que hace años que los extraterrestres están entre nosotros como los cylons (y que tienen un plan, y que por allí se pasea alguno), sino que me introdujo un chip que me obliga a observar las amenazas no humanas con ojo crítico. Es ver un sociedad distinta, que rápidamente me cuestiono la estructura de poder, organización social y la capacidad de desarrollar pensamientos individuales; todo aquello que nos mantuvo en vilo durante cinco temporadas.

Estos apuntes, sin embargo, seguramente tampoco son del todo fidedignos porque, en realidad, V no es tanto un juego psicológico (que también lo es, con la paranoia de los infiltrados) y de introspección del enemigo, como un producto de fácil consumo del bien contra el mal. Su voluntad es la de entretener con sus dosis de acción, un punto de suspense y sobre todo narrar. Porque lo más importante en una historia como esta es la de atrapar al espectador y no dejarle respirar (el truco Prison Break). Y él debe dejarse llevar y tragar sin rechistar. Doy las gracias por ello.

Y aunque la primera escena no ofrece la confusión y terror que necesita (Independence Day le ha hecho mucho daño), lo cautivador es la primera entrevista entre la líder y el periodista. Hay un estira y afloja ético (ella lo obliga a hacer preguntas de cariz positivo) que aporta la tensión esperada en los minutos iniciales. Hay una caída de máscara que, con lo guapa que es ella, es doblemente atractiva. Y lo más enigmático es que incluso Scott Wolf, el eterno casi heredero de Tom Cruise, seduce a la cámara. Y es uno los argumentos por los que V tiene uno de los mejores cástings de los últimos años.

Es básicamente un flechazo colectivo. Elizabeth Mitchell, que sin lugar a dudas es la revelación tardía de la década, forja un equipo sólido e instantáneo con Joel Gretsch; y la cuestionada Morena Baccarin cuya elección como lagarta fatale fue cuestionada, transmite con las miradas la fuerza y el morbo que toda zorra de armas tomar debe tener, y bebe a su manera de la Número Seis de Galáctica. Y, con ese pelo corto que se rebela contra los cardados de su predecesora, V demuestra que tiene aptitudes para ser la nueva serie del momento, menos refinada de lo que cabía esperar, pero sin las ínfulas de FlashForward. O eso por lo menos me han dicho las emocionadas palpitaciones de mi corazón.

sábado 14 de noviembre de 2009

Un guapo en Nueva York

En el celuloide, los ladrones de guante blanco son un mito de la elegancia y del savoir faire. No son chorizos sin más, burdos ladrones; no. Son una especie en peligro de extinción que, a base de robar obras de arte o hacer estafas inocentes (¿por qué cuando roban a un ricachón el delito parece menor?), nos seducen con su encanto. Por lo tanto, lo más importante es (como casi en toda obra, que conste) que el protagonista sea un tipo irresistible. Y con esto no quiero decir que produzca un furor animal, sino que sólo con el abrir de una puerta se te meta en el bolsillo (además de despertar, también, una sana envidia varonil).

Matt Bomer da con el perfil. Es un chico de ojos azul fulminante y su charm es más práctico que esencial: la estatura le traiciona y su dentadura me recuerda a la de un caimán. Pero bueno, con un poco de picardía y trajes a medida (y el sombrero que no falte) puede llevar White Collar. Justamente el no ser perfecto es una bendición: señal que el tipo se esfuerza, y no como otros galanes y buenorros varios que pasean por la programación su visible falta de talento (Chace Crawford y Matt Lanter son dos claros ejemplos).

Lástima que al tratarse de una serie del canal USA Network, alguna gran carencia está asegurada. En este caso, las posibilidades del personaje, el Neal Caffrey un ex guantes blancos que se ve obligado a colaborar con el FBI, se ven desaprovechadas por la mediocridad (como siempre ocurre en la cadena) de los casos que investigan. Al igual que en Al Descubierto, Royal Pains o Último Aviso, no interesan. Y lo que podría salvar la función, un calculado contraste entre el ladrón vividor y el cascarrabias del policía, que ya se intenta, es imposible cuando las frases no son punzantes (ni las de Caffrey) y el poli es en el fondo un pardillo (Tim DeKay es carne de secundario plano, no de contrapeso protagónico).

Así que básicamente es la enésima serie prescindible de esta temporada. Es duro, sí, no poder sumar otra más en nuestra lista de imprescindibles (aunque bien pensado, tampoco esperaba nada de White Collar). Claro que para los ratos muertos quizá me la reserve porque, a pesar de que no vale un duro, tiene tres pluses: en ella aparece Tiffani Thiessen, cuya oronda belleza facial es memorable; está Natalie Morales, a quien todavía veo como Middleman; y de fondo está Nueva York.

Y cuando una serie pone a la gran manzana de coprotagonista y la introduce a menudo de decorado, pasa a un estrato superior ni que sea por los fascinantes rascacielos (y ese plano desde un tejado de cerca del Rockefeller Plaza me puso el corazón en un puño). El verdadero New York, I Love You está en televisión y no en los cines (¿le sumamos The Beautiful Life, Gossip Girl y, por supuestísimo, Sexo en Nueva York?)

jueves 12 de noviembre de 2009

¿Qué pasó con la brújula moral de Nip/Tuck?

No puedo con cualquier cinta de terror. Hay una fina línea que separa aquello terrorífico y sádico de aquello que es enfermizo. Y esa línea es el sexo. Mezclarlo con la violencia, vísceras y sangre, sin tener que trascender, es algo gratuito y para un público que necesita urgentemente una visita al psicólogo, si es que alguien es capaz de excitarse con esas escenas.

Nip/Tuck, en algún momento de su existencia, cruzó la raya. No es un filme de terror, pero sí que es el torture porn de los culebrones. Y el sexo, que siempre fue el estandarte, pasó a ser una arma para herir, no a los personajes, sino al propio espectador. Por eso dije “basta” en la tercera temporada, cuando el humor se había perdido y los personajes desalmados, muñecos rotos de los guionistas, se introdujeron en una pesadilla.

La escena que marcó el antes y después no fue la pandilla de transexuales orinando encima del hijo, ni el nazi que lo quiso convertir en eunuco, ni la aparición de un violador en serie (lo único de valía de esa temporada). Fue el trato vejatorio que le infligió el misógino y falocéntrico Doctor Troy a una de sus pacientes. Una corta descripción:

El hombre invita a su casa a una mujer fea que se acaba de operar. Y cuando ella llega, él le suelta “te he dejado algo encima de la cama”. No es ropa interior sexy, no, sino una bolsa de cartón. “¿Acaso creías que te follaría con esa cara de caballo?”. Y ella accede. La cámara muestra la escena y también las lágrimas de ella cuando se quita la bolsa después del orgasmo. ¿Lo peor? Que ella vuelve a por más, estrenada en el rito del sadomasoquismo. Con manillas y todo.

Fue la demostración que Troy estaba dañado, pero también que lo estaba Nip/Tuck. Las ansias de traumatizar y el “todo vale” pasaron a ser reglas en serio y cualquier elemento constructivo murió. Y dolió, ya que su cinismo y ese mismo “todo vale” (retorcido, pero con guasa) también fueron los motivos por los que empecé a adorar la televisión. Por ello, quise despedirla en su última temporada. Lástima que me encontré con la siguiente situación:

Sean está en un proceso de autodestrucción y conoce a una zumbada yonqui morbosa que le acompañe en el camino. Pero ella le pide, por favor, que vayan a un sitio más tranquilo. Claro que esto es Nip/Tuck y, en lugar de ir al asiento de detrás de un coche o a un motel, ella lo lleva a una sala de espera del hospital. Allí le pide que, por favor, la masturbe mientras él le va recitando las enfermedades que tienen los pobres pacientes que deambulan por el lugar. “Tres huesos rotos y una infección”, y ella se excita. “Un cáncer terminal”, y la chica ya no puede contenerse.

Da igual que al cabo de unas horas ella lo apuñale y que luego Sean se la encuentre otra vez en la sala de espera, aunque esta vez sea el hombre de la limpieza el que le ponga la mano entre las piernas. Esa demostración, que sirve el culebrón plástico, el sexo y la muerte en bandeja de plata, me dejó horrorizado. Y es que una cosa es que los personajes pierdan el sentido moral y la otra es que lo hagan los propios escritores.

jueves 5 de noviembre de 2009

Los amados tumores de Shonda

Ay, Shonda, Shonda...

Dudo que haya alguien más irregular que tú en toda la televisión estadounidense. Eres capaz de tirarte un cubo de basura encima con las relaciones sexuales fantasmagóricas de Izzie Stevens y luego te pones mona delante del espejo y nos regalas un cáncer del tamaño de Formentera. Y lo abrazamos con todas nuestras fuerzas y disfrutamos de esa boda terminal y el metafísico viaje en ascensor del soldadito O’Malley y la bonachona de Izzie. Ni una descarga de desfibrilador hubiera podido con ese final de impacto.

Pero contigo, creadora de Anatomía de Grey, luego llega otra ración de estiércol. Casi nunca falla. ¿Qué vino tras la muerte de Denny? Una odiosa doctora Stevens que estuvo todo el otoño contemplando un cheque pegado en la nevera. ¿Y qué vino tras la inverosímil y también pordiosera no-boda de Christina Yang? El acabóse, que casi resultó en un siniestro total. Básicamente no sabes salir triunfal de los atolladeros en los que te metes: llevas al espectador a hacer unos trompos y terminas dando unas cuantas vueltas de campana con el vehículo.

Esta vez no ha sido menos. Sin espoilers para aquellos que la sigan por Cuatro (que tanto se esfuerza con FlashForward y tan poco con ésta), sólo diré que los dos primeros episodios eran un viaje al imán de la nevera, la postfuga del doctor Burke y una especie de letargo para los días venideros. Decidiste saltarte la fórmula de la serie y brindar un relato cronológico postmortem. Pero te diste de bruces con la rutina e hiciste la peor carta de presentación posible: no dijiste “ahora vendrá lo bueno” sino “esto está tan muerto como... pongamos por ejemplo 'Heroes'”.

Claro que eres Shonda y a la vez eres Meredith Grey. Sí, la odiamos, pero al fin y al cabo su universo nos complace tanto que le perdonamos los tics y rabietas pseudotrascendentes. Y tras los ochenta minutos más soporíferos de Anatomía de Grey, que era como un salto al vacío a lo Thelma y Louise, nos metes en una carretera perdida para ver un mundo desconocido. Sí, me quito el cutre gorro estampado de cirujano (Dios, qué mal gusto tiene el Dr Sheppard) y te rindo culto, Shonda.

Ahora la escapadita está siendo fenomenal. Primero cogemos un cabreo de cuidado con los nuevos chicos del Mercy West (que como explicasta vía Twittersi los odiáis con todas vuestras fuerzas es que hemos hecho un buen trabajo”) y después escribes uno de los episodios más magistrales de toda la serie. Un "¿cómo sería Anatomía de Grey si jugara a los puzzles y a resolver crímenes?". Genuflexión obligatoria.

Y después de dar otro giro, para acompañar a Derek en una operación imposible que él mismo narraba (Ellen Pompeo, ¿por qué no buscas la segunda criatura y así tenemos a Meredith postrada en una cama otros cinco capítulos?), me pregunto qué nos deparará el episodio de hoy. Es probable que otro gran tumor con mucho afecto.


Aunque ay, Shonda, Shonda... Sin Cita Previa es indefendible y apesta tanto que necessito mascarillas para soportar su hedor. Pero no te preocupes, que hoy te amo y ya te odiaré otro día.