sábado, 20 de diciembre de 2014

'Korra', un gran paso para la TV americana

La Segunda Guerra Mundial sirve a menudo de inspiración para obras de ficción. Uno no espera que sea precisamente en una serie de animación donde el dictador en cuestión, aquí una mujer, tiene un discurso expansionista similar al de Adolf Hitler. Pero ‘The Legend of Korra’ no es una serie de animación juvenil cualquiera. En realidad, después de hablar de terrorismo, justicia social, del concepto de democracia, abordar la espiritualidad y exponer la teoría del caos, que hiciera referencia al mayor villano de la historia era casi evidente. Lo que era menos probable es que terminase como terminó, revolucionando la televisión americana.

Mi recorrido con ‘The Legend of Korra’ ha sido precipitado. Quería terminar la serie antes de terminar el año 2014 porque intuía que sería de lo mejor que hubiera visto y no quería ignorarla en la lista que publicaré en unos días. Pero esto, que suena como un esfuerzo, fue precisamente todo lo contrario. Maratones, expectativas y un final que he podido ver con los demás seguidores de la serie (a nivel temporal, no físico). Y, si soy sincero, me emociona la idea que he presenciado semejante evento. Korra fue más allá, ella sí literal y metafóricamente.

De la serie pueden alabarse, por ejemplo, todos los elementos que lleguen a la vista y a la mente. Era un spin-off de ‘Avatar: The last airbender’ pero Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko lo escribieron para espectadores más adultos, esos niños que ya conocían el universo pero habían crecido. Pero mantuvieron las claves de la mitología: el Avatar es la figura que debe mantener el equilibrio de un mundo dividido en cuatro naciones: tierra, aire, agua y fuego (que además representan distintas razas y culturas) y Korra era el último ejemplo.

Optaron por un reparto muy coral desde el principio (algo que ‘Avatar’ acabó teniendo), donde ningún secundario es despreciado y tiene su momento de gloria, con pasado, motivaciones y aptitudes. Y mezclaron a la perfección humor, espiritualidad, lucha con buenas coreografías (y siempre justificada) y trascendencia. El Avatar, Korra en este caso, tiene como trabajo salvar el mundo y esto no es precisamente una tarea sencilla.

Aparte de los conceptos mencionados al principio que acercaron a un público que no necesariamente había destinado unos minutos a plantearse, la mayor obra de Dante y Konietzko fue elegir a Korra como la siguiente Avatar después de Aang. Escribieron una incuestionable heroína que, además, se diferencia bastante de aquellas que hemos visto hasta el momento. Se distancia, por ejemplo, del modelo ‘Ángeles de Charlie’ donde todas están tan delgadas que es incapaz que su piel albergue músculos. Ella es musculosa y se le nota con la ropa tradicional que siempre lleva, sin renunciar a ser una mujer. Es una líder nata sin adoptar los códigos masculinos.

Si echamos la vista atrás, además, se puede comprobar que en ‘The Legend of Korra’ hay más heroínas que héroes. Pueden ser madres, abuelas, solteras, niñas y adolescentes y, sean lo que sean, pueden ser implacables, inteligentes y fuertes. ¿Dónde se había visto esto antes? La protagonista también entra en una especie de triángulo amoroso con su amigo Mako y Asami, una experta en tecnología, y sorprende que (¡voilà!) ellas jamás se enfadan. No entran en la típica dinámica de “me robas el hombre” sino que entienden que el culpable de la situación es él con su indecisión. Y, si bien los villanos suelen ser hombres, diría que no es casualidad que la última villana, Kuvira, sea precisamente una mujer, una especie de reverso negativo de la protagonista que tiene un ejército de hombres a su mando.

No hay ningún panfleto, no hay diálogos explícitamente sexistas que pongan sobre la mesa el debate. ‘Korra’ lo hace desde la normalidad. Y, si juntamos la fantástica factura técnica, los paisajes y criaturas de ensueño, cómo maneja temas como la espiritualidad con una sensibilidad extraordinaria y compleja, y que encima tiene un discurso implícito precioso, hay que asumir que estamos ante historia.

Claro que hay algo que no he contado en esta opinión por contener detalles demasiado importantes del final. Aquí sigo para aquellos que quieren entender porqué ‘Korra’ fue todavía más allá.

Pero probablemente lo más rompedor es el viaje de la protagonista a nivel individual. Durante las cuatro temporadas vimos como pasaba de egoísta a altruista, de engreída a humilde, de intocable a vulnerable y en una última charla con su maestro Tenzen hizo este repaso mental. Cada experiencia sirve para entenderse mejor a uno mismo y, por ejemplo, había entendido que su relación con Mako era de amistad. Como se había demostrado a lo largo del tiempo, formaban un buen equipo pero no una buena pareja porque eran incapaces de tratarse con la sensibilidad oportuna.

Por esto, cuando a tres minutos del final entra su amiga Asami en escena, miles de chicas lesbianas se llevaron las manos a la cabeza. Durante años habían defendido que su relación de amistad podía ser algo más (bajo el nombre de Korrasami) y es cierto que habían desarrollado una amistad especial. Por encima de todo se entendían y, dentro de una ficción como esta sobre el proceso de maduración, algunos espectadores defendían que era el siguiente paso lógico de Korra. Y Konietzko y DiMartino lo hicieron.

Puede que Asami y Korra no se besen explícitamente pero se embarcan juntas en un viaje en solitario de la mano y con mirada cómplice. No existe margen para la duda y la hipótesis: en esta travesía individual, Korra descubrió que la única compañía que necesitaba era la de Asami y viceversa. Para una animación infantil, es un paso muy importante, sobre todo tratándose de los Estados Unidos, donde las asociaciones de padres son hijas de Satanás (con sotana de evangélicos).

De paso demostró que, a la hora de ser feministas, nadie gana a ‘The Legend of Korra’. Las mujeres tienen poder, pueden ser amigas, madres, líderes, protagonistas, ser fuertes y lesbianas. Pueden serlo todo y pueden ser lo que quieran, siempre y cuando luchen por ello. Para una serie supuestamente juvenil, no está nada mal que su discurso acabe trascendiendo por todo el panorama televisivo, siendo transgresor y llevando más allá los universos de heroínas que hay o ha habido (‘Buffy’, ‘Alias’, ‘Homeland’).

Korra, ahora ya puedes pasar tranquilamente a los anales de la historia de la televisión.

viernes, 19 de diciembre de 2014

El juego de las pulsiones

Como si no tuviera suficientes deberes por la cantidad de buenas series que nos ha brindado este año, este otoño el Reino Unido me trajo la segunda temporada de ‘The Fall’, que decidí retomar por defecto profesional. Primero quiero explicar que, si la dejé durante la primera, fue por mi sobredosis de whodunnits, de series sobre crímenes cuyas temporadas giran alrededor de un único caso. Había tantos en emisión (y alguno tan mediocre como ‘Broadchurch’) que fui incapaz de entender la propuesta de Allan Cubitt. Él ofrecía algo distinto y yo, por agotado, pasé de largo.

Pero es curioso como el momento adecuado cambia la percepción por completo. Cuando comencé otra vez la ficción por donde la había dejado, quedé maravillado por el inquietante universo que planteaba Cubitt. No era tanto un juego del gato y el ratón (su argumento es bien simple: una detective persigue un asesino en serie) sino sobre la sexualidad y el papel que tiene en la sociedad actual, sobre los prejuicios sexistas, sobre la violencia y la necesidad de utilizar el sexo como arma. No hay imagen más representativa que la detective Stella Gibson pensando mientras se toca el botón de la camisa. ¿Había estado más atractiva Gillian Anderson en toda su vida? Pues ahora, a los 46, emanaba una sexualidad que, como le explicaría su compañero, ni era consciente del poder que tenía.

Podría sorprender que sea justamente un hombre quien pinte este lienzo lleno de pulsiones sexuales, frustradas, escondidas (recordemos que el otro protagonista es un psicópata). Si algo demuestra la televisión reciente es que los hombres guionistas no están precisamente interesados en el papel de la mujer. Pero en ‘The Fall’ tiene todo el sentido del mundo. Como si fuera el supervisor de Stella, da la impresión que él mismo se ha sentido abrumado alguna vez por el poder de una mujer, por el irresistible hambre de ella, y él ha tenido la valentía de preguntarse cuál es su papel. Se obliga a si mismo y a los demás hombres a preguntarse si tiene el gen del lobo feroz, del hombre capaz de forzarse. Si sería capaz, como dicen en la propia serie, de cruzar la línea.

La valentía de Cubitt, además, llega hasta el final. Hay un diálogo de diecinueve minutos en el último episodio que comprime la vertiente más bestial del concepto y lo expone delante del espectador con unas miradas directas a cámara que obligan a plantearse si los personajes hablan entre sí o con nosotros. ¿Nos retan a cuestionarnos nuestro papel? ¿Obliga a las mujeres a plantearse hasta qué punto se sienten atraídas por el peligro? ¿Advierte a los hombres que controlen sus instintos más oscuros? Estas son algunas de las cuestiones que deja en el aire la serie, de la misma forma que deja muy claro que todas las mujeres tienen la libertad de jugar con su sexualidad como ellas creen convenientes. ‘The Fall’ no las juzga, solamente lo hace con aquellos que buscan justificaciones ante actos monstruosos.

Y, en el fondo, no hay juego más evidente que elegir a Jamie Dornan para el papel de Paul Spector, el padre de familia que se divierte asesinando por las noches y cuya mentalidad, por cierto, resulta muy inquietante porque está razonada (y, al conocerle mejor, uno hasta puede comprenderle). ‘The Fall’ juega con nuestros instintos, con nuestras tendencias y preferencias, deja que reposen en cada escena, deja que estén implícitas en cada movimiento y mirada. Por esto es una maravilla. Qué más da el caso cuando lo que nos suscita es una reflexión tan profunda e inquietante, sutil pero visceral. Ahora, como prueba, ve al espejo y mírate y busca en tu mirada si hay (o podría haber) algún rastro de Paul Spector.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El desafortunado machismo de Sorkin

Estos días Aaron Sorkin está para felicitarle. Él, que se considera un Mesías de la sociedad con sus lecciones sobre moralidad, política y (anti)tecnología, no despertó el debate que esperaba con el quinto episodio de la última temporada de ‘The Newsroom’: lo único que hizo fue ganarse detractores. Como es un hombre cuya voz se percibe claramente a través de sus personajes, pocos críticos americanos le perdonaron la discusión entre un periodista y una chica presuntamente violada, que discutían sobre la presunción de inocencia, de culpabilidad y el deber de los medios de comunicación.

Puede que no quisiera parecer claramente machista (o criminal) pero, al intentar mezclar tres debates en una misma conversación, le quedó un discurso horrible. La frase “me siento obligado a creerme al tipo turbio” dirigida a una chica traumatizada es probablemente el peor momento del año 2014. Sí, no siento ninguna simpatía por este guionista tan adorado desde ‘El ala oeste’, pero aquí se metió en camisa de once varas sin ninguna necesidad y saliendo claramente herido.

Él quería hablar de los riesgos de internet y del periodismo populista, pero contraponer estas ideas que tanto le obsesionan justo con una víctima no fue la mejor decisión posible. ¿Y es justo que el personaje de Don elija por ella, negándole la libertad con paternalismo y en cierto modo haciendo que esa chica sea forzada otra vez por un hombre? No, no estuvo acertado y no creo que nadie se imagine teniendo esa misma conversación: no por no tener principios morales tan avanzados sino porque delante de una víctima quizá es mejor no exponer el terrible daño social que puede comportar acusar a... tu agresor. Con esto no reclamo que los programas de noticias se conviertan en circos mediáticos pero, si se creyera a esa universitaria, ¿Don no tendría la obligación de investigar porqué las autoridades fallaron a la hora de procesar su crimen?

Pero esto no es todo. Estos días están siendo muy prolíficos para el guionista ganador de un Oscar por ‘La red social’. Por ejemplo, una guionista de ‘The Newsroom’ explicó en Twitter que había estado horrorizada por el guión de ese episodio y que tuvo una discusión con Sorkin que acabó con ella no participando más en el episodio. Según Sorkin, esta chica ha violado la intimidad de la sala de guionistas. Los hay que opinan que esta chica no volverá a trabajar nunca y luego hay quienes defienden que nadie se lo tendrá en cuenta: alguien tenía que denunciar ese desastre de texto y, si yo fuera ella, no querría que me vincularan con algo tan desafortunado (y evitable). Los ejecutivos de HBO debieron darse golpes contra la pared por darle tanta libertad creativa a este hombre que, recordemos, tiró a la basura el presupuesto de dos episodios de la segunda temporada porque no estaba convencido con el resultado final. Ni quiero imaginar cómo debían ser los episodios.

Y es que el pobre no puede evitar los comentarios desafortunados. Por ejemplo, opina que los Sony Leaks, esta filtración de correos privados de los productores de Sony y que le ha perjudicado, es peor que la filtración de los desnudos de Jennifer Lawrence y otras estrellas. Sorkin, es cierto que es terrible que se amenacen a las familias de los directivos por la distribución de la película 'The Interview' pero no hace falta que compares esta violación de la privacidad con otra violación de la privacidad muy explícita. No es necesario, sobre todo cuando ahora mismo se te conoce como un machista en Hollywood.

Esto debería contribuir, por ejemplo, a que no digas cosas como que “sólo Meryl Streep y Helen Mirren pueden jugar con los chicos” y que Jennifer Lawrence ganó el Oscar por hacer su trabajo mientras que Daniel Day-Lewis hizo algo superior en ‘Lincoln’. ¿Es verdad? Sí. ¿Todos los años el nivel de los papeles protagonistas tiene en ese nivel? Ni en broma. Veamos ‘Las horas’, ‘Cisne Negro’, ‘Monster’s Ball’ o ‘Blue Jasmine’. Pero es que, según él, Cate Blanchett no estaba a la altura de ninguno de los nominados al Oscar de ese mismo año pese a estar fantástica. Si alguien no piensa que esta opinión es muy machista (por lo menos si han visto la película de Woody Allen), es que viven muy cegados por su amor a Sorkin.

Si en realidad estas opiniones solamente quieren denunciar la falta de papeles potentes para las actrices (que supuestamente es lo que hacía y sigo siendo incapaz de meter ‘Blue Jasmine’ en esta categoría), quizá debería replantearse su talento. Hay obras audiovisuales que tienen protagonistas masculinos y no pasa absolutamente nada, pero pocas series han sido tan vapuleadas por el retrato de sus personajes femeninos como ‘The Newsroom’, que podríamos calificar como una serie en teoría igualitaria (en cuanto a minutos en pantalla de los dos sexos, número de personajes, peso en las tramas). Pero ellas son unas histéricas y ellos las aleccionan con condescendencia.

Y, con tanta metedura de pata, no puedo evitar acordarme de ‘La red social’ y preguntarme si la relación del protagonista con las mujeres tenía que ver con Mark Zuckerberg o si era un reflejo del propio Sorkin. El diálogo con el que arrancaba la película, donde el creador de Facebook era condescendiente con una mujer y le faltaba al respeto de forma automática, podría enmarcarse perfectamente dentro de ‘The Newsroom’. Y lo peor es que el personaje terminaba la película sin entender porqué esa ex no le aceptaba la solicitud de amistad en Facebook como el propio Sorkin, que todavía finge sorprenderse cuando le cuelgan la etiqueta de machista.

P.D.Podcast: De esto, por cierto, hablamos en 'Yo disparé a J.R.' junto otros temas jugosos. Aquí tenéis la guía del podcast:
- 00': Introducción. 
- 04': Las nominaciones de los Globos de Oro. 
- 12': 'Happy Valley', la sorpresa británica del año. 
- 22': La polémic a de 'The Newsroom'. - 43': ¿Cómo avanza 'Jane the virgin' hasta el 1x08? - 55': 'Arrow' y 'The Flash' con spoilers (4x10 y 1x09). 
- 75': Sección de respuestas.

 

viernes, 12 de diciembre de 2014

'The Good Wife' como referente

‘Madam Secretary’ nunca será ‘The Good Wife’. Esta idea quiero que quede muy clara porque algunos directivos de la CBS nos han querido vender que así será. Pero, ahora que llevo unos cuantos episodios, no puedo negar que hay unos cuantos parecidos razonables y que la serie de Téa Leoni quiere aprender de la mejor. Otra cosa es que la creadora Barbara Hall no es Robert y Michelle King y, por lo tanto, los resultados de una y otra son dispares por defecto.

Cuando se estrenó, la serie nos contó que hablaría de una madre de familia que comenzaba un nuevo trabajo, el de Secretaria de Estado, cuya naturaleza diplomática se diferenciaba mucho de su antiguo empleo como agente de la CIA. Ahora su cometido es resolver, antes era detectar y ejecutar. Pero también insinuaba en el piloto que había habido una conspiración para eliminar a su antecesor en el cargo, Vincent Marsh, un descubrimiento que podría llevarla a desconfiar de las más altas esferas de Washington y de la diplomacia mundial.

Como pertenece a la CBS, no sorprendió que sus primeros episodios tuvieran un caso de la semana, donde Elizabeth McCord tanto tenía que reconciliar a China y Japón como irse a la India a defender los intereses de los empresarios americanos. La facilidad con la que Elizabeth lo puede resolver todo y siempre con resultados satisfactorios denotaba que no sería ‘The Good Wife’. Donde Alicia Florrick demuestra que con inteligencia y sobre todo dinero puedes utilizar la ley a tu favor y que la justicia es relativa, ‘Madam Secretary’ utiliza simplemente la fuerza de voluntad. Es un planteamiento bastante infantil.

Pero donde sí consigue parecerse a ‘The Good Wife’, aparte de su protagonista femenina fuerte y de un núcleo familiar al que se da importancia, es en su negativa a limitarse a una estructura concreta. Poco a poco genera un clima de desconfianza dentro de la Secretaría de Estado y en la Casa Blanca y, si bien sigue siendo bastante blanca porque tenemos a una Elizabeth inmaculada, hay que admirar que se salga del molde. Es aquí donde se nota que la CBS quería otra ‘The Good Wife’, otra serie femenina que explorase las tramas como sus guionistas creyeran oportuno.

Esto se nota, sobre todo, a partir del noveno episodio, donde finalmente dan rienda suelta a la conspiración y esas sospechas afectan de forma visible al matrimonio McCord (cuando la hija recibe un mensaje y grita de la ilusión, ellos ya creen que algún servicio de inteligencia les ha descubierto investigando). En ese episodio no hay caso y, si se echa la vista atrás, se percibe como se han sembrado las semillas para ser otra serie, una más compleja donde los personajes podrían no ser tan amables como parecían a simple vista.

‘Madam Secretary’ está todavía arrancando, esto está claro, pero podría salir algo decente si finalmente ponen toda la carne en tramas longevas. Los casos de la semana no funcionan del todo por grandilocuentes y resueltos de forma infantil, pero si se centran en detalles diplomáticos mientras desarrollan los personajes y sus viajes personales, entonces sí puede ser un buen sucedáneo de ‘The Good Wife’.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La leyenda de Korra

Ni en broma volvería a ser adolescente. La idea de sentir con esa intensidad, de creer que soy la única persona del mundo al que le ha pasado algo en concreto, es tan cansado como (ego)absorbente. Pero hay una experiencia que me hubiera gustado tener, que es ver con los ojos de un niño la serie de animación de ‘Avatar: The last airbender’ y luego disfrutar como joven de la secuela de ‘The legend of Korra’. Como espectador, debe ser una vivencia muy estimulante y sobre todo única.

En cierto modo, ‘Dragonball’ (que para mí siempre será ‘Bola de Drac’) fue mi ‘Avatar’. Vi crecer el héroe durante su infancia con la incesante búsquedas de las bolas de dragón y los torneos periódicos de lucha, y luego vi esa deriva más adulta, más violenta y con mucho menos humor que fue la versión Z. Pero no tengo el recuerdo que aspirase a contarnos moralejas y que tuviera un toque casi poético, como sucede con ‘Avatar’. Y es una paradoja porque, mientras que Son Goku sí era un producto japonés, ‘Avatar’ y ‘Korra’ solamente son filo-asiáticas, cogiendo elementos de las culturas orientales para contar un relato cuyos autores son americanos.

La primera obra de ‘Avatar’ era infantil tanto por la trama como por el tono, pero explotaba todo su potencial y denotaba que podía tener muchas más lecturas. Sólo hacía falta ver el episodio donde Aang y compañía visitaban la capital del reino de la Tierra, donde se perdían entre las multitud y esa sociedad tan burocrática, donde cualquier trámite requería semanas. Ese atisbo de cómo sería la sociedad moderna desde el punto de vista más adulto es ‘The Legend of Korra’. Se abandonan los pueblos minúsculos y la interacción persona a persona: Korra debe tener relevancia en una sociedad industrializada y de masas, donde el populismo, la corrupción y las bandas criminales existen.

Este inicio, por esta misma razón, tenía mucho impacto. Quizá para el espectador que maduró con la original prácticamente era lo mismo. El efecto “crecer con una serie” es lo que tiene, que no necesariamente te das cuenta de algunas lecturas y la progresión natural la tienes asimilada de antemano. El universo es el mismo: hay personas con habilidades extraordinarias que pueden dominar un elemento, ya sea el agua, la tierra, el fuego y el aire, menos el Avatar, una figura que se reencarna generación tras generación y que tiene todas las habilidades. También tiene el don de estar en contacto con sus antepasados y de él o ella depende el equilibro del planeta.

Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko hacen un espléndido trabajo a la hora de desarrollar un mundo mucho más complejo. Comunican al instante que ‘Avatar’ en el fondo era lo mismo pero que, con tal de llegar al público infantil, reducían tanto los conflictos como las dimensiones. El impacto, no obstante, no desaparece: la animación mucho más sofisticada y las escenas de lucha no dejan de maravillar, por lo menos durante toda la primera temporada que he visto en dos días.

Como es animación de Nickelodeon, tampoco me dejó de sorprender el tono de los capítulos. La megalomanía del villano hereda tanto de Stalin como de V de Vendetta y el discurso de los revolucionarios que buscan la desigualdad tampoco está tan desencaminado por más que la serie no profundice. Y, si le sumamos una dinámica de grupo que rápidamente sustituye la de Aang, Katara y Sokka sin imitarla al pie de la letra, dosis de humor igual de entrañables (los pedos del hijo del maestro Tenzin) y unas tensiones sexuales en un primer plano (ellos son adolescentes mayorcitos, no ese niño llamado Aang), Korra es la digna sucesora de Aang. A ver qué me depara el resto de la leyenda.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Un valle poco alegre

Hay algo en la realización de las series británicas que te da a entender que están rodadas con el fin de trascender las fronteras del país o que están orientadas al mercado interno. Bueno, se distinguen por si tienen una fotografía más o menos cuidada, por lo fuertes que sean los acentos de los protagonistas y, sobre todo, por si el costumbrismo tiñe cada escena. Pero esto cada vez tiene menos importancia porque, como tanto los americanos como el resto del mundo sabe que se desarrollan cosas muy interesantes en las islas, siempre hay alguien con un ojo avizor que lo ve todo por si acaso y acaba recomendando.

En primavera sucedió con ‘Happy Valley’, que de repente obsesionó a la crítica americana y tuvo un correcto boca oreja por las redes sociales. Ahora que se acerca el fin de año y que me enfrento a las clásicas listas de lo mejor del año, le he dado una oportunidad para saber si tendría cabida allí o no, y lo que sí puedo adelantar es que entiendo el entusiasmo. Es una serie policíaca muy convincente y un drama familiar muy potente. Y el hecho de que no tuviera previsto exportarse como si fuera ‘Downton Abbey’, la verdad, tiene poca importancia si el resultado es este.

‘Happy Valley’, para aquellos que todavía no la hayáis visto, podríamos decir que es la versión británica de ‘Fargo’, la serie que se les adelantó por pocas semanas y con la que comparte la premisa de “hombre mediocre que la lía muy parda”. Su centro absoluto es Catherine, una buena policía que vive con su hermana drogadicta y su nieto, al que cuida desde que su hija se suicidó, mientras en su pueblo un hombre frustrado propone al mafioso local secuestrar a la hija de su jefe. Podéis imaginar que ambos personajes confluyen pero mejor ni desvelo qué relación tienen Catherine y uno de los delincuentes, algo que la serie no oculta y que podréis averiguar antes de que termine el primer episodio.

La serie, por lo tanto, no juega con la identidad de los criminales sino que crea una situación imposible, de esas que no tienen vuelta atrás, y pica la curiosidad con saber cómo terminará. Pero la ventaja es que, no solamente es inteligente en los retratos de los secuestradores, sino que Catherine es una protagonista maravillosa. Sarah Lancashire aguanta estoicamente las innumerables escenas dramáticas que tiene, las peleas, los moratones y los lagrimones, y en ningún momento ‘Happy Valley’ se convierte en una obra insoportable de tan desgraciada que es la situación de la sargento de policía. Su pátina costumbrista y la inteligencia emocional de ella impiden que sea un drama en mayúsculas, si bien la serie no quiere reírse de todo como, por ejemplo, sí hizo ‘Fargo’.

Este drama policial, de hecho, está muy en la línea de ‘Scott & Bailey’, una obra anterior de Sally Wainwright, la creadora. Allí escribía a dos detectives muy solventes y cuyos conflictos personales se trataban con el mismo tacto (una de ellas con un perfil muy similar, ni que sea porque Lancashire y Lesley Sharp tienen un parecido razonable), pero aquí da un paso adelante. Sube el listón del drama, pone en un primer plano a los delincuentes y acaba por contar algo más. Y, curiosamente, como sucedía en ‘Fargo’, tanto nos descubre la escoria que se esconde ante una situación frustrante o desesperada y como un ser supuestamente inocente se corrompe, como nos habla de la capacidad de las personas por sobreponernos a situaciones adversas y luchar por aquello en lo que creemos.

P.D. Podcast: Cuentas pendientes, avances, mucho debate sexual y ‘The Good Wife’. Aquí tenéis el programa de ‘Yo disparé a J.R.’ con su guía:
- 00’: Introducción.
- 03’: ‘Rick y Morty’ de Dan Harmon.
- 16’: ¿Qué tal avanza ‘Gotham’?
- 26’: Los finales de temporada de ‘Awkward’ y ‘Faking it’.
- 45’: ‘Transparent’, balance de temporada.
- 70’: ‘The Good Wife’, spoilers hasta el 6x10.
- 99’: Sección de preguntas de los oyentes.