
De forma indirecta, un crítico norteamericano se preguntaba el otro día si quedaba margen para diferenciar las series de asesinatos, ahora que se ha exprimido el punto de vista tecnológico (CSI), la estética (Medium), las personalidades (The Closer) y las tensiones sexuales (Bones). La excusa del artículo era el estreno de The Glades, que haciendo honor a esta época, ha aparecido con la única voluntad de entretener sin buscar desmarcarse de la tendencia actual de las series de criminales (como sí hizo la franquicia de Bruckheimer en su momento, por ejemplo).
Esta frase, como ocurre también con las series de médicos y de abogados, ya la había oído unas cuantas veces. Las bocas espectadoras, cuando no quieren esforzarse mucho, sueltan rápidamente sentencias de este estilo, al igual que “todas son iguales”, “los viejos tiempos siempre fueron mejores” o, en contraposición, “¡es de culto!”. Lo sorprendente era que por primera vez la oía por parte de un crítico de un periódico de renombre que, en lugar de quejarse por la falta de ambición, daba a entender que quizá ya no era posible ser original y cambiar las reglas del juego una vez más.
La pregunta que yo me haría, en cambio, es “¿hace falta cambiar las reglas con carácter urgente?”. Seguir con el esquema ‘asesinato, investigación, resolución’ no tiene porqué analizarse como una involución, un retroceso o una etapa conformista. Existirán siempre personalidades por explorar (y sin la necesidad que la Isles de Rizzoli se parezca tanto a Bones), nuevas tensiones sexuales que crear (y sin que sean tan manidas como la de Beckett y Castle), y muertes quedan por un tubo, sin necesidad de que sean pirotécnicas o rebuscadas.
Lo que debería importar al final del día es que la serie en cuestión construya buenos casos. The Glades quizá tampoco sería el ejemplo a seguir, más que nada porque es muy veraniega, los casos son un poco torpes (menos en el primero, que lo es con alevosía y con un giro de película) y cae por inercia en la moda de crear un protagonista que hace piruetas encima de la línea que separa el carisma de la imbecilidad (House, cuánto daño nos hiciste). Pero lo que tampoco se puede hacer es esperar que la tele haga lo que el cine no se atreve (y The Glades, por la época en la que está programada y por lo que es, está bien).
¿Cuántas veces hemos oído que una película es “notable”, siguiendo los esquemas tradicionales? Y es que un guión es mucho más que giros y extremismos. The Closer lo demuestra cada verano siendo clara, realista y con unas investigaciones que, siendo más o menos predecibles, son coherentes, consecuentes y creíbles (y mejor actuada). Y lo mismo podría decirse de The Good Wife con respecto al género legal. Su éxito no depende únicamente de los magníficos claroscuros del matrimonio de Alicia Florrick, sino también del saber comprender que para tirar hacia delante no hace falta renegar del pasado. Que yo sepa, lo pantalones de pitillo siempre vuelven y van y nadie se meterá con los diseñadores por saber aprovechar aquello que una vez les funcionó.