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miércoles, 6 de marzo de 2013

¿Tocadas de muerte?

La temporada pasada tuvo dos historias positivas en la televisión americana: el éxito de dos underdogs como Once Upon a Time y Revenge. Nadie creía que una serie con disfraces y estilismos drag pudiera triunfar, ni que la ABC pudiera poner de moda otra vez el culebrón de primetime que vivió sus días felices en los ochenta. Pero brillaron, tuvieron audiencias dignas (o, en el caso de los cuentos, fue la revelación dramática) y picos de atención mediática durante sus veintitantos episodios. Y, cuando regresaron a medio gas en septiembre, lo hicieron a medio gas. ¿Habían perdido el mojo?


Se había hablado de la madre de Amanda y había expectación por saber en qué actriz recaería el papel. Jennifer Jason Leigh era un buen fichaje, una actriz de carácter muy venida a menos y que en realidad (al igual que Madeleine Stowe) nunca había sido una estrella de verdad. Pero el papel, que apuntaba maneras, se quedó en agua de borrajas. Era una loca estándar, sin especial interés y Jason Leigh con ese papel no podía inquietar como cuando decidió peinarse igual que Bridget Fonda en Mujer Blanca Soltera Busca. No por su culpa (aunque su cirugía sí distraía) sino porque el personaje tenía poco interés. Si los duelos de divas con Victoria Grayson no eran fuego era que algo fallaba.

Entre el tratamiento de Kara Clarke, la organización que domina a los Grayson y la obsesión de Mike Kelley de mantener en nómina a los hermanos Porter, que sólo servirían como fiambres en un congelador, Revenge dejó de ser relevante. Cuando se huele el relleno, una serie de estas características pierde toda su magia. La gracia es tener escenas y avances que comentar al día siguiente y la audiencia se ha ido desenganchando. Los quince minutos por episodio de Victoria siguen siendo muy buena televisión pero los demás acaban por no compensar. Yo, que defendí el culebrón como el mejor estreno de la temporada pasada, hasta he acabado por acumular capítulos desde el parón de Navidad. Y estamos en primavera.


El caso de Once Upon a Time todavía es más doloroso. No es una cuestión de que alargue tramas o no sepa encontrar su camino, como le ocurre a Revenge (algo que predijo todo el mundo y yo quise confiar equivocadamente en su showrunner). Su problema fue creerse la nueva Perdidos y perder la esencia mágica del año pasado.

Era bonito ver los cuentos de toda la vida (o los que nos había vendido Walt Disney) con alguna vuelta de tuerca mientras Emma se paseaba por Storybrooke negándose a todas las evidencias. Hacía que la serie fuera una especie de happy place dramático, la entrada a un mundo entrañable. Pero en esta segunda temporada se han comportado como si su fuerte fueran las tramas horizontales y ninguna funciona. Tiene personajes planos (pocos villanos están peor llevados que Regina), actores peores (Hook es terriblemente malo) y los avances de las historias son de manual. Y las historias relacionadas con los cuentos tiene poca entidad. Se supone que son apoyos a las tramas relevantes y están mal escritas y no son cuentos en sí mismos (como sí lo eran antes).

Si encima le añadimos la realización de todo a cien, Once Upon a Time ya no tiene encanto. Ahora solamente es una baratija y su público, al igual que Revenge, se está dando cuenta del deterioro. Es muy fácil culpar a ABC, el canal que las emite, por la pésima forma de programarlas (que sí, a veces parece que quieran cargárselas), pero la razón principal es que son peores. A las dos se les subió el éxito a la cabeza y un año después puede que ya estén tocadas de muerte.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

El motor de Storybrooke

Ya acusé a Once Upon a Time de no haber dejado respirar Storybrooke al inicio de la segunda temporada. Hubiera sido más interesante retomar los personajes un tiempo más tarde, con el pueblo adaptado al cambio tras la aparición del humo morado, ni que fuera para tener la impresión de que empezábamos un nuevo tomo de este mejunje de cuentos. Para ser un poquito meta-narrativa. Pero no fue así y, desde que todos recuperaron su conciencia mágica, los responsables de la serie sólo han querido ir hacia delante. (Podéis imaginar que habrá spoilers de los nueve episodios emitidos de esta segunda temporada.)

Ahora que hemos llegado al parón navideño, podemos hacer balance de lo acontecido. Emma y Snow White se vieron atrapadas en un rincón del mundo de fantasía que había escapado a la maldición de Regina y en Storybrooke vimos como la alcaldesa había perdido su poder sobre la gente, ahora que no gozaba de magia ilimitada y después de que todos reconocieran a Snow White y Charming como sus legítimos líderes. Y, si bien en ningún momento les hemos tenido parados, no he podido quitarme de la cabeza la sensación de que no avanzábamos. Incluso al ver a Cora navegando rumbo a Storybrooke con el barco pirata del capitán Hook.

Edward Kitsis y Adam Horowitz dieron prioridad al avance de las tramas y se olvidaron de que los cuentos deben conmover. Al principio de Once Upon a Time, por ejemplo, tuvimos la historia de amor de Mary Margaret y David, el reencuentro de Emma con su hijo y algunas pastillas episódicas que reunían los requisitos, como el peculiar twist de la Bella y la Bestia, el Sombrerero y su hija y los primeros episodios que nos contaban momentos claves de la relación de Snow White y Prince Charming. Pero en este primer tramo de temporada casi no se ha explotado esta vertiente, como si los guionistas consideraran que tras abrir la caja de Pandora no hacía falta mantener un halo entrañable y dulce alrededor de la ficción.

Material lo tenían. Podrían haberse tomado la molestia de dibujarnos la relación de Emma con sus jovencísimos padres, qué clase de familia conformarían con Henry, cómo se organizaría el pueblo (¿optarían por una democracia municipal o volverían al Reinado por la gracia de Dios?) y si trasladarían costumbres medio-medievales a su día a día en Storybrooke. Esta era la idea que tenía en la cabeza cuando vimos el game-changer de color morado, ya que permitiría seguir jugando con los dos tiempos que manejan. Pero tuvimos que conformarnos con unos diálogos muy malos entre madre e hija (Jennifer Morrison jamás ha estado peor), un acercamiento a la dinámica de Rumpelstilskin y Bella que no siguieron, y la trama más interesante tuvo poca dedicación. Si querían que perdonáramos a Regina y apreciáramos sus ganas de redimirse ante los ojos de Henry, podrían haber expuesto mejor su buena voluntad. Ha querido asesinar demasiadas veces a todos los miembros de su comunidad como para que olvidemos de buenas a primeras su malvado pasado y nos vendan su mirada de cordero degollado como si debiera rompernos el corazón, sólo porque no mató a alguien.

Esperemos, sin embargo, que la llegada de Cora (y ese Hook de nula credibilidad) reactive a los personajes como el motor de la narración. Porque, sin ellos y sin unas historias genuinamente simpáticas, Once Upon a Time solamente es una consecución de giros mecánicos, nefastas escenas de acción, estilismos drag y cromas. Y, de momento, esto es lo único que he podido ver en estos nueve episodios.

domingo, 21 de octubre de 2012

El primero en caer

Esta entrada contiene spoilers reveladores de los inicios de Once Upon a Time, The Vampire Diaries, The Secret Circle y del cuarto episodio de Revolution. Quien avisa no es traidor.

Estas últimas temporadas hay una moda entre las series con un fuerte componente dramático. Cuando empiezan a tener a los personajes asentados y creemos saber por dónde van los tiros, uno de los protagonistas muerde el polvo. Suele tratarse de un golpe de realidad para el espectador, una táctica para transmitirle que su mundo también tiene consecuencias. Vamos, que los guionistas nos avisan que su historia va en serio.

Puede que ocurriera antes en otras series, pero la última que creó escuela fue The Vampire Diaries. Cuando mataron a Vicki Donovan, de repente las aventuras de los chicos de Mystic Falls adquirieron un auténtico halo de peligrosidad. Parecía una piedra vital del entramado que estaba urdiendo Kevin Williamson y se la cargó sin piedad justo cuando apuntaba tener más potencial.

Dos años más tarde, el mismo Williamson intentó la misma maniobra con los brujos de The Secret Circle y demostró algo fundamental: este recurso, cuando se emplea con el piloto automático, no tiene la misma efectividad. Al fin y al cabo, si no hay implicación por parte del espectador, no hay dolor por la pérdida, ni curiosidad por las consecuencias, ni temor por los que quedan. Así, mientras Vicki se despidió siendo una promesa, estando bien construida y mejor relacionada, Nick Armstrong lo hizo sin pena ni gloria, por más traumas familiares que le adjudicaran y mala leche que tuviera su asesinato.

Más fortuna tuvo, por ejemplo, el Sheriff Graham de Once Upon a Time. Edward Kitsis y Adam Horowitz tenían que demostrar que no valía todo en su universo de fantasía, así que Regina cogió el corazón del cazador y lo estrujó hasta dejarle fiambre. No obstante, funcionó más por la forma de morir que por la auténtica valía del personaje, que sufrió a torpeza de los guionistas. Sabíamos que era importante ya que así nos lo había vendido durante la promoción y tenía un papel claro en Storybrooke, pero su tensión sexual con Emma era bastante forzada. No construyeron una historia de amor o atracción que acabó de forma abrupta por la muerte, sino que dio la impresión que, como tenían previsto cargárselo, necesitaban darle una carga emocional. Sólo hace falta ver cómo se recuperó Emma. A ratos parecía que ni tan siquiera hubiera existido ese policía con cuerpo de modelo.

Y el último ejemplo tuvo lugar hace apenas dos semanas en Revolution, cuando Maggie falleció desangrada en ese drama futurista donde la electricidad deja de existir. Lo hizo a manos de un amante de los perros rabiosos, de forma innecesaria y con una historia personal supuestamente bonita. La pobre llevaba quince años buscando una manera de volver al Reino Unido para estar con sus hijos y, para recordarlos, tendía a mirar la pantalla de su inútil teléfono móvil (lo cual tenía un puntito perturbador). Querían revelarnos que no se andan con chiquitas y que la travesía por unos Estados Unidos sin ley tiene sus riesgos.

Pero, como era de esperar, tuvo tanta emoción como ver a una desconocida haciéndose la pedicura porque, episodio tras episodio, Revolution sigue negándose a ser un drama de ciencia ficción adulto y a tener unos personajes interesantes. Es como si hubiéramos visto esta serie antes y mejor, con unos personajes sustancialmente más jugosos. Ostras, sí, se llamaba Perdidos y también mató a uno de los suyos en su primer curso. Claro que no fue tan precipitado y Boone sí nos hizo sufrir.

viernes, 5 de octubre de 2012

Los subrayados del cuento

Una de las sorpresas del año pasado fue Once Upon a Time. Se esperaba de ella que durara cuatro telediarios porque nadie creía que el gran público pudiera soportar una serie algo casposa, con unos cromas muy obvios y un vestuario un poco drag-queen, pero se convirtió en la serie que había que seguir (junto con la otra revelación que fue Revenge). Logró que incluso aquellos poco propensos a dar una oportunidad a un drama familiar se interesaran por un uso de la narrativa algo lostiano y la nostalgia que despiertan los cuentos y también el mundo Disney que utiliza sin disimulo. Ahora, sin embargo, Blancanieves, el Príncipe Encantador y Emma han dejado de ser los novatos inexpertos después de volver con una segunda temporada de estreno tan acelerado como directo. He aquí varias impresiones (así que puedes dejar de leer si no quieres saber nada del episodio):

El concepto planteamiento, nudo y desenlace funciona muy bien en los relatos y, aunque en televisión cueste aplicarlo a las temporadas, bien podría habérsele aplicado a la presentación del segundo tomo de las aventuras de Emma Swan. El humo morado que devolvió los recuerdos a todos los seres de Storybrooke, que de repente fueron conscientes de pertenecer al universo de los cuentos, era un giro que necesitaba ser tratado. Pero la decisión de retomar la trama en el mismo punto donde la dejaron, fue algo anticlimático. Hubiera agradecido una pequeña elipsis y que pareciera un inicio de una nueva entrega, situándonos y asentando mejor a los personajes en su nueva situación. Había material para hacerlo. En cambio, Edward Kitsis y Adam Horowitz prefirieron acabar con un cliffhanger al por mayor (en lugar de resolver alguna de esas tramas en la season finale y partir de cero en la segunda temporada, con la premisa ya anunciada y que hubiera dado iguales o mejores resultados) y perdieron la ocasión de darle una forma más literaria a Once Upon a Time, lo cual hubiera sido más meta y más acertado (en mi opinión, siempre).

En todo cuento debe haber algún personaje que sea todo malicia y alguno que sea la bondad absoluta. La ventaja de estos relatos, no obstante, es que el karma suele pillar al villano y le da su merecido, ya sea porque el héroe no tiene otra opción que acabar con él o porque alguna circunstancia acaba con él. Pero, como en Once todavía no pueden acabar con la bruja de Regina, resultó bastante estúpido ver cómo Emma Swan y Snow White defendían el derecho a la vida de la alcaldesa. Cualquier persona en su sano juicio sabe que tiene demasiado poder y que ninguna celda podrá con sus ansias de venganza, y que por lo tanto merece ser colgada en la horca, quemada en una hoguera y que esparzan las cenizas por todos los continentes, por si acaso. Por primera vez desde que empezó la serie, David demostró tener razón en algo y, que lo pintaran como algo oscuro por su decisión de dejarla morir, demuestra hasta qué punto esta serie es inocente. Otra cosa es que entienda que en este relato deben existir personajes como Emma y Snow, pero justo por esta razón hubiera ido bien una pequeña elipsis. Después del humo, obviamente, todo personaje de cuento hubiera despellejado a Regina de encontrársela por la calle minutos después.

Y el otro desacierto que me llamó la atención fue que, después de una presentación de Mulan muy entretenida, nos contaran de antemano qué había pasado con el mundo de los cuentos para que no pudiéramos sorprendernos. Una concesión a los pequeños del hogar para que comprendieran automáticamente qué estaba ocurriendo y dónde habían ido a parar madre e hija. Otra cosa es que podrían habérsela ahorrado y haber satisfecho a los espectadores adultos (y contarlo en el siguiente episodio). Al fin y al cabo, no pudo haber más tramas abiertas en un sólo episodio. Que justo nos den explicaciones para lo único que no necesitábamos es bastante irónico, que diría Alanis Morissette.

viernes, 18 de mayo de 2012

El final del cuento

La trayectoria de los creadores de Once Upon a Time, Edward Kitsis y Adam Horowitz, permitió que abarcara probablemente un público más amplio del que a primeras podría haber estado interesado, ni que fuera por ese pequeño nicho obsesionado con las series, que tuvo su romance con Perdidos (y que acabaron desengañados o no) y que está muy presente en las redes sociales. Sea como sea, se esperó bastante de la primera temporada por los parecidos formales con el drama de J.J. Abrams y porque había una misión de fondo de la que se pedían respuestas. Por eso era normal que hubiera expectativas con respecto al final de temporada. Tocaba ver si se habían desvelado dichas respuestas o no. O, más que respuestas, si habían avanzado lo suficiente en la trama.
Primero quiero aclarar que, desde mi punto de vista, Once no dependía tanto de la quema de trama como de hacernos disfrutar por el camino. Había que entender que nos exponían un mundo lleno de cromas (defendibles, por cierto), con un niño como secundario (y de vital importancia) y que el tono era bastante infantil, y creo que su mayor reto era hacernos disfrutar con las historias de toda la vida. Sólo hace falta ver cómo los mejores episodios son aquellos que nos han contado tergiversaciones de los cuentos, aunque aparentemente no aportaran tanto a la trama horizontal. La vuelta de tuerca a la Bella y la Bestia o la historia de Caperucita, que pide a gritos más presencia en el segundo año, son los ejemplos más obvios. En este aspecto, Kitsis y Horowitz han cumplido.
Esto no significa, sin embargo, que la continuidad no tenga importancia en una serie de estas características. Si estas historias han funcionado también es porque nos desvelaban aspectos interesantes de algunos personajes y, definiéndoles, también ayudaban a que la historia avanzara, ni que fuera lentamente. De hecho, alguno de los giros más importantes de la temporada fue también uno de sus puntos más débiles, ni que fuera porque cierto encarcelamiento costaba mucho que se tomara en serio, por su barata producción y debilidad narrativa. Era el problema de intentar tener un equilibrio entre lo infantil y lo adulto, el aroma a algodón de azúcar y el sadismo implícito en los cuentos. Y otras veces, en cambio, les salió a la perfección, como cuando presentaron de forma engañosa al Sombrerero Loco como a un psicópata (el momento más inquietante con diferencia).
Pero, si en algo han demostrado algo de experiencia los responsables, ha sido también en su final. Sí, puede que el conflicto de Emma Swan se resolviera de forma bastante precipitada, pues ese arco podría haber durado tres capítulos perfectamente, pero también es lógico. Once, como he dicho, tiene más que ver con el camino que con los golpes de efecto y, por lo tanto, un final lleno de contenido relevante también es coherente, ni que sea para impedir que la serie sea demasiado serializada y los espectadores se puedan perder (el público actual de las networks no es tan fiel y constante como el de 2004). Y fue grandilocuente, de cuento, emotivo, clásico y original, resolutivo y también enigmático, y por esta razón ha conseguido ser una obra muy apreciable cuando pocos confiaban en ella antes de estrenarse. Eso sí, hay que entender su naturaleza.

sábado, 31 de marzo de 2012

El foro de la familia

Hace ya algún tiempo, leí un artículo en un periódico norteamericano que comentaba que el mérito de Modern Family era que tenía un espíritu muy familiar en una era donde todos los programas buscaban nichos muy concretos. Decían de ella que tenía un afán de unión que no todas las series tenían, sobre todo ahora que da la impresión que sólo algunos realities como American Idol pueden unir a varios miembros de una familia en la misma sala, y diría que a Once Upon a Time se le podría aplicar el mismo cuento dentro del terreno del drama.


Puede que al principio uno pudiera esperar que eligieran un tono un poco más adulto, pero con el tiempo se ha ido dirigiendo hacia lo que cabía esperar de un producto de estas características, teniendo ingredientes para cualquier persona que pueda soportar una serie con ambiciones para todos los públicos. Hay un personaje con el que cualquier niño puede identificarse y que justamente tiene la visión más lúcida de cuantos viven en el pueblo desencantado de Storybrooke y unos cuentos con distintas lecturas. Bueno, más que varias capas, juegan con personajes integrados en nuestra cultura y les dan una vuelta de tuerca para que los adultos nos divirtamos con las obvias referencias.


Diría que, de momento, los twists de la Bella y la Bestia y de Caperucita son los más sorprendentes y que habrán despertado más sonrisas en los mayores de edad, aunque también son las historias más agridulces, y cualquier forma de relacionar los distintos personajes de cuento, aportando nuevos matices a todos ellos. Además, su inofensiva estética les permite abordar la mala leche que impregna muchos de estos relatos, hablando de corazones arrancados, huesos de niños y campesinos desmembrados.


La ABC, supongo, debe estar muy contenta con su rendimiento. La estrenaron más tarde para poder promocionarla sin la voracidad del septiembre, evitándole gran parte de los parones que sí sufren otras series del canal, y buscaron atrapar una audiencia que se rindiera a un mundo de cuentos con una perspectiva novedosa. Y curiosamente el público respondió, de la misma forma que podría haberla rechazado frontalmente. Lo que no sé si esperaban es que, con semejante tono, incluso mantuvieran durante tanto tiempo la parroquia mayor que también seguía Perdidos con ganas de encontrar respuestas.


Puede que cada semana se oigan comentarios negativos acerca del camino que han elegido, no tan adulto como algunos desearían, pero ahí siguen esperando el momento en el que Mary Margaret se dé cuenta de quién es o que Regina desate su maldad de bruja en Storybrooke. Y retener un público tan amplio y satisfacerles en mayor o menor medida (pero siempre lo suficiente) no es una tarea fácil. De hecho, ni tan siquiera recuerdo una serie que consiguiera semejante propósito desde que la televisión generalista hizo su paso hacia otro nivel por allá 2004.

martes, 10 de enero de 2012

El viaje de Once Upon a Time

Los creadores escriben las series con un concepto en mente. Puede gustar más o menos al público, puede estar más o menos conseguida, pero hay una voluntad y una conciencia de cómo debe ser la obra y hacia dónde debe dirigirse (al menos cuando sus responsables tienen la cabeza bien amueblada). Pero siempre habrá gente que pedirá peras al olmo y querrá proyectar sus gustos a las necesidades del relato, criticando que se aleje del modelo que tiene metido en la cabeza. Y con esta mentalidad es improbable que se pueda disfrutar de Once Upon a Time.


Aquí no quiero discutir si esta serie sobre los cuentos de toda la vida es correcta, buenísima o un zurullo. La cuestión es que Adam Horowitz y Edward Kitsis tomaron unas decisiones y las están siguiendo al pie de la letra. Quisieron hacer un drama que girara entorno a los cuentos con una óptica algo original (tampoco entraré en debates de si plagiaron Fábulas) y que avanzara a su ritmo.


En mi opinión, su intención siempre fue tomarse su tiempo en ir desvelando todos los secretos y giros que se esconden en Storybrooke, y ellos consideraron que el viaje era lo más importante (a veces se dice pero no se piensa). Y el espectador debe disfrutar con los flashbacks al mundo de los cuentos y enamorarse de esos momentos de optimismo de la mano de la señorita Blanchard, Emma Swan o Henry. En cada episodio los hay y se agradece que alguien quiera iluminar el oscuro presente (de allí y de aquí) con pequeñas dosis de esperanza y optimismo.


Si me tomo la osadía de decir cuáles eran los propósitos de los creadores es sobre todo porque así lo han expuesto con cada episodio. Podrán haber flashes que recuerden a Perdidos, que por algo Horowitz y Kitsis estuvieron en la escuela de Damon Lindelof y J.J. Abrams, y habrá ciertos puntos de inflexión para legitimar el arco de fondo (como el de antes del parón de Navidad, la estrategia de The Vampire Diaries), pero en todo momento nos avisan que el viaje es la clave. Quien no lo crea así, que se fije que siempre importan más esas sonrisas de Emma o Henry a cualquier detalle revelador que se haya podido filtrar por la trama.


Y también hay que tener en cuenta que este proyecto está escrito para todos los públicos. Es ideal para nostálgicos de los cuentos de Disney de toda la vida (o de nuestra infancia, para ser exactos), para que los padres quieran verla con sus hijos (también por el efecto nostalgia) y los niños pueden disfrutarla porque hay inocencia en cada plano.


Sólo hace falta ver el debate organizado en el pueblo, tan simple como ingenuo. O las reflexiones de su protagonista, que habla de ser una heroína sin pizca de ironía. Gustará más o menos, algunos querrán que sea más adulta y probablemente más compleja (y rápida), pero esta es la propuesta de Once Upon a Time y en ningún momento ha pretendido engañar a nadie.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Los descartes del 2011

Las listas del final de año por regla general acaban sorprendiendo más por las series que no están entre las diez primeras, que las que sí pasaron el corte. Interpretar las exclusiones u omisiones no necesariamente debe tomarse como un desprecio. Simplemente hay un muy limitado número de puestos y hay que descartar. De aquí que me gustaría explicar porqué no entraron algunas vacas sagradas como Game of Thrones, Boardwalk Empire y Breaking Bad, o niñas mimadas de este blog como Cougar Town y Happy Endings.


Las adaptaciones de G.R.R. Martin y The Walking Dead, por ejemplo, tuvieron dos tramos finales que superaron todas las expectativas. Intensas, bien escritas y muy climáticas. Pero también ambas fallaron en los arranques. Game of Thrones tuvo unos primeros episodios un tanto ridículos, tanto por unos diálogos artificiosos como por el cartón piedra de alguna imagen, y The Walking Dead directamente aburrió. Por suerte, ambas pueden demostrar que son capaces de tener constancia con la segunda temporada de la primera, que adaptará Choque de Reyes, o el segundo tramo de los zombies.


Otras favoritas de la crítica como Boardwalk Empire no pude incluirlas porque no terminé la temporada y además nunca he podido disipar de mi mente que se le notan demasiado los hilos. Sí, es buena y el personaje de Margaret Schroeder me tiene enamorado, pero a ratos da la impresión que está confeccionada para que alucinemos con lo buena que es y echo en falta algo de corazón, por decirlo de alguna forma. Y de Breaking Bad ni he visto la cuarta temporada (voy por la tercera) por una razón muy simple: puede que la serie me fascinara en su primer año (nadie puede discutir lo fantástica que es y lo bien rodada que está), pero el viaje de Walter White me dejó de interesar cuando pasó del gris al negro.


Sons of Anarchy, en cambio, tuvo principalmente dos enemigos: Justified, que quería meter en lo más alto, la había superado la primavera pasada en la misma cadena (criterios de variedad, vamos) y no le ayudó a montar su caso que la season finale fuera una decepción en toda regla. La próxima vez que el señor Sutter quiera quejarse por no estar incluido en las listas, que se acuerde de lo barata que fue la conclusión.


En el terreno de la comedia, la serie con más fanáticos aún se excedió más. Community, como demostró en su segunda temporada, es frustrantemente irregular. Puede que tenga suficientes momentos de inspiración para que siga con ella (y lo hago con mucho gusto), pero cuando el balance de episodios buenos no es mayoritario, estás descartada automáticamente. Este rasero también acabó con las posibilidades de Happy Endings, cuyo humor adoro pero que tampoco ha estado todo lo acertada que debería en las últimas semanas y a Cougar Town, que tanto admiro, ya la premié como la cuarta mejor serie del 2010 y en cierto modo el desenlace de la segunda temporada entró en esa posición. Louie y Parks and Recreation, por otra parte, las llevo atrasadas. No, no es un desprecio, simplemente falta de tiempo (aunque ambas me están dando una muy grata sorpresa).


El encanto de True Blood tampoco pudo ocultar su falta de ritmo en algunas tramas, Lights Out fue muy notable pero no excelente, Big Love tuvo una temporada rabiosa, un desenlace precioso pero también una dimensión política algo increíble, Once Upon a Time aún tiene mucho que demostrar y así podría seguir y seguir con todas las series de la programación.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Blancanieves, Cary y Serena

- Ya se puede decir que Once Upon a Time es el estreno dramático de la temporada. Se ha estabilizado por encima de los once millones de espectadores y tiene las mejores cifras en los demográficos preferidos por los anunciantes: empezó con un 4 y un mes después se ha estabilizado en un 3.8, una rareza en estos tiempos donde todo cae cual Pan Am (ay, pobre postal). Lo que me tiene en ascuas, no obstante, es el uso que están haciendo de la señorita Blanchard. Sabemos que es alguien importante para el relato porque está interpretada por Ginnifer Goodwin, porque es la madre de la supuesta protagonista y encima es, no lo olvidemos, Blancanieves. Y, tras ponerla en la primera línea con una historia de amor que distaba bastante de la original, vuelve a estar en un segundo plano. Este temple por no agotar los recursos demasiado rápido es otra razón por la que confío en este producto, aunque algunos ya estén decepcionados al ver que no hay tantos giros como en Perdidos. ¡Por favor, que se llama Once upon a time!


- Harry Osborn era un niño rico que, habituado a tenerlo todo, no podía aceptar que su padre fuera malvado y, en consecuencia, reflejó todo ese mal en Spiderman, que había acabado con él. Y, no sé porqué, no me puedo quitar de la cabeza que en cierto modo Cary Agos se está erigiendo en un villano de cómic como él poco a poco en The Good Wife. No sigue el mismo camino exacto, pero sí comparte algunos matices con el amigo y antagonista de Peter Parker.


Para empezar, tiene en común su condición de niño de bien que no está acostumbrado a oír la palabra “no”. Después prefiere no asumir la verdad y culpar a los demás de sus errores (en este caso suyos y no de su padre), y decide odiar visceralmente a Alicia Florrick por ganar la carrera para conseguir un empleo fijo en el bufete de Lockhart y Gardner (y a sabiendas que ella era una muy buena abogada). Y al final decide aliarse con Peter Florrick, pasándose al lado oscuro de forma definitiva.


Era como ver a Harry entrar en la guarida del duende verde. Esa imagen, además, se amplió cuando estrenó despacho y cada vez estoy más intrigado por descubrir hacia donde lo llevarán el matrimonio King. Debe ser el retrato más interesante de la temporada porque tiene unas motivaciones detrás que hemos conocido, porque sabemos que hay algo de bondad en él y porque además está enamorado de una damisela que le debe lealtad a Alicia. Bueno, también tiene mérito que acabe de llamar “damisela” a Kalinda y que, si seguimos con la teoría, Alicia pueda ser considerada directamente una superheroína. Ironías de la vida.


- Quien no goza del favor del Dios de los guionistas, sin embargo, es Serena Van der Woodsen. Cinco años llevamos de Gossip Girl y cinco años lleva vagando por las calles de Manhattan como una niña mona que no sabe qué hacer con su vida y agarrándose al primero que pasa. Lo curioso es que ella siempre ha sido la razón por la que he sufrido una serie tan mala como ésta por el simple hecho que Blake Lively me parece un encanto de mujer a la que han tratado como un maniquí un tanto furcio. Tiene un carisma desbordante y quien no esté de acuerdo que me explique cómo ha pasado de Leonardo DiCaprio a Ryan Reynolds sin despeinarse.

martes, 8 de noviembre de 2011

La abadía, el cuento y el fiscal

Esta entrada contiene spoilers de varias series. Para que nadie se horrorice, ya aviso con tiempo: en el primer párrafo hablo del desenlace de 'Downton Abbey', en el segundo del progreso de 'Once Upon a Time' y en el tercero y cuarto del avance de 'The Good Wife'. Así podéis 'driblar' los temas que no os interesen o que aún no podáis leer.


- La despedida de Downton Abbey vino a decirnos, así a grandes rasgos, que los detractores también tenían puntos muy válidos. La aparición de la peste española cuando aún no se había casado el primo Matthew hasta me puso los pelos de punta a mí, sobre todo porque los guionistas lo aprovecharon para impedir una boda que no podía ocurrir y se inventaron el enésimo obstáculo, esta vez moral, para que Mary y él no puedan estar juntos (muy drama queen afectada por su parte, por cierto). Tampoco ayudó, por supuesto, que le escribieran un adulterio a San Robert Crawley o esa habitación que Mary ordenó preparar a Anna y Bates. Por suerte, Michelle Dockery tiene suficientes matices para analizar (y alabar) su interpretación en un blog aparte y siempre ayuda ver a Maggie Smith con una batería de buenas escenas, como sus planes para minimizar la mala imagen de Sybil tras decidirse casarse con Branson.


- Pues sí, MacGuffin tenía razón cuando dijo que Once Upon a Time encajaría en el canal SyFy en el último programa de Yo Disparé a J.R. El tercer episodio, donde aún ocupa más minutos el mundo de cuento, tiene muchos aires de serie B, de fantasía de poco presupuesto. Esto no quita que se haya consolidado como una serie mágica y muy mona que sabe elaborar un argumento muy cruel y girarlo a su favor. Lo importante no es que la Bruja Malvada siempre acabe ganando, sino que los personajes sonrían al final del día, aunque sea gracias a las pequeñas cosas, y que nos atrapen con su ternura y esperanza (palabras que surgieron durante una discusión con Mar Guerrero vía Twitter). Aún me alucina que esté funcionando tan bien a nivel de audiencia, por más que comprenda que está muy bien programada: sigue siendo una serie muy serializada.


- Y The Good Wife ya ha puesto las cartas sobre la mesa por si alguien dudaba de la intensidad de esta tercera temporada. Peter Florrick ha encontrado la excusa idónea para husmear en los trapos sucios de Will sin tener que renegar de su nueva moral y será interesante ver hasta qué punto Cary se mete en el traje de villano, a pesar de que a primeras no está muy de acuerdo con la persecución judicial. Sería aún más interesante, sin embargo, enterarnos del caché de Chris Noth, que el otro día leía a algún yanqui comentar el poco uso que hacían del actor por razones seguramente monetarias. Sólo lo emplean cuando es imprescindible porque, para minucias, siempre pueden mandar a Cary a no hablar con nadie (y hacer que funcione).


Ah, y no solamente los King dijeron en voz alta lo que sabíamos, sino que encima lo hicieron en un episodio que se tomaron a modo de juego (como muy a menudo hacen en The Good Wife, donde lo importante es saber manipular la letra pequeña de las leyes a favor de uno mismo). Diane intentando controlar la situación sin decir nada, Alicia Florrick mordiéndose la lengua con el tesorero del Estado y las tácticas empleadas por la abogada interpretada por Carrie Preston, Arlene en True Blood, son lo más divertido de la temporada (y esa llamada ya veremos qué nos trae).

miércoles, 26 de octubre de 2011

Vender un cuento

La promoción de una serie como Once Upon a Time seguramente fue un quebradero de cabeza para su canal, la ABC. Las traducciones de la filosofía Disney a la narración de carne y hueso es una operación difícil, a menudo bochornosa, y el sneak peek que presentó la primavera pasada dejó a la parroquia un tanto patidifusa. Había una bruja, príncipes y enanos. Hasta qué punto esas imágenes podían haber sido demasiado, estaba por ver.


Lo que pretendían era invocar algo de curiosidad y sobre todo dejar claro al público que esto realmente era un cuento, de esos que nos contaron, leímos y vimos cuando éramos pequeños. De esos que querríamos traspasar a nuestros (o a los que los tengan) y que nosotros querríamos ver para invocar el factor nostalgia. Al fin y al cabo, esa audiencia que busca algo original y maduro (o así se consideran a ellos mismos) ya tenían a los creadores como anzuelo, pues Edward Kitsis y Adam Horowitz provenían de la escuela de Perdidos (y sabiamente lo publicitaron en los círculos adecuados).


Fue de ayuda que los americanos sabían que, si alguien poseía el monopolio de los cuentos, esta era la Disney y la ABC pertenece al mismo conglomerado empresarial. Y, al estrenarse un mes y pico más tarde que todas las demás series, Once Upon a Time consiguió centrar todo el interés de los medios estas últimas semanas. Esto explicaría cómo pasó de ser uno de los estrenos que se esperaban más mediocres y convertirse en el drama con más hype de la temporada, algo que se alentó con una avalancha de críticas positivas. Esto ha dado de sí que, contra todo pronóstico, el estreno ha cosechado casi 13 millones y 4 puntos en los demográficos (la novata triunfal de los dramas). Un éxito inicial bestial que, por lo menos por parte de la cadena, se intentará mantener a toda costa.


Los episodios están programados casi sin parones para que el espectador no se olvide de ella y, en este caso, la temática es hasta navideña, fechas a las que ya nos acercamos. Aquí se cuenta, sin embargo, la historia post-libro de Blancanieves cuando, después de su boda, sufre la maldición de la bruja y ella, su príncipe y su gente son enviados a un mundo donde no existen los finales felices y donde no se acuerdan de su identidad. Su única salvación pasa por Emma, la hija de Blancanieves, que ya mayor recibe la visita del hijo que dio en adopción y que la lleva al pueblo creado por la bruja, aunque ella tampoco es consciente de quién es y no está por cuentos de hadas, sobre todo tras creer durante toda una vida que sus padres eran unos irresponsables que la abandonaron en la cuneta.


Lo más gracioso del asunto es que, en un momento donde el mundo está concentrado en una crisis que no parece tener fin, Once Upon a Time nos viene a decir que nuestra realidad es un castigo donde no hay esperanza. Esta lectura, junto con una estética que se dedica a resaltar lo deprimentes que somos, da unos tintes bastante adultos a este producto que parecía que iba a ser demasiado infantil. Lo mejor, sin embargo, es constatar que aún así no renuncia a ser familiar, inocente y sobre todo muy honesta con sus intenciones, que hasta nos ofrecen algún momento precioso y emotivo (el giro del príncipe es tierno, tierno) y crean algún personaje muy límite y también muy encantador (la Blancanieves de Ginnifer Goodwin es un claro ejemplo de ello).


Y, en un panorama televisivo donde generalmente nos cuentan demasiado en los pilotos, sorprende que Once Upon a Time opte por ser fiel a lo que necesita el relato y a la vez nos intrigue a pesar de que sabemos cómo terminará el cuento. Lo importante en los cuentos nunca fueron los giros y los trucos, sino la imaginación y el tacto con el cuál nos los contaron y esta serie de ABC podría dirigirse hacia este camino.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Las expectativas de septiembre

Septiembre es la tierra prometida. Las networks buscan nuevos éxitos con los que regenerarse y los espectadores salivamos con tanto vocablo ambicioso para referirse a los estrenos. Otra cosa será el resultado final (nadie ha dicho que la promoción tenga que ser honesta), pero aquí tenéis cinc cèntims de qué espero de este otoño:


Hace mucho que te espero: Pan Am. Que una serie fuera comparada con Mad Men antes de que alguien viera un sólo episodio, daba bastante igual. Que se la calificara de versión light tras verla, no fue buena señal. Pero, como ha quedado claro con los años, un piloto sólo es una carta de presentación. Si está bien hecho, los diálogos no son ridículos y se introduce algo interesante en él, ya tienes una excusa para seguir con ella y ver qué serie decide ser. Por supuesto no me perderé a Christina Ricci como azafata en los sesenta, aunque tenga toda la pinta de hundirse a nivel de audiencia.


Pues ni fu ni fa: Terra Nova ha tardado tanto en llegar a la televisión que he perdido cualquier esperanza de que salga algo entretenido de ella. Primero tuvieron problemas con los efectos especiales que no estaban a la altura, lo que retrasó el estreno casi un año, y después apareció ese engendro llamado Falling Skies, que me quitó las ganas de ver más series producidas por Steven Spielberg. Sí, los dinosaurios marcaron mi infancia y adoro a Shelley Conn, pero ya no tengo buenas vibraciones. También da la impresión que tendremos un festival audiovisual en el piloto y después llegará la triste realidad de que toda la pasta estaba metida en dos o tres episodios y en los otros estarán encerrados en un búnker o algo. Ojalá me equivoque.


Las expectativas erróneas: Suena muy bien esto de que Person of Interest se basa en un guión de JJ Abrams y Jonathan Nolan, pero a la hora de la verdad es una ficción televisiva planteada a largo plazo. A Abrams se le conoce por arrancar los productos y a Nolan por el cine, por esto creo que su implicación se notará sólo en el piloto. Me creo, por ejemplo, la versión oficial de la CBS: la serie testeó muy bien entre los espectadores encuestados, de aquí que le hayan dado una franja histórica que parecía destinada a ser ocupada por algún spin-off o El Mentalista (los jueves a las 21h). Creo firmemente que me gustará, pues disfruto con varias series de la CBS, pero otra cosa es que espere la panacea televisiva como algunos. Es CBS y su programación es muy ambiciosa y conservadora a la vez. Cuando descubran que es un procedimental de la cabeza a los pies (que es muy probable), será divertido ver la desilusión.


Mi próximo placer culpable: Revenge. Tiene todos los ingredientes. Para empezar, su argumento es de culebrón para el primetime: una joven decide instalarse en los Hamptons para vengarse de aquellos que destruyeron su familia. Su protagonista es Emily Van Camp, una de esas actrices limitadas que te cautivan cada vez que aparece en pantalla (pero que no tiene el suficiente carisma o talento como para pasarse al cine). Ah, y para terminar de rematarlo, la mala es Madeleine Stowe. Que encima tengan el atrevimiento de decir que la serie está inspirada en El Conde de Montecristo aún da mejores vibraciones. Claro que nunca se sabe: quizá resulta que es buena a secas, que a fin de cuentas su responsable escribió esa joya llamada Swingtown, y el remake de Los Angeles de Charlie, en cambio, puede ser tan casposa que se merezca el título.


Que sea buena, por favor: No sé en qué estaría pensando la ABC cuando filtró un sneak peek de Once Upon a Time. Vale, esto tiene mucho de cuento de hadas y se tenía que comunicar, pero las imágenes eran ridículas. Otra cosa es que hubieran hecho un Encantada y hubieran presentado ese mundo con dibujos animados, lenguaje visual idóneo para la materia. Pero la curiosidad mató al gato y no puedo evitar preguntarme qué vio Ginnifer Goodwin para aceptar el papel, pues su carrera en el cine tampoco iba mal y encima era chica HBO, y cómo dos guionistas de Perdidos deciden hacer algo de estas características. Si el relato está bien llevado con algo de magia, la misma que perdió un deprimido pueblo que era de cuento, hasta podría ser la apuesta más interesante. También ayuda saber que la ABC ha decidido programarla con algo de juicio y llegará más tarde (23-O) para así poder emitirse del tirón, sin parones.