jueves, 3 de enero de 2013
Los plebeyos de Stars Hollow
miércoles, 13 de junio de 2012
Los veloces diálogos de Amy Sherman
Los diálogos de Amy Sherman-Palladino sólo son superados en fama por los de Aaron Sorkin y ambos en parte por la misma razón. Los personajes de sus ficciones hablan de forma tan rápida que la regla común de “una página de guión, un minuto” nunca se cumple. Otra cosa es que, sustancialmente, sean equiparables. Mientras que Sorkin emplea una gran cantidad de frases para contar y explicar cosas en concreto (es admirable lo que se llega a aprender con El Ala Oeste sobre el funcionamiento de la Casa Blanca, la política norteamericana e incluso economía), la creadora de Las Chicas Gilmore escribe unos personajes parlanchines como recurso humorístico.miércoles, 15 de junio de 2011
Los inútiles de Stars Hollow

No tengo nada en contra de los pueblos idílicos en la vida real. Está bien que existan municipios remotos donde los vecinos son más o menos amigos (a la fuerza) y los males del submundo aún no han llegado. Otra cosa muy distinta es tener que soportar a los habitantes de Stars Hollow. Es asistir a una de sus estúpidas asambleas que cruzo los dedos para que les llegue la violencia callejera, el arte del graffiti, los indigentes y que la gente empiece a cerrar las puertas de sus casas, aislándose los unos de los otros cual desconfiados de ciudad.
Mientras que hay gente que considera que Las Chicas Gilmore es una serie que te hace ser mejor persona, supongo que habrá otro grupo (en el que pertenezco) a los que nos despertará nuestro espíritu más vandálico. Y es que una cosa es la armonía popular y la otra es atentar contra lo que dictan todas las leyes de la física (social): hasta la filosofía de “aguantarás al prójimo” tiene unos límites. La única excepción es el amor condicional de los padres y esto no lo pongo en duda (sólo en el caso de la bruja Gilmore senior). Pero el cascarrabias de Luke, la descafeinada Sookie, el malvado Michel o los abofeteables Taylor y Kirk son gente de esa para dar de comer aparte. En pack son casi como una liga de villanos de cómic. Aún me pregunto porqué Lorelai contrató al borde, desalmado y repelusero francés para su propio hotel. Son ganas de torturarse, de desencadenar su instinto más masoquista y infligirse a si misma la gota china.
Lo mío con esta serie era una gran trifulca entre la tirria que sentía por ella y el sentido de la obligación que me invadía porque varias amigas mías son requetefans de la serie y uno no quiere ser menos. El tiempo me demostró que nunca serían las mujeres de mi vida (prefiero a una adulta menos infantil y a una joven menos consentida y repelente y sin una mala actriz detrás), pero que hasta podía llegar a aceptarlas por lo que eran. Ellas dos. Sólo ellas dos y su relación. Lo que tenga que ver con Stars Hollow, sin embargo, es otra historia.
Es por esto que he disfrutado mucho más con las últimas temporadas de Las Chicas Gilmore, ahora que intentaba terminar mi gran misión para entender los comentarios de mis allegadas. Lo que había leído que acababa con la autenticidad de la serie, la marcha de Rory a la universidad, ha sido para mí la gran salvación. Bueno, esto y que entraba en juego Logan, interpretado por un Matt Czuchry que tras verlo en The Good Wife convierte en prioridad cada producto en el que aparezca. Hay tanta conversación telefónica y tanto avance en sus relaciones sentimentales (por separado) que sin querer se van olvidando de poner tanto énfasis en los acontecimientos del pueblo.
Sookie seguía por allí pero hablando menos de verduras (y provocando menos incendios) y aconsejando más a Lorelai. Las reuniones de Stars Hollow se volvieron algo simbólico. Y apretar el botón de fast-forward cada vez que aparecía Kirk, el inútil arco de Lane (que sólo servía para dar de vez en cuando grandes aportaciones de la señora Kim) y esa hija de Luke que tenía menos gracia que un cólico nefrítico, al igual que su hermana y su cuñado, no cuesta tanto. Por lo menos con las últimas temporadas (sobre todo la 6ª y la 7ª) los episodios se me quedaban en treinta minutos, que en las primeras ni eso. Señal que llegó a gustarme algo más (aunque no del todo).
