Los visitantes no necesitan presentaciones. Son una panda de lagartos, la mayoría con viles intenciones, que se ocultan tras una gruesa capa de piel y pelo. Nadie ha olvidado los peinados cardados de Dianna. Y esto, aparte de atraer a los nostálgicos a la televisión, es un gran obstáculo creativo. El espectador ya sabe por donde irán los tiros (es más, los idealizó con el tiempo) y lograr penetrar esa coraza es una operación complicada. La llegada de los alienígenas, por ejemplo, después de tantos tráilers y tanta ciencia ficción comercial y gratuita, ha sido un jarro de agua fría. ¿Dónde estaba la emoción? A continuación.
La mayor diferencia entre la V inicial y la actual es que han pasado 26 años, y aquí es donde realmente reside su potencial. No sólo es una mera cuestión técnica (aquí anda que no echan mano de los fondos verdes para incrustar imágenes), sino más bien social.
Ahora estamos en la era Obama, la de un mensaje esperanzador pero sin una concreción detrás, y Anna, la líder de los visitantes, aprovecha el timing. Los analistas que han visto similitudes entre el presidente demócrata y la lagarta tampoco es que se esforzaran mucho: las palabras de Anna son obvias, sí, pero forjan el vínculo esencial para relacionar al espectador con la ficción.
El otro gran factor que distorsiona esta nueva versión del clásico es Battlestar Galactica. No sólo se trata de que hace años que los extraterrestres están entre nosotros como los cylons (y que tienen un plan, y que por allí se pasea alguno), sino que me introdujo un chip que me obliga a observar las amenazas no humanas con ojo crítico. Es ver un sociedad distinta, que rápidamente me cuestiono la estructura de poder, organización social y la capacidad de desarrollar pensamientos individuales; todo aquello que nos mantuvo en vilo durante cinco temporadas.
Estos apuntes, sin embargo, seguramente tampoco son del todo fidedignos porque, en realidad, V no es tanto un juego psicológico (que también lo es, con la paranoia de los infiltrados) y de introspección del enemigo, como un producto de fácil consumo del bien contra el mal. Su voluntad es la de entretener con sus dosis de acción, un punto de suspense y sobre todo narrar. Porque lo más importante en una historia como esta es la de atrapar al espectador y no dejarle respirar (el truco Prison Break). Y él debe dejarse llevar y tragar sin rechistar. Doy las gracias por ello.
Y aunque la primera escena no ofrece la confusión y terror que necesita (Independence Day le ha hecho mucho daño), lo cautivador es la primera entrevista entre la líder y el periodista. Hay un estira y afloja ético (ella lo obliga a hacer preguntas de cariz positivo) que aporta la tensión esperada en los minutos iniciales. Hay una caída de máscara que, con lo guapa que es ella, es doblemente atractiva. Y lo más enigmático es que incluso Scott Wolf, el eterno casi heredero de Tom Cruise, seduce a la cámara. Y es uno los argumentos por los que V tiene uno de los mejores cástings de los últimos años.
Es básicamente un flechazo colectivo. Elizabeth Mitchell, que sin lugar a dudas es la revelación tardía de la década, forja un equipo sólido e instantáneo con Joel Gretsch; y la cuestionada Morena Baccarin cuya elección como lagarta fatale fue cuestionada, transmite con las miradas la fuerza y el morbo que toda zorra de armas tomar debe tener, y bebe a su manera de la Número Seis de Galáctica. Y, con ese pelo corto que se rebela contra los cardados de su predecesora, V demuestra que tiene aptitudes para ser la nueva serie del momento, menos refinada de lo que cabía esperar, pero sin las ínfulas de FlashForward. O eso por lo menos me han dicho las emocionadas palpitaciones de mi corazón.