viernes, 19 de septiembre de 2014

Ella, ella misma y Mercedes

‘Big Brother Canada’ y ‘Big Brother US’ sí, ‘Gran Hermano’ no. ¿Cómo se puede entender esto? ¿Es simple hipocresía? ¿Estoy tan obsesionado con la industria del entretenimiento americana que acepto cualquier cosa que emiten en su televisión mientras ignoro lo de aquí? No, señores, son programas distintos. El de Norteamérica es una competición con un claro factor trash mientras que el formato español es... Mercedes Milá, Mercedes Milá y mucha, mucha más escoria.

Como podéis imaginar, ayer decidí ver la gala inicial de ‘Gran Hermano’. Hacía tanto tiempo que no veía el programa de Endemol que pensé que estaría bien ver cómo había evolucionado el formato. Un grupo de extraños entra en una casa para ver quien se lleva un premio en medio de tarados mentales. ¿Las reglas? Se las inventa el programa sobre la marcha. Si en Estados Unidos vieran la informalidad y las trampas que se marcan en Telecinco, considerarían que los pucherazos de la versión americana son un inofensivo juego de niños.

El nivel de los concursantes, como cada año, es lamentable. El responsable de cásting no cree posible encontrar una chica mona que no parezca estúpida de remate (la attention-whore catalana, las chumba-chumba de Albacete), hay un guiri que ni sabe qué pinta allí, un par de futuros tronistas de ‘Mujeres y hombres y viceversa’, otra concursante que supuestamente nos mostrará que puede ser musulmana y moderna (cuando mencionan su religión, ese es su cometido inicial) y unos cuantos adultos agradecidos. ¿Cuánto tiempo estarán? Ni idea. ¿Cómo funcionarán las nominaciones? ¡Sorpresa! ¿Pero hay algún tipo de plan? ¡Déjate de formalismos que ha entrado Mercedes!

La obsesión de esta mujer por ser el centro de atención es digna de análisis pero no aquí, sino en un diván y en manos de especialistas. Si ella quiere, que televisen sus sesiones para quedarse más tranquila. Porque todo gira alrededor de Mercedes. ¿Eres gallego? Pues como mi amiga la ministra. ¿Habéis visto que mi camisa brilla? Pues esperad que me superaré en las próximas semanas. ¿Y os ha quedado claro que lo más fuerte y novedoso es que YO entro en la casa?

Lo más divertido era escuchar a Mercedes decir que el formato se ha emitido en ochenta países, que llevan centenares de ediciones y que nunca jamás un presentador ha entrado a convivir con los concursantes. Para ella se trata de una novedad mundialísima, hace que España sea la cuna de ‘Gran Hermano’ y, por lo tanto, ella es el Mesías. Pero no, Mercedes, ningún presentador entra en ‘Gran Hermano’ porque ellos entienden que el programa no es sobre ellos y tú no. Pero ‘Gran Hermano’ está a medio paso de llamarse ‘Gran Mercedes’ en la próxima decimosexta edición: ella se quedaría tan ancha (y con su ego bien alimentado) y encima los fans la aplaudirían.

Pero lo que menos comprendo de ‘Gran Hermano’ es cómo la gente ve las interminables galas y se siente satisfecho con la falta de ritmo, la excesiva repetición de información (no necesito saberme la vida y milagros de la Rubia, una maldita cabra) y las sorpresas fallidas. Incluso el taxista más tonto de Madrid hubiera sospechado que era concursante y las mujeres de la limpieza ni tan siquiera fingierno que no se lo esperaban (en Estados Unidos por lo menos tienen el suficiente sentido del espectáculo de gritar y llorar de la emoción aunque lo intuyan). Por no hablar del anuncio de que Mercedes Milá entraría: avisar a los concursantes antes del suceso fue muy anti-televisivo, como parando el golpe.

Ya puestos que todo es basura (aunque ella todavía se imagina escribiendo libros de sociología) por lo menos podría ser buena presentadora. Pero ni eso.

martes, 16 de septiembre de 2014

La prueba de fuego de la segunda temporada

La segunda temporada, dicen, es la prueba de fuego. Es cuando una serie demuestra si es capaz de aguantar el nivel, si tienen más ideas preparadas aparte de las iniciales. Una gran serie como ‘Friday Night Lights’ se pasó de lista con una trama que no encajaba, ‘Veronica Mars’ tuvo un caso sin pies ni cabeza y ‘The Good Wife’ se elevó hasta el Olimpo de las mejores. La televisión es una ruleta rusa y muchas lo pasan fatal cuando ven que lo suyo va a largo plazo.

Este año, por ejemplo, ya me llevé una primera decepción con ‘Orange is the new black’. Una vez pasada la novedad, fue todo un chasco cuando vi que Jenji Kohan era incapaz de mantener un mínimo de tensión en las paredes de esa cárcel de mínima seguridad. Una cosa es que tengamos más cariño a los personajes y otra que parezca que Piper está de campamento, sobre todo tras un desenlace tan brutal en la primera temporada. ¿No era tanto una gran serie como una serie muy correcta? Esto lo aclararemos en el tercer año, que ahora los resultados dan empate.

Demostrar que la primera temporada no fue una casualidad de la vida es el reto al que también se está enfrentando ‘Masters of Sex’. Fue una de las sorpresas de 2013 con un biopic un tanto libre de los sexólogos William Masters y Virginia Johnson, que rezumaba inteligencia y ritmo en cada guión. Pero la segunda temporada se me está atragantando. Ha entrado en un bucle, se repiten las escenas una y otra vez, y los personajes parecen ir a la deriva. Otro chaparrón, vamos.

Durante el arranque, expliqué que odiaba a Bill, que no me quitaba de la cabeza que Michelle Ashford no le encontraba el tono al personaje. He visto demasiados protagonistas antipáticos como para poder diferenciar entre uno bueno y otro que no termina de funcionar, y Martin Sheen no le da la presencia que debería tener. Debería transmitirnos ese carisma implícito al genio, ni que fuera para entender porqué su mujer decidió casarse con él y Virginia le dedica su vida. Pero no, allí no hay carisma, ni atractivo, ni interés, ni relaciones estimulantes.

Pero él no es el único en salir perjudicado con esta segunda temporada. Virginia vive en un bucle donde siempre toma las mismas decisiones y, como me dijo un seguidor en Twitter, “como tengan otra conversación vital en la habitación del hotel, dejo la serie”. Ni tan siquiera ese experimento teatral alrededor de la cama sirvió para ejercer de clímax de la situación. Y, mientras, Libby se ha convertido en una versión de Betty Draper.

Si eliges una actriz con la misma constitución y pelo que January Jones y encima tu serie sale adelante gracias al filón abierto por ‘Mad Men’, aléjate de los parecidos razonables. Pero no transformes a tu chica en una bruja insegura y madre frustrada mientras fuma cigarrillos y habla mal a la niñera negra. Lo hemos visto antes y ‘Mad Men’ es mejor. En este caso, el de las rubias frustradas, segurísimo que sí.

En el caso de ‘Orange is the new black’ tenía clara la conclusión: sea una gran serie o una serie correcta, me sigue entreteniendo mucho y veré una tercera, una cuarta y una quinta temporada si hace falta. Pero ‘Masters of Sex’ está faltada de ideas y sus personajes parecen sufrir una lenta agonía, como si estuvieran atrapados en un cenagal y buscasen aire desesperadamente, y aburre. Ha perdido casi todo el interés. ¿Será esta segunda temporada una razón de peso para dejarla cuando termine? O pasa un milagro o Virginia y Bill mantendrán su relación con mi tele apagada.

viernes, 12 de septiembre de 2014

El efecto Nora Durst

Una serie no debería poder tener uno de los mejores episodios del año y en general ser muy irregular, con defectos que ni el más benévolo puede pasar por alto. Pero, claro, ‘The Leftovers’ no podía tener un recorrido normal, ser simplemente buena o simplemente mala. Entonces sería pan comido y no nació con esa vocación, fuera queriendo o de forma involuntaria. Es lo que tiene llamarse Damon Lindelof, que la reputación te precede.

En mi caso, como ya sabéis, la predisposición era en contra. El final de ‘Perdidos’ me produce urticaria, una de esas cosas que podría hacerte alejar de las series de por vida como un cirujano que conozco, que decidió no ver nunca más una serie después de que Bobby Ewing apareciese en la ducha de ‘Dallas’ y toda esa temporada hubiera resultado ser un sueño. Es ese nivel de tomadura de pelo, que encima creían que no se notaría por la cantidad de momentos emotivos estruja-lacrimales que escribieron. Pero sí.

Algo que entendí desde el primer momento, sin embargo, es que ‘The leftovers’ era una serie que iba por otros derroteros. Nada de interrogantes y más interrogantes en beneficio de una intriga que no podría resolverse, de averiguar qué carajo había ocurrido y si ese rapto bíblico o desaparición fortuita tenía alguna fuerza oculta detrás que debíamos descubrir. Pero mi primer desencuentro con ella fue en los dos primeros episodios. Peter Berg dirigió dos episodios que estaban en tierra de nadie, que no transmitían la desazón que debía imperar en cada plano, episodios frustrados en su intento de aportar escenas potentes.

Pero, entre episodios mediocres y aburridos, surgieron algunos interesantes. Ni hablaré del tercero, donde veíamos un viaje loco del párroco del pueblo y que funcionó bastante bien. ‘The Leftovers’ demostraba tener historias que contar más allá de la familia de Justin Theroux, un actor sin presencia. Lo importante fue el sexto, donde seguíamos a Nora Durst (Carrie Coon), una mujer que perdió a su marido y a sus dos hijos en ese catastrófico día, en manos de algo o alguien que nadie podía entender, tampoco ella.

De repente, teníamos un personaje con nombre y apellidos, que transmitía toda la ansiedad que Theroux, Amy Brenneman y Liv Tyler habían procurado vender sin conseguirlo del todo (y eso que Tyler está achuchable, inquietante y abofeteable, y Brenneman está correcta). De repente, un episodio con una historia llena de suspense, emoción y ritmo, y con una actriz con una copa y un pino que nos hacía aprender el nombre de su personaje con una claridad alucinante.

Norah Durst y su pérdida, su superación y sus particulares métodos de duelo habían conseguido en cincuenta minutos convertirse en el personaje del año. Y ‘The Leftovers’, por más que me pesara, se había hecho interesante del todo siempre que mantuviera a Norah y a los Guilty Remnant, esa secta de fumadores empedernidos que son de lo poco que tiene sentido en esa realidad. Más, por lo menos, que la mejor amiga de la adolescente protagonista, o que los hermanos Carver con un sueldo fijo en una serie de HBO.

Su final apocalíptico brindó, además, las resoluciones necesarias para evitar que desconfiáramos de ella (hemos visto ‘Perdidos’, Damon, gracias por entenderlo), nos comunicó la suficiente esperanza para que quisiéramos seguir con ella y la desazón suficiente para atraparnos con su deprimente premisa. Pero ese núcleo duro formado por Justin Theroux y sus dos ficticios hijos es tan y tan flojo, incluso dándoles algo más de sustancia, que tampoco podemos fingir que ahora ‘The Leftovers’ ha tenido una temporada sensacional.

Una cosa es cuando las series de HBO son de cocción lenta y otra cuando tienen episodios malos o insuficientes. ‘The Wire’ pertenecía a la primera categoría, siendo inaccesible durante cuatro horas, pero ‘The Leftovers’ a la segunda. Era pretenciosa, con agujeros enormes en el cásting y una torpe exposición inicial de las tramas y personajes.

Lo peor es que algunas de ellas las arrastraremos hasta la segunda temporada (Chris Zylka, qué pereza) y lo mejor es que, contra pronóstico, estaré allí para comprobar si las solucionan. Quiero ver si abrazan del todo el ocaso y me hechizan del todo con su ambigua perspectiva del sentido de la vida. Y, sobre todo, quiero conocer mejor a Nora Durst. Qué mujer.

martes, 9 de septiembre de 2014

El factor X de los formatos

La industria de los formatos es fascinante. Pensar las bases de un programa y que al aplicar esa fórmula salga un programa entretenido es una maravilla. No sé si es un arte pero sí tiene mérito. Concursos como ‘Project Runway’ son una delicia de ver por los contenidos creativos y el ritmo de los episodios, al igual que ‘Survivor’ es un estudio sociológico en toda regla, si haces el cásting con pies y cabeza. Y estos días quienes me sigan en Twitter se habrán fijado que estoy ligeramente obsesionado con el formato de ‘X Factor’.


No es una novedad como ese experimento llamado ‘Utopia’ del que hablaba el domingo y que no ha funcionado especialmente en su estreno en Estados Unidos. Tampoco le han ayudado unas críticas que dejaron claro que había cero interés antropológico y mucho griterío y polémica barata. ‘X Factor’, como todos sabéis, es un concurso para cantantes. Busca cantantes de éxito y, en el caso del Reino Unido, los ofrece. No sólo están los casos de Leona Lewis y One Direction. Estos últimos años han salido casos tan interesantes como James Arthur, cuyo álbum estaba tan bien como tenía personalidad, y ahora espero con ansias el de Ella Henderson, que ya ha sacado dos singles muy prometedores.

Imaginar quienes serán aquellos que trasciendan en la industria no es un juego fácil. Rebecca Ferguson, por ejemplo, sacó un álbum con muchísima clase, tanta como su voz reconocible. El nivel en la actual edición de el Reino Unido, de momento, apunta maneras. Buenas voces y menos historias lacrimógenas que de costumbre. ¿Cuánto tiempo hacía que no veíamos un proceso de cásting tan optimista y buen-rollero, enfatizando a la gente con talento y exponiendo a los raritos con moderación?

El panel de jueces, además, está funcionando muy bien. A Simon Cowell se le han bajado los humos desde que su aventura americana fracasó (‘X Factor US’ tenía un nivel lamentable que daba dolor de cabeza y perdía todo el tiempo con gente con poco talento y personajes), Cheryl Cole es amor y Mel B es una mujer directa. Ni tan siquiera se echa de menos a Nicole Scherzinger, que fue el alma de las dos últimas ediciones (y que aparece en la edición australiana, donde ejerce de jueza invitada en un programa).

Pero lo más interesante es ver lo potente de un formato cuando se ven ediciones de otros países. En España no funcionó y en EE.UU. tampoco, pero es muy curioso ponerte un rato de la edición australiana y ver que también funciona. O descubrir que se puede adaptar perfectamente en Sudáfrica, que ahora ha comenzado su primera edición después de tantos años vendiéndose el programa por todo el mundo. La lengua utilizada es el inglés, lo que resulta chocante para un ignorante del país como yo, mientras que el presentador intercala e zulú de vez en cuando. El país tiene once lenguas oficiales y el inglés es la cuarta, pero es la más utilizada en los medios de comunicación y la segunda lengua más común.

Esto demuestra hasta qué punto un formato es firme, cuando puede correr por todas partes (lo mismo pasa con ‘The Voice’, ‘Loquesea’s Got Talent’, ‘Top Chef’ o ‘Survivor’). Pero en el caso de ‘X Factor’ también es la prueba televisiva de lo globalizado que está el mundo. La estructura, el montaje, las historias pueden repetirse en un lado y en otro porque hay historias que son universales (las historias de superación, los sueños), pero también sorprende ver que hay imitadoras de Rihanna y Beyoncé en Manchester, Chicago, Melbourne o Ciudad del Cabo.

No sé si es bueno o es malo, pero es una realidad que la televisión revela y en la que contribuye. Eso sí, a la hora de la verdad me quedo con la versión británica, que allí se huele el dinero invertido por el canal y la productora. ¡Qué gran montaje!

domingo, 7 de septiembre de 2014

La utopía del gran formato

Los canales americanos buscan desesperadamente el nuevo formato de éxito. En los últimos años la sangría de espectadores ha sido descomunal para la mayoría de programas y toca buscar algún programa-evento. El objetivo es encontrar un espacio que incite al público a verlo en directo y no grabado al cabo de unos días. El negocio de la publicidad, por más que quieran modificar las reglas, no cubre todos los espectadores en diferido porque no se pueden asegurar que vean los anuncios. Elemental, ¿no?


Siempre he tenido la teoría que los programas de telerrealidad sobreviven mejor a las pausas publicitarias. Muchos de ellos tienen el factor “riguroso directo” a su favor, lo que obliga a consumir el programa no vaya a ser que se pierdan una eliminación y la acción a tiempo real, pero incluso aquellos programas grabados y con montajes ultra-calculados aguantan el tipo ante los anuncios. ¿La razón? No es una experiencia tan inmersiva como la ficción, no requiere concentración para adentrarse en ese universo y, por lo tanto, cuando aparece de repente un anuncio de detergente no resulta tan molesto. Es un visionado más superficial y propenso al comentario en sociedad.

El último ejemplo de formato de éxito mastodóntico es el de ‘The Voice’. País donde fue, país donde funcionó la mar de bien. Hasta le ha servido al canal NBC para salir del pozo en el que se había metido aunque ahora también lo están agotando, emitiendo dos temporadas al año, mientras que ‘X Factor’ había fracasado en FOX. Por esto ABC tanteó las aguas en verano con ‘Rising Star’, otro concurso de canto cuya diferencia eran las votaciones en directo y tiempo real, el mayor problema de ‘La Voz’ (hay tantas fases pre-grabadas el mismo día que pierde algo de naturalidad). Pero no funcionó, no.

Nada tiene tan buen rendimiento como tuvo, por ejemplo, ‘American Idol’, que le servía al canal FOX para lanzar cualquier serie con un generosísimo cojín de público (más de veinte millones de espectadores durante casi diez temporadas). Y, como toca buscarle sustituto porque está en edad de jubilación, el canal ha decidido arriesgarse. Su supuesta panacea se llama ‘Utopia’ y no es nada que no hayamos visto antes, también de la factoría de Endemol. Pero hacía tiempo que no se apostaba tan y tan fuerte: se deja a un grupo de personas en un terreno y se les graba mientras crean su propio modelo de sociedad... durante UN AÑO.


Es esta duración la que hará que sea un éxito o un fracaso estrepitoso. Aguantar será su mayor reto y, si no funciona, no podrán disimularlo con un fin de edición al cabo de quince semanas, lo habitual en los formatos de telerrealidad como ‘Survivor’ o incluso ‘Big Brother’, que nada tienen que ver con las versiones españolas (repito: NADA). De momento, que conste, ni se ha emitido un episodio y ya está suscitando cháchara social gracias a las emisiones en directo vía online: ya han descalificado una concursante, han hecho todos nudismo y ha habido peleas. La sociedad utópica, según parece, está lejos de organizarse.

Su éxito o fracaso me da miedo. Por un lado, deseo con todas mis fuerzas que la televisión americana encuentre formatos masivos por la salud del medio y porque es sano que ciertos programas unifiquen la sociedad (en España han descubierto recientemente que los formatos culinarios pueden ser mainstream, a diferencia de EE.UU.). Pero me produce pánico la idea que, de tener éxito, Telecinco quiera emularlo. Si el ‘Gran Hermano’ americano dura tres meses y el español se alarga como un chicle eterno, ¿qué harán con un formato que inicialmente tiene una duración de un año? ¿Tendremos a Jorge Javier y compañía comentando durante dos años el mismo programa?

Y, sea como sea, en su momento ‘Big Brother’ no tuvo éxito cuando emuló el formato de “gente no haciendo nada en una casa” que es el original y que el vemos por estos lares(tuvieron que meter competiciones y estrategia como en ‘Survivor’ para que funcionase). Así que cuesta imaginar que ‘Utopia’ vaya a funcionar pero, que dirían los americanos, “desperate times call for desperate measures”.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Intolerancia a la sangre

Al principio la broma tenía gracia. Guillermo del Toro nos vendía la moto de que quería hacer una ficción para televisión de serie B y compramos la idea. Los productos de del Toro, si tienen algo, es que son conscientes de sí mismos. Él tiene una idea en su cabeza (homenajear lo que sea que le gustaba cuando era pequeño) y la hace realidad. Pero ahora que llevamos ocho episodios de ‘The Strain’, cada vez despierta menos simpatías.

Los malos personajes, lo sean adrede o no, siguen siendo malos personajes. Sólo se aguantan en dosis pequeñas, razón por la que ‘Sharknado’ es una película mala y no una serie de diez capítulos. Y en ‘The Strain’ los tenemos a patadas. Corey Stoll aguanta el tipo y el peluquín y David Bradley también. No finjamos que un abuelete decrépito que sabe utilizar una espada para luchar contra vampiros no es un puntazo, y Bradley es un experto en soltar frases casi con asco. Pero el resto son infumables.

Decía del Toro, por ejemplo, que quería mostrar un héroe latino como Dios manda y por el momento sólo es un cliché con patas, un joven delincuente que deberá matar muchos monstruos para redimir sus pecados (y aun así costará superar su rollo de macarra). Pero probablemente nada es más pesado que observar legiones de humanos tomando la decisión incorrecta en todo momento. Desde la mujer de la limpieza que deja que su hija la lleve otra vez con un asesino hasta el dependiente de la gasolinera que quieren que le paguen las chocolatinas mientras ve el apocalipsis por la ventana. ¿Y debe importarnos que Mía Maestro tenga una madre con demencia senil cuando ni tan siquiera ella tiene una personalidad interesante?

Esta estupidez absoluta de los personajes, sean esporádicos o recurrentes, está llegando a resultar frustrante. Por repetición, cansan. Cuando voy por la calle, la gente se aparta de los alcohólicos y los malolientes como si tuvieran la peste pero en ‘The Strain’ todos se acercan al monstruo de turno, no vaya a ser que el pobre hombre resulte tener la gripe y necesite un poco de Vick Vaporub. Sí, me lo creo. ¿Y cuántas veces tendremos que ver a Stoll negando las explicaciones de Bradley, como si no hubiera quedado suficientemente claro que él manda? Probablemente unas cuantas más, por más que el viejo le preguntase esta misma cuestión.

Todo esto, que conste, tendría un pase si estuviéramos ante una película o una miniserie algo más corta. Pero, a medida que se alarga, mi nivel de intolerancia sube. Supongo que si entrase en la liga del más es más es más, sería muy fácil de disfrutar. Pero no hay más sangre, más vísceras y más momentos cómico-terroríficos (más penes cayéndose), lo que parecía prometer en los primeros episodios. Y el pretexto nazi, si bien es el absurdo máximo, hunde el factor entretenimiento al mínimo. O se vuelve loca, loca de verdad, o tocará aparcar ‘The Strain’.

domingo, 31 de agosto de 2014

El debate del más mejor

La televisión es un medio antiguo para aquellos que ni tenemos treinta años, más que nada porque la vivimos ya en su esplendor, pero su ficción es una disciplina bastante joven. Sólo hay que comparar cuántos años tienen las grandes obras de la escultura, la literatura, la pintura y el cine, con el que tiene muchas similitudes. Entonces queda claro hasta qué punto la televisión dejó hace muy poco la fase embrionaria.

Podríamos decir que no maduró hasta este nuevo milenio. Por supuesto había conciencia que las series podían ser de calidad y los ejemplos van desde ‘Yo, Claudio’ hasta ‘El prisionero’, ‘La Ley de los Angeles’ o ‘El abogado’, pero no se contemplaba el medio como una plataforma artística. Era la hermana pequeña del cine y las películas ya las pasaban suficientemente canutas para conseguir la etiqueta de séptimo arte. Pero entonces llegaron las series que tenían como objetivo ser muy buenas y que iban más allá del público (gracias, HBO) y la percepción cambió. ¿Y a qué viene este rollo? Pues que hay una obsesión por ser grandilocuentes, una de la que yo mismo participo.

Recuerdo que, cuando se estrenó ‘Los Soprano’, pasó a ser de forma automática la mejor serie de la historia de la televisión. Podía comprenderse el razonamiento porque no se parecía a nada de lo que hubiéramos visto por su temática, su dirección, su complejidad y su ausencia de tabúes. Con el tiempo hasta cobró más sentido con su influencia, que crearía escuela en HBO (¿o esa escuela la había comenzado ‘Oz’?) y la obsesión por los antihéroes. Pero la televisión fue prolífica y pronto llegaron rivales.

Pensemos, por ejemplo, en ‘The Wire’. Mientras se emitía en HBO pasó desapercibida y, cuando ya estaba terminando, se la comenzó a reivindicar gracias al mercado doméstico. De ella decían que era hasta mejor que ‘Los Soprano’. ¿Y qué pasó con ‘Mad Men’ y su maravilloso arranque? ¿Estábamos ante el mejor drama de la historia? Eso argumentaban muchos críticos mientras ‘Breaking Bad’ se cocía a fuego lento en la misma programación de AMC, llegando a la cima estos dos últimos años y suscitando otra vez el debate. ¿Era Walter White el mejor? ¿Es ‘Ozymandias’ la mejor hora de televisión que ha ofrecido la breve historia televisiva?

Hay tan poca perspectiva que al final los términos absolutos se han convertido en relativos. La crítica cinematográfica suele tener la decencia de hablar de grandes películas actuales sin sentir la necesidad de decir si son mejores o peores que ‘Ciudadano Kane’, ‘Casablanca’ o ‘Annie Hall’. Pero en televisión, como los títulos tampoco están separados por tantos años, es demasiado fácil caer en la comparación. ‘Breaking Bad’, ‘Mad Men’, ‘The Wire’ y ‘Los Soprano’ guardan muchas similitudes y uno puede dejarse llevar por el recuerdo, por el furor del visionado actual, por las escenas de impacto o la importancia de anticiparse a la moda. Según como se mire, cada semana podríamos argumentar que es una serie distinta.

Todo esto, que conste, lo digo desde un punto de vista muy concreto, el de la crítica norteamericana. Porque, como ya sabéis, aquí siempre defiendo firmemente que ‘The Good Wife’ podría ser la mejor como también lo pueden ser todas estas. ¿Por qué tiene que perder puntos una serie por ser tan televisiva, por entender que una hora puede tener un esquema (los casos) y a la vez servirse de él para desarrollar los personajes y las demás tramas? Por esto ‘The Good Wife’ podría ser la mejor, independientemente de su ausencia en los Emmy (por esta regla de tres, la mejor sería ‘El Ala Oeste’ por delante de ‘Los Soprano’).

Y, sin embargo, si me hubierais encontrado hace cinco años, hubiese argumento que ‘Friday Night Lights’ merecía este honor. Tampoco me hubiera atrevido a llevar la contraria a quien dijera que la mejor era ‘The Wire’. Así que, si alguien me pregunta cuál es la mejor serie que he visto, prefiero decir estas tres de golpe. Por suerte tienen conceptos, estilos y mentalidades distintas y compararlas, aparte de doloroso, resulta injusto.

viernes, 29 de agosto de 2014

El 50% de Jim Parsons

Lo mío con ‘The Big Bang Theory’ no es amor, es directamente obsesión. Como si fuera Sheldon Cooper intentando encontrar el sentido a una convención social, me puse como objetivo entender porqué Jim Parsons, Johnny Galecki y Kaley Cuoco podían llegar a cobrar un millón de dólares por episodio. Lo que no esperaba es que desarrollase una adicción en estos meses tan perezosos.

Las emisiones en televisión hicieron que tuviera una mala disposición con los físicos. Habrá quienes disfruten con su doblaje pero era incapaz de reírme con una sola broma de Sheldon, quien supuestamente era la joya de la ficción. Pero fue ver la serie en versión original y esta manía desapareció. Lo que me resultaba pedante ahora se me antoja hilarante y así llevo más de tres temporadas en menos de un mes.

Entiendo aquellos que argumentan que el aumento del millón de dólares depende casi exclusivamente de Jim Parsons, si bien no lo comparto del todo. Él es el 50% de la ficción. Chuck Lorre y Bill Prady tuvieron una muy buena idea y crearon un buen personaje, entendiendo el público al que se dirigían sin despreciar el espectador medio.

Pero es la interpretación de Parsons la que lleva la serie a otro nivel, la que permite que todas las escenas funcionen siempre y cuando él esté en el plano. Ahora entiendo (y comparto) un Emmy, el otro, el otro y el último. Los actores con una vis cómica tan bien explotada aparecen muy de vez en cuando en televisión y, cuando están allí, hay que apreciarlos y reverenciarlos. Sería también el caso de Julia Louis-Dreyfus en ‘Veep’.

A los guionistas, por defecto (y porque lo merecen), hay que atribuirles probablemente un 25% del éxito. No existe un cómico que se pueda lucir si no tiene un material semi-decente delante (claro que esa risa de Sheldon, sus tics y su pedantería-reconvertida-en-carisma son todo cosa suya). Y, en realidad, la efectividad cómica de ‘The Big Bang Theory’ permite que se le perdone un error de base que pasa a no importar. ¿Cuántos episodios parecen inacabados? Destinan tanto tiempo a teorías físicas y razonamientos estúpidos (ellos y sus discusiones de ciencia ficción) que se quedan sin tiempo de rematar las pequeñas tramas episódicas, que no suelen tener continuación.

¿Pero y qué peso tienen Kaley Cuoco y Johnny Galecki en todo esto? Pues menor y, en el caso de Galecki, nulo (0%). Leonard no es el personaje más agradecido del planeta pero la falta de talento de este señor no tiene nombre. Mientras que Parsons creó un gran personaje, él se conformó con mirar hacia arriba y tocarse las manos como si fuera un niño tonto. Diría que en sesenta episodios todavía no ha habido una escena que me haya hecho gracia por su actuación.

Pero Kaley es otro tema porque una comedia sólo es buena en la medida que los actores funcionen y ella consigue encajar donde sea. No es fácil ser la chica mona y a la vez resultar divertida, pero combina atractivo con adorabilidad y gracia, y no hay dinámica mejor engrasada que las escenas entre Penny y Sheldon. Me recuerda demasiado a Jennifer Aniston porque no había visto una actriz con un perfil tan similar salirse tan bien con los guiones cómicos (ahora nos parece una norma cuando realmente las chicas guapas no son lo más divertido de una serie). Por esto Cuoco se merece un 20% porque también contribuye a que sus escenas funcionen.

¿Y qué queda entonces? ¿Un 5% del éxito de ‘The Big Bang Theory? Pues hay que atribuírselo a Simon Helberg porque su Howard fue el robaescenas de las primeras temporadas, cuando todavía no se pasaba de rabioso con tanto grito (y Raj es otro 0% como Galecki). Más adelante, supongo, sentiré la necesidad de darle un pequeño porcentaje a Mayim Bialik porque llevo pocos episodios con Amy Farrah Fowler y ya noto que apunta maneras. Sea como sea, me están divirtiendo mucho este verano que me había quedado sin comedias para ver. Hasta he empezar ‘Friends’ de nuevo, claro que eso ya se merece otra entrada.

martes, 26 de agosto de 2014

Los Emmys indiscutibles

Siempre nos quejamos de las galas americanas, que son eternas y que sobran premios pero hay que reconocer que también son unos profesionales a la hora de escribir sketches. Probablemente mi momento favorito de los Emmy de todos los tiempos fue ese número humorístico-musical capitaneado por Jimmy Fallon con medio reparto de ‘Glee’, Jon Hamm, Tina Fey, Nina Dobrev y hasta Kate Gosselin entre otros. Y este año el mejor instante fue antes de la gala, ese sketch promocional protagonizado por Bryan Cranston, Aaron Paul y Julia Louis-Dreyfus, que precisamente subieron al escenario a recoger premios esta madrugada.


Ninguno de ellos era un extraño de la gala. Cranston dejó a Matthew McConaughey sin un galardón que se creía cantado (si ‘True Detective’ hubiera ido a miniserie, no hubiera tenido problema en derrotar a ‘Sherlock’) y que ganó por cuarta vez, para Paul fue el tercero como secundario también por ‘Breaking Bad’ y Louis-Dreyfus se llevó el tercero por ‘Veep’. Esta serie de HBO, por cierto, parecía que podía desbancar a ‘Modern Family’ como la reina de la comedia pero finalmente los votantes se decantaron por los Dunphy y los Pritchett, que se alzaron con el premio máximo por quinta vez consecutiva, algo que solamente ‘Frasier’ había conseguido también de forma consecutiva.

Sea como sea, volviendo al sketch donde Cranston y Paul fingen trabajar en una tienda de empeños, tienen gracia los comentarios meta-televisivos que sueltan mientras Louis-Dreyfus intenta vender una estatuilla para pagarse una isla privada. ¿Qué le dicen cuando comenta que se trata de su primer premio como secundaria por ‘Seinfeld’? Pues que tendría más valor en el mercado si se tratase de uno dramático, que son más importantes. Una impresión tan errónea como generalizada.

Al fin y al cabo, ¿cuántas personas han defendido el premio de Cranston mientras critican que Jim Parsons haya obtenido un cuarto por ‘The Big Bang Theory’? Suelen argumentar que Cranston ha tenido un personaje más complejo, que ha evolucionado y ha tenido que ir desarrollando nuevos matices por el camino, además de hacer un estupendo trabajo. Todo esto es cierto. Pero Parsons también hace algo maravilloso, que es coger un buen personaje y dotarlo de toques que hacen que sea uno entre un millón. Hay muchos repelentes en televisión, hay muchos personajes con falta de don de gentes pero él se diferencia y, si la serie es correcta sin más, él es memorable. Pero es comedia, claro. No hay evolución, claro. ¡Pues menuda tontería! Que diría el propio creador de ‘Breaking Bad’, Vince Gilligan, Walter White dio el paso al lado oscuro en la primera temporada y por esta regla de tres el trabajo ya estaba casi hecho.

Lo que sí habrán demostrado los Emmy con todos estos premios es que les gusta repetirse. Esta es la primera conclusión que puede extraerse al ver el palmarés, donde las sorpresas estaban en miniserie y tv-movie gracias a ‘Fargo’ y ‘The Normal Heart’, que casi parecían caer ante ‘American Horror Story: Coven’ y ‘Sherlock’ que dominaron en las categorías interpretativas. Jessica Lange y Kathy Bates le han cogido el gustillo a llevarse Emmys, ya que ambas repetían, y Cumberbatch y Martin Freeman dieron la sorpresa por la adaptación de Steven Moffat. Pero al ver los premios de ‘Modern Family’, ‘Breaking Bad’, el de Ty Burrell y el de Allison Janney (que ya tiene seis Emmys) y los demás, no puedo decir que fueran inmerecidos.
Todos los premiados habían hecho una labor fantástica, sobre todo Julianna Margulies, que subió al escenario como la estrella televisiva que es y recogió su tercer Emmy, el segundo por ‘The Good Wife’. La temporada había sido excelente y, aunque se olvidaron de nominarla como Mejor Drama (y mira que ‘House of Cards’ es decepcionante), su victoria sirvió para reconocer el esfuerzo del matrimonio King. Ella misma lo dijo, que les adoraba por hacer realidad veintidós guiones al año y siempre con un buen material. Y demostró que puedes hacer únicamente televisión y tener presencia, elegancia y ser reconocida por la industria como una estrella. Hay pocas como ella y probablemente Louis-Dreyfus y Janney son dos más. Por eso, que podíamos preferir una victoria u otra, pero ninguna fue ultrajante y todas fueron dignas.

domingo, 24 de agosto de 2014

Médicos, enfermeras y físicos nucleares

¿Os acordáis cuando en invierno nos rasgábamos las vestiduras porque no había novedades interesantes? ¿O esas series que apuntaban alto y se estrellaron? Pues el verano ha sido el revulsivo perfecto. Sin esperar nada de ninguna propuesta, más que nada porque estoy curtido y me cuesta ilusionarme, ha habido unas cuantas novedades que han sobrepasado las expectativas.

‘The Knick’, por ejemplo, podía ser la enésima obra que llevase la etiqueta de “serie de calidad” pero sin entusiasmar entre el público. Una de esas series que acostumbra a hacer HBO y que gustan más en la teoría que en la práctica (‘Boardwalk Empire’ y ‘Luck’, os miro a vosotras). Pero este proyecto que destinaron a Cinemax, el otro canal del conglomerado, funciona a otro nivel. Es una inmersión absoluta a la medicina del año 1900, en concreto en Nueva York, y Steven Soderbergh hace un buen trabajo plasmando ese universo.

No, de momento no es ‘Anatomía de Grey’. Tampoco lo será nunca, supongo. Su aproximación tiene más de documental, de contarnos otra era con otra filosofía de medicina (las cirugías eran prácticamente experimentos y una fiebre podía significar la muerte), pero es fascinante de ver. La música de Cliff Martinez, bien contemporánea, nos obliga a juzgar a todos los personajes y les desnuda a ellos, a su racismo, su machismo y su adicción a la cocaína. Clive Owen está bien en el papel principal, sí, pero lo interesante es todo lo demás.

Otra que es más emocional es ‘Outlander’, la serie que nos han vendido como un ‘Juego de Tronos’ para señoras. ¿Lo es? En concepto, sí. Pero esta adaptación de las novelas de Diana Gabaldón, que empezó con ‘Forastera’, no deja de ser un relato romántico con una gran e inequívoca heroína al frente. Una enfermera llamada Claire tras la Segunda Guerra Mundial se va de viaje a Escocia con su marido y, de repente, se encuentra en 1743. ¿Qué debe hacer una mujer en esa época sin nadie que pueda ayudarla? Pues, según parece, enamorarse de un granjero llamado Jamie.

Lo loable es que Ronald D. Moore (‘Battlestar Galactica’) quiere hacer bien las cosas. La ambientación está conseguida y el drama tiene sustancia: sabe quien es su público y entiende que también quiere algo bien hecho y bien escrito además de tensión sexual. Por esto ‘Downton Abbey’ arrasó en medio mundo porque entendió que una serie destinada al público femenino no tenía porque producirse como si fuera de segunda. Y Caitriona Balfe es una de esas actrices que parecen nacidas para interpretar un personaje de época. Podrían intercambiarla con la protagonista de ‘Call the Midwife’ y probablemente no apreciaría la diferencia. Starz por primera vez hace algo que me interesa (‘Boss’ entraría en esa categoría de series que apuntan maneras pero son un coñazo).

Y finalmente otro canal que está de enhorabuena es WGN. Empezaron en el terreno de la ficción propia con la decepcionante ‘Halem’ y ahora ‘Manhattan’ apunta maneras. ¿Otra serie sobre Nueva York? Ni en broma. Esto es un drama sobre los físicos que inventaron la bomba nuclear, que procuraban tenerla antes que el enemigo durante la Segunda Guerra Mundial. Un concepto original y otra serie sobre un entorno laboral estimulante, al igual que ‘Halt and Catch Fire’ de la que hablé (¡y que ha renovado por una segunda temporada!). Habrá que ver más pero me gusta que su piloto sea accesible, tenga ritmo y explique bien por dónde irán los tiros. No todo tiene porqué ser críptico en este mundo.

¿Quién dijo, entonces, que el verano era para las series ligeras y subproductos? ¡Se nos han amontonado los deberes de golpe!