
El gurú de la isla
¿Un monje oriental que se niega a hablar inglés “porque ensucia su lengua”? Como dirían Amy Poehler y Seth Meyers en uno de sus Weekend Updates... ¡¿REALLY?! Desde ya mismo pido a Damon Lindelof y Carlton Cuse que incluyan en los extras de la sexta temporada explicaciones acerca de este personaje, porque los ojos casi se me salen de las órbitas sólo de ver ese cliché con patas caminando por el templo. Parecía más un sketch fallido que uno de esos WTF moments a los que nos tienen acostumbrados.
Hablando de whatthefucks...
Ese plano bajo el océano pacífico fue una buena idea para empezar la temporada, pero no será ni de lejos uno de los WTF más recordados de la historia de la serie. Después de seis temporadas, creo que el mayor problema de Perdidos es que el espectador se ha vuelto inmune a los golpes de efecto. Escenas como ese maravilloso Downtown introduciendo a Juliet (y el poblado), la explosión del hogar de Kate Austin, ese “Dad?” en la pantalla del ordenador de la escotilla o las buenas noches de Kate a Aaron ya no se repiten con la misma asiduidad. Y después de la muerte-homenaje a Charlie, de ese flashback con cariño a Shannon (que poco después moriría), o la pena con la que vimos a Juliet llorando con toda su alma e intentando hacer explosionar la bomba... todos sabíamos que Sayid no moriría. Otro momento que pudo ser y no fue.
Saturación
Los amigos de Jacob que llegaron con el segundo avión sobran (otros otros otros ya es excesivo). Pero seguramente lo que más recrimino a los guionistas (o showrunners) es que desvirtuaran el bosque. Antes daba miedo ver a nuestros perdidos caminando a tientas con las antorchas entre los árboles, empapados de lluvia y de sudor. Sabíamos que cualquier crujido, cualquier aullido del monstruo, podría terminar con ese apacible paseo. Sin embargo, la isla ahora parece las Ramblas de Barcelona y sólo le faltan los vendedores ambulantes ofreciendo cervezas o hachís. ¿Otra nota negativa? Ese templo kitsch y también superpoblado que, como la palanca de la isla, era más propio de Xena que de esta serie que aspira a entrar en los anales de la televisión (bueno, en realidad ya está, la misión es que ahora nadie se arrepienta).
Por un Perdidos laico
Que el humo negro no nuble el juicio de Lindelof y Cuse, por favor. Como ya apunté la anterior temporada, el dilema final, la solución a la gran encrucijada, tiene que tocar de peus a terra. Sin embargo, el estreno del tramo final sigue en la línea de confirmar mis temores y convertir toda esta aventura que ha durado seis años en una batalla de egos mitológicos. Aaron, por lo que apuntan algunos, podría ser la piedra angular de este quebradero de cabeza. ¿Realmente os interesa el anti-Locke? ¿O sois como yo y preferís que las cámaras se centren en Hurley, Jack y Sawyer?
Pero...
Me niego a mojarme y predicar que el final será una birria. Perdidos constituye un capítulo de la historia de la televisión y por lo tanto merece un voto de confianza. No obstante, esto no significa que sea intocable, como muchos pretenden. La partida aún no está ganada y el último movimiento la encumbrará... o nos quitará, en cierto modo, la venda de los ojos. Las obras maestras son totales y redondas. ¿Perdidos lo es? Aún está por determinar.








