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jueves, 3 de enero de 2013

Los plebeyos de Stars Hollow

Los americanos están mucho más acostumbrados a ciertos componentes morales a la hora de ver sus series, sobre todo en cuanto a la importancia de la familia. Cada vez que quieren hacer un producto de estas características, exponen estos valores, incluso algunas series más ácidas caen en este recurso. No deja de ser un sustrato muy visible de su cultura y creencias, de la misma forma que en Europa se tiende a la decontrucción del concepto, a hablar de su desintegración y criticar su relativismo. Lo que no aguanto, sin embargo, son aquellas series cuyos discursos pretenden venderse como familiaristas y en positivo y, en realidad, transmiten otros valores. Como ocurría con Las Chicas Gilmore, que bajo los perdones ‘por el bien común’ y la redención de los patriarcas Gilmore con respecto a Lorelai, se escondía un discurso totalmente elitista.

La historia empezó con un punto de partida muy claro: Lorelai debía recurrir a sus padres, que la habían abandonado emocionalmente cuando se quedó embarazada a los dieciséis años, para que su hija tuviera una mejor educación y pudiera aspirar a todo aquello a lo que ella tuvo que renunciar. Los conflictos entre los cuatro solían surgir cada vez que los abuelos querían inculcar unos valores a Rory, la nieta, que iban en contra de los de Lorelai. Ella era partícipe del “hazte con quienes sean si son buena gente, independientemente de su cuenta corriente” y sus padres creían mucho más en el “relaciónate con ‘millonetis’, ignora la ‘plebe’ y cásate con alguien cuya familia sea rica desde hace más de dos generaciones”. La cuestión es que mientras Lorelai caía en ciertos excesos y prejuzgaba a todos aquellos que tenían el césped más verde, Rory no veía nada malo en relacionarse con la gente de bien. Así de inocente era su mirada, que tanto le sonreía a la élite local como al frutero del pueblo.

El problema, sin embargo, llegó cuando Rory decidió ir a Yale en lugar de Harvard, gracias a la presión de su abuelo y sus inconscientes ganas de seguir el legado. Podríamos decir de alguna forma que Las Chicas Gilmore vendieron su alma (no al diablo, pero sí a quién pagaba más por su pureza). El discurso siguió siendo exactamente el mismo con una pequeña diferencia: Rory ya no vivía en Stars Hollow, sino que se relacionaba con la crème de la crème de su carrera, trabajaba para el club de mujeres de la alta sociedad de su abuela y encima se enamoró del playboy más deseado de todo Yale. Siguió uno por uno los pasos que le habían marcado sus rancios abuelos, que no eran mala gente (del todo) pero sí unos clasistas que miraban con desprecio a todos los novios de Lorelai.

Por esto cuando hasta Lorelai les perdonó por ser unos rancios que ni se habían esforzado lo más mínimo por encontrarla a mitad del camino (vale, se relacionaban con algunos miembros del populacho, pero con la barbilla muy alzada), me di cuenta que el discurso era bastante ofensivo. A resumidas cuentas nos dejó claro que cualquiera sin estudios era un mindundi, que Lorelai se tenía que conformar con las bajas esferas porque había perdido el tren y que por suerte Rory podía aspirar a algo más en la vida. No sé los demás, pero creo que la humanidad no necesitaba que los Gilmore les juzgaran desde su gran mansión, que la representante de la clase trabajadora (Lorelai) acabara agachando la cabeza y que Rory, la Mesías que iba a unir las clases, acabara asimilando el discurso único de sus abuelos.

miércoles, 13 de junio de 2012

Los veloces diálogos de Amy Sherman

Los diálogos de Amy Sherman-Palladino sólo son superados en fama por los de Aaron Sorkin y ambos en parte por la misma razón. Los personajes de sus ficciones hablan de forma tan rápida que la regla común de “una página de guión, un minuto” nunca se cumple. Otra cosa es que, sustancialmente, sean equiparables. Mientras que Sorkin emplea una gran cantidad de frases para contar y explicar cosas en concreto (es admirable lo que se llega a aprender con El Ala Oeste sobre el funcionamiento de la Casa Blanca, la política norteamericana e incluso economía), la creadora de Las Chicas Gilmore escribe unos personajes parlanchines como recurso humorístico.
Como dijeron en una parodia en el programa de Mad TV, “anything said quickly can seem wittier than it is” y Sherman-Palladino no se corta a la hora de utilizar este recurso. Siempre fui de la creencia de esta crítica, por cierto, y pensé que en Stars Hollow nada era realmente divertido ni ingenioso, sólo lo parecía por la velocidad en la que se lanzaban los comentarios. Y esta misma táctica es la que ha utilizado para Bunheads, la gran apuesta para este verano del canal ABC Family, que se encuadra perfectamente en su filosofía como canal. Es una serie con un fuerte componente adolescente, que no excluye a generaciones mayores y que pretende ser ligera y simpática (Pretty Little Liars y   The Lying Game protagonizan la excepción, emulando el modelo de los últimos años de la CW).
En este caso, la serie se ambienta en un pueblecito costero llamado Paradise, donde se muda Michelle, una bailarina de las Vegas, cuando se casa impulsivamente con un buen hombre. Allí, por supuesto, los lugareños tienen muy poco que hacer (“¡ni tan siquiera hay un cine!”, maullaría Michelle) y por lo tanto son muy particulares, y la protagonista deberá encontrar su sitio entre todos ellos, empezando con ganarse a su suegra (interpretada por Kelly Bishop, la matriarca Gilmore) que tiene una escuela de ballet con jóvenes inexpertas que aún tienen mucho mundo que descubrir.
De momento, Bunheads ha cosechado buenas críticas en Estados Unidos sobre todo porque, tras el fiasco de The Return of Jezebel James, se ha considerado que la responsable ha vuelto a sus raíces y encima sus protagonistas, Bishop y Sutton Foster (estrella de Broadway con dos premios Tony en su haber), también han sido muy bien recibidas. No ha habido la percepción de que Sherman-Palladino se haya repetido, sino que ha vuelto (como ella misma ha reconocido) al estilo de serie que le gusta, meciéndose entre la comedia y el drama, y a los diálogos que la hicieron una figura respetable en la industria. De hecho, incluso la música que suena durante el episodio piloto evoca de forma descarada el espíritu de Lorelai y Rory, al igual que Bishop en un papel clavadito al de Emily Gilmore.
Quien considerara que las Gilmore sólo eran pastelosa mediocridad disfrazada con verborrea, no encontrará ningún consuelo veraniego en Bunheads. Tampoco ayuda ver cómo de particulares son algunos vecinos y comprobar que, efectivamente, Sherman-Palladino vuelve a las mismas cotas de oligofrenia. Pero aquellos que adoraran los cafés de medio litro de Lauren Graham llenos de risas y pucheros, podrán entretenerse y disfrutar con este descafeinada escuela de bailarinas. Supongo que intuís en qué bando me encuentro.

miércoles, 15 de junio de 2011

Los inútiles de Stars Hollow

No tengo nada en contra de los pueblos idílicos en la vida real. Está bien que existan municipios remotos donde los vecinos son más o menos amigos (a la fuerza) y los males del submundo aún no han llegado. Otra cosa muy distinta es tener que soportar a los habitantes de Stars Hollow. Es asistir a una de sus estúpidas asambleas que cruzo los dedos para que les llegue la violencia callejera, el arte del graffiti, los indigentes y que la gente empiece a cerrar las puertas de sus casas, aislándose los unos de los otros cual desconfiados de ciudad.


Mientras que hay gente que considera que Las Chicas Gilmore es una serie que te hace ser mejor persona, supongo que habrá otro grupo (en el que pertenezco) a los que nos despertará nuestro espíritu más vandálico. Y es que una cosa es la armonía popular y la otra es atentar contra lo que dictan todas las leyes de la física (social): hasta la filosofía de “aguantarás al prójimo” tiene unos límites. La única excepción es el amor condicional de los padres y esto no lo pongo en duda (sólo en el caso de la bruja Gilmore senior). Pero el cascarrabias de Luke, la descafeinada Sookie, el malvado Michel o los abofeteables Taylor y Kirk son gente de esa para dar de comer aparte. En pack son casi como una liga de villanos de cómic. Aún me pregunto porqué Lorelai contrató al borde, desalmado y repelusero francés para su propio hotel. Son ganas de torturarse, de desencadenar su instinto más masoquista y infligirse a si misma la gota china.


Lo mío con esta serie era una gran trifulca entre la tirria que sentía por ella y el sentido de la obligación que me invadía porque varias amigas mías son requetefans de la serie y uno no quiere ser menos. El tiempo me demostró que nunca serían las mujeres de mi vida (prefiero a una adulta menos infantil y a una joven menos consentida y repelente y sin una mala actriz detrás), pero que hasta podía llegar a aceptarlas por lo que eran. Ellas dos. Sólo ellas dos y su relación. Lo que tenga que ver con Stars Hollow, sin embargo, es otra historia.


Es por esto que he disfrutado mucho más con las últimas temporadas de Las Chicas Gilmore, ahora que intentaba terminar mi gran misión para entender los comentarios de mis allegadas. Lo que había leído que acababa con la autenticidad de la serie, la marcha de Rory a la universidad, ha sido para mí la gran salvación. Bueno, esto y que entraba en juego Logan, interpretado por un Matt Czuchry que tras verlo en The Good Wife convierte en prioridad cada producto en el que aparezca. Hay tanta conversación telefónica y tanto avance en sus relaciones sentimentales (por separado) que sin querer se van olvidando de poner tanto énfasis en los acontecimientos del pueblo.


Sookie seguía por allí pero hablando menos de verduras (y provocando menos incendios) y aconsejando más a Lorelai. Las reuniones de Stars Hollow se volvieron algo simbólico. Y apretar el botón de fast-forward cada vez que aparecía Kirk, el inútil arco de Lane (que sólo servía para dar de vez en cuando grandes aportaciones de la señora Kim) y esa hija de Luke que tenía menos gracia que un cólico nefrítico, al igual que su hermana y su cuñado, no cuesta tanto. Por lo menos con las últimas temporadas (sobre todo la 6ª y la 7ª) los episodios se me quedaban en treinta minutos, que en las primeras ni eso. Señal que llegó a gustarme algo más (aunque no del todo).