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jueves, 12 de septiembre de 2013

¿Qué tal ha ido el verano? (II): Las sorpresas


El repaso de este verano sigue. Puede que la mayoría de los estrenos sólo sirvieran como placeres culpables o para tirar directamente a la basura pero también hubo alguna alegría y, sobre todo, algunas cuentas pendientes atrasadas que hicieron de esta estación un buen momento para disfrutar de la televisión.

De uniforme


Sin lugar a dudas, ‘Orange is the new black’. Me pregunto si hubiese despertado tanto furor de estrenarse en otoño o primavera, cuando hay una mayor oferta por parte de los demás canales. O si alguna de las anteriores series de Netflix- ‘House of Cards’, ‘Arrested Development’, ‘Hemlock Grove’- hubiesen gustado más. Pero la vida entre rejas de Chapman es todo un hallazgo. Puede que en algunos momentos sea excesivamente positiva, queriendo enfatizar siempre el lado bueno de las cosas, pero por suerte también comprende que necesita dosis constantes de sordidez y mala leche para hacer verosímil el viaje de todas las protagonistas. Además, jamás le diré que no a una serie de televisión femenina, fantásticamente interpretada (sí, también Taylor Schilling se sale) y bien escrita. Tierna, cómica, dramática. Volveré a ella cuando llegue diciembre y toque escribir de lo mejor del año.

De sueños

Lo de ‘The L.A. Complex’ fue directamente un vicio. El universo de oportunidades de este grupo de jóvenes que intentaban triunfar en Los Angeles fue probablemente el relato más ágil que he visto en verano. No era profundo pero tampoco se quedaba en la superficie, pero su capacidad de contar esas historias individuales (de cantantes, bailarinas, productores, actores) merece una mención especial. Bueno, y, como dije en su momento, la historia de homosexualidad encubierta de Kaldrick King tuvo su atractivo.

De aventuras


Si me hubiesen dicho que acabaría entregado a una serie de dibujos animados, no hubiera dado crédito pero ‘Gravity Falls’ probablemente es la otra grata sorpresa del verano. Una serie de Disney Channel de veinte minutos donde Dipper y Mabel, dos hermanos de doce años, viven las aventuras más rocambolescas en casa de su tío Stan y en el frondoso bosque que tienen al lado. Unos personajes bien perfilados, unos gags que siempre dan en el blanco, unas interacciones con identidad propia y un imaginario brillante. Los seres y acontecimientos sobrenaturales son originales sobre todo por el tratamiento que reciben, con capas de lectura para los adultos de mirada nostálgica (parodias a las boy-bands, guiños a Street-Fighter y hasta homenajes a ABBA) y un desarrollo de los episodios con mucho ritmo. Un diez de serie y muy recomendable.

De sexo

Parecía que hubiesen pasado siglos desde que disfruté, respeté y admiré una serie de adolescentes. Diría que tendría que remontarme a ‘Friday Night Lights’ o a las primeras temporadas de ‘Skins’. Esta vez en una área geográfica poco explorada como es Australia y donde, según nos cuentan en ‘Puberty Blues’, los setenta fueron una época tan liberadora como frustrante para las jóvenes del momento. Ellas eran conscientes que podían tener una sexualidad más libre pero seguían subyugadas al dominio de los hombres a la práctica. Y la óptica refrescante de esta serie, vigente y no nostálgica, fue muy estimulante. Sentí que me enseñaban algo que no había visto antes y encima la última escena de los ocho episodios es sencillamente preciosa.

De frustración

Pero, como en los desechos me dejé unas cuantas series en el tintero, aquí las recupero. ‘Sons of Anarchy’, por ejemplo, me decepcionó con el segundo tramo de la quinta temporada, que no estuvo a la altura de ciertos momentos desgarradores del primero. Me dolió comprobar que ‘Revenge’ era incapaz de interesar otra vez y ‘The Vampire Diaries’ me dejó a medias. Supo estructurar bien la trama de la temporada pero eché en falta más agallas a la hora de tomar ciertas decisiones (quien muere y quien vive) y que nos recordasen porqué todos siguen siendo como una familia disfuncional a pesar de todo.

Y retomé ‘Buffy’, que ya voy por la séptima temporada, ¡y vaya si me la pegué! Tras unos primeros episodios bastante divertidos y entretenidos, la serie se ha metido en un pozo de aburrimiento protagonizado en gran parte por un Spike que creen que es un personaje de Shakespeare y solamente es un coñazo. Por suerte, ya sólo me quedan nueve episodios, los mismos que me quedan para terminar la séptima de ‘Supernatural’. Otra serie que tampoco termina de saber qué hacer una vez contó todas las historias que quería contar.

jueves, 18 de julio de 2013

'The L.A. Complex' no es compleja pero sí muy simpática

Ya he finiquitado ‘The L.A. Complex’. Ha sido una obsesión de una semana, de aquellas series que de vez en cuando me pillan desprevenido y devoro en modo maratón porque soy incapaz de pararme los pies. Hacía tiempo que no me encontraba con una de estas. Intrascendente, olvidada un año después de su emisión y, no obstante, muy recomendable.

Su mayor virtud es que resulta muy simpática. Todos sus personajes están bien perfilados desde el primer minuto y, lejos de parecer estereotipos, desarrollan rasgos que les hacen entrañables. Me quedo con esa casi-estrella venida a menos llamada Raquel a la que le ofrecen películas de coste irrisorio del canal SyFy (‘Cactabear’, olé) y hasta aparecer en un amañadísimo docurreality para superar un alcoholismo que no sufre. También con Abby y su mala suerte tanto a la hora de pasar pruebas de cásting como conociendo hombres. Y, sobre todo, con Kaldrick King, ese rey del hip hop torturado porque se ve obligado a esconder su homosexualidad.

Puede que la televisión vaya a fingir que nunca existió, pues pasó sin pena ni gloria por el canal CW y también por su país de origen, Canadá, pero creo que aguantará bien el paso del tiempo dentro de la memoria de aquellos que sí la vean. Sobre todo sus personajes, reconocibles y muy diferenciables, lo cual no es muy común en el mundo de las ficciones de cariz joven (o de jóvenes adultos, como quiera llamarse al público de entre 18 y 34 años).

Ojalá más series de televisión tuvieran el temple de ‘The L.A. Complex’ a la hora de contar las historias corales, ya sean episódicas o de varias semanas, porque nunca perdió un ápice de ritmo ni dio la impresión que estaban anclados en recursos que les funcionaban. Era superficial a la hora de entrar y salir de los temas pero, como tenía cogido el tranquillo a los protagonistas, uno ni se daba cuenta y resultaba muy entretenida.

Por ligera que fuese en el aspecto narrativo, tenía la ambición de ofrecer un retrato de Hollywood (por cierto, ¿a qué canadiense en su sano juicio se le pasó por la cabeza hacer una ficción más americana que el Tío Sam?). Los procesos de selección de algunos trabajos podían resultar demasiado fáciles, pero otras veces demostraban lo cruel de una industria que tan rápido te adora como te escupe. El agujero del conejo en el que se metía Alicia, por ejemplo, era una dosis de realidad bastante contundente en una serie tan accesible y buen-rollista como esta.

Y todavía es más recomendable para aquellos que saben disfrutar de las ficciones ligeras y que valoran las historias de amor protagonizadas por gays. Parece una tontería que a día de hoy tenga que ser un selling-point pero no sobran en televisión y ‘The L.A. Complex’ tuvo las agallas de abordarla con cierta seriedad y no a base de tópicos.

martes, 25 de junio de 2013

Se alquilan habitaciones en Los Angeles

Las series juveniles me suelen llamar la atención. Posiblemente porque son las series más dramáticas de todas y sus personajes tienden a encarar los problemas con sus vísceras y todos sus sentimientos en juego. Cada decisión que toman tiene repercusiones, pronto se olvidan de todo y siempre creen ser los únicos que alguna vez han tenido mal de amores o cualquier otro conflicto. Lo viven todo a flor de piel. Y todavía no sé porqué en su momento pasé de largo de ‘L.A. Complex’.

Esta no es una serie teen en el sentido estricto de la palabra. Sus protagonistas no son adolescentes, pero sí chicos de veintitantos que quieren cumplir sus sueños. En este aspecto, por lo tanto, sí que entrarían en el género porque se enfrentan a la realidad con una ingenuidad y una determinación que solamente tiene sentido durante una breve etapa de la vida. Los sueños, si somos realistas, tienen fecha de caducidad y en ‘The L.A. Complex’ se trata de un grupo de jóvenes que quieren triunfar en el mundo del espectáculo.

Abby Vargas, por ejemplo, es una canadiense sin los papeles en regla que quiere ser actriz, Nick quiere ser comediante, Tariq quiere ser productor musical, Alicia trabaja para ser una bailarina profesional y después hay dos que han probado las mieles del éxito: Connor, un inseguro chico al que le dan un papel protagonista en la televisión americana, y Raquel, una actriz que fue alguien durante un tiempo pero que su serie fracasó y tiene que enfrentarse a la cruda realidad que ya no importa a nadie en la industria. Y todos ellos comparten una cosa aparte de su determinación: o comparten o han compartido piso en unos apartamentos repletos de aspirantes a triunfar.

Ahora que me acuerdo, sí que sé porqué la ignoré. Cuando la emitió la CW, pensé que no tenía ningún interés en ver una serie canadiense ambientada en Los Angeles. Me parecía un sinsentido. Con lo invadidos e influenciados que están por la televisión americana, que les llega directamente, ¿a quién se le ocurrió la brillante idea en Canadá de crear una ficción con una base tan y tan americana? Pues a Martin Gero, un guionista forjado en la franquicia de ‘Stargate’ (estuvo en ‘SG-1’, ‘Atlantis’ y ‘Universe’) y que también escribió cinco episodios en ‘Bored to Death’, la comedia noir de HBO. Y, la verdad, es que hizo un magnífico trabajo.

De momento, solamente he visto los seis episodios de la primera temporada, a la espera de ver la segunda y última temporada porque ‘L.A. Complex’ fracasó en EE.UU. y también en su país de origen (donde se emitía en el canal MuchMusic) pero estoy gratamente sorprendido por la sinceridad de todos sus personajes y el impecable ritmo. Puede que no tenga los personajes más profundos, ni los arcos dramáticos más desgarradores, pero sí tiene cierta honestidad. Tendrá historias profesionales que avanzan en la dirección adecuada de forma precipitada por el bien de la narración, pero también tiene periplos inversos. De hecho, tiene un viaje de decadencia personal muy coherente y que también sirve para explorar un ángulo poco favorecedor de Hollywood.

Si le añadimos una relación tormentosa homosexual, falsos alcohólicos y un actor en proceso de auto-destrucción, el culebrón está servido. Y, según me cuenta Cristina Garde, quien me convenció para darle una oportunidad a la serie, tiene un cierre correcto. Aquí va, por lo tanto, una ración de recomendaciones veraniegas. Llegarán más ahora, seguro.