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jueves, 6 de noviembre de 2008

Tartas para salvar una serie

Quedarse de brazos cruzados ya no es una opción. Demasiadas veces los espectadores han tenido que sufrir como desaparecía una serie favorita, a veces sin un final digno, a veces de forma injusta. Por este motivo, los seguidores norteamericanos de Criando Malvas (Pushing Daisies), una original comedia ganadora de tres Emmys, están preparando una estrategia para que permanezca en pantalla: mandar tartas, margaritas de papel y semillas a los ejecutivos de la cadena ABC para convencerlos del potencial que tiene el pastelero y resucitador de muertos Ned y la muerta-no-muerta Chuck. Aconsejar a los amigos y firmar peticiones ya no es suficiente. Ahora lo que se lleva es el activismo televisivo.

Cuando la CBS cedió ante la demanda de los adictos a Jericho, un drama acerca de un pueblo que sobrevive a una explosión nuclear, poco debía pensar que sentarían un precedente. Los fans consideraban que era una locura que dejaran de realizar la serie. Buscando un símil con lo que creían que era una realidad, hicieron una colecta de frutos secos (en inglés la palabra nuts también significa chiflado). La campaña tuvo un enorme éxito: entre el 17 de mayo y el 6 de junio de 2007 las oficinas de la cadena recibieron 20 toneladas de cacahuetes. Finalmente la CBS encargó siete episodios para una segunda temporada que, de no prosperar en una tercera, permitiría a los espectadores gozar de un final digno. Las mediocres audiencias hicieron que no lograra la renovación.

Ese año, sin embargo, una serie juvenil procuró labrarse la misma suerte. Veronica Mars, una detective adolescente y repelente, había sido echada de la programación de CW porque la cadena aspirava a unas cifras más estelares. Pero que Veronica tuviera un apellido con nombre de chocolatina no pasó por alto a los organizadores que luchaban por su regreso, así que decidieron mandar dulces a la cadena. 2.040 chocolatinas Mars y 4.848 Snickers no fueron bastantes para que volviera. Se tuvieron que conformar con un amargo sabor de boca.

Peor lo tuvieron los que veían cada viernes Las Vegas. La serie ambientada en un casino y protagonizada por Josh Duhamel terminó la quinta temporada de forma abierta y, sorprendentemente, sin continuación. Las quejas, por supuesto, no faltaron. Esta vez no pedían la renovación: los fans sólo querían un desenlace correcto. Y, como les habían dejado con la miel en los labios con un embarazo, lanzaron la operación Baby booty. Entonces la NBC empezó a recibir calcetines de bebé. Tampoco funcionó y después de cinco años de engrosar la audiencia ni tan siquiera recibieron unas disculpas.

El nuevo activismo televisivo, no obstante, no tiene porqué ser solamente envíos masivos a las cadenas. En el caso de Moonlight, una serie de vampiros, se optó por la solidaridad como forma de ablandar el corazón a los ejecutivos. ¿Qué mejor manera de pedir que volviera que pidiendo donaciones para la Cruz Roja y haciendo un llamamiento a dar sangre? Así el pasado 26 de septiembre, fecha en la que se cumplía un año del estreno, los seguidores pudieron dar dinero por una buena causa y hacerlo en nombre de Moonlight. La serie no volvió pero la organización agradeció el esfuerzo.

Las cadenas de los Estados Unidos, por lo visto en las últimas campañas de salvación, están vacunadas contra estos movimientos: que Jericho volviera con peores datos no sentó el mejor precedente. Los seguidores de Criando Malvas, no obstante, continúan con su estrategia. Esta vez quizá las tartas sí conseguirán provocar un dulce desenlace. Al fin y al cabo, la esperanza es lo último que se pierde y aún quedan unas cuantas semanas para que la ABC anuncie una posible renovación.

martes, 10 de junio de 2008

Adiós a ese engendro llamado Moonlight

La huelga no ha ayudado a las series este año. Es más: la pérdida generalizada de espectadores en el primetime acabó con las esperanzas de aquellas que agonizaban a la espera de conseguir una renovación. Moonlight ha sido una de estas que no volverán a la parrilla, pese a que en su momento se anunció que podría cambiar de canal y pasar de CBS a The CW. Y, me avergüenza decirlo, pero la echaré de menos.

A primeras la dejé de lado, pero quizás fue porque era virgen en el terreno vampiril (en televisión, ya que he leído a Bram Stoker), acabé gozando con esta propuesta. De hecho, fue la sed de series derivada de la huelga lo que me impulsó a verla. El motivo por el que me enganché es obvio: el escabroso vínculo que une a los protagonistas y su eterna química no resuelta. Al fin y al cabo, soy un chico fácil.

Con el tiempo, no obstante, me llamaron la atención dos cosas. La primera de ellas es que, siendo muy inofensiva y previsible, llegó a alcanzar una fealdad difícil de encontrar en televisión. Desde la realización, al montaje, al color, todo ayuda a crear una estética que casi resulta incómoda de ver. Esto, unido con la violencia de algunos episodios, hicieron de este producto algo horrible.

Algún ejemplo: un psicópata a lo Charles Manson que da más yuyu que muchos tarados de película o el asesinato de uno de los protagonistas en lo que es una de las muertes con más mala leche que haya visto. Perlas así, esparcidas en medio de esta serie sin pretensiones (y que creía que era para todos los públicos), me lograron inquietar y me motivaron a ver más y más de este engendro televisivo.

La otra curiosidad que me chocó fue el nulo retrato que hace de la ciudad que la acoge, Los Angeles. Los CSI retratan Las Vegas, Miami y Nueva York. En El club contra el crimen se entrevé algo de San Francisco (ni que sea por el puente de los títulos de crédito). Hasta The Closer deja intuir parte del espíritu de Los Angeles. Con Moonlight, en cambio, es imposible hacerse la más remota idea de como es la ciudad, ya sea el aspecto físico o la clase de gente que la habita. De esta manera, se crea un vacío geográfico que obliga a cargar aún con más peso a los protagonistas, ya de por sí pocos y bastante faltados de carisma.

Con todos estos contras debe costar entender por qué he visto Moonlight. Quizás por la misma razón por la que antes la gente acudía a los circos para ver a una mujer barbuda o los niños señalan con el dedo a algunas personas por la calle. A veces, la fealdad atrae.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Estrenos USA: Moonlight, muérdeme

Los viernes son un mal día para engancharse a las series, por lo menos en Estados Unidos. Primero, porque estar cada viernes por la noche en casa no es muy buena señal; segundo, porque es difícil encontrarse con series dignas de ser vistas. Seguramente con ansias de captar un público amplio en un día de restringida audiencia, las cadenas apuestan por productos ligeros, sin pretensiones, fáciles de seguir. Entre Fantasmas, Las Vegas, El club contra el crimen o Men in Trees son algunas de las propuestas que pululan por las cadenas americanas (con excepción de la magnífica Friday Night Lights). Y a esta poco atractiva oferta se le ha sumado esta temporada Moonlight, una de vampiros.

Mick St. John (Alex O’Loughlin) es, por mala suerte, un vampiro. Una morenaza (Shannyn Sossamon) le mordió en la yugular y todo al traste: a depender de la sangre humana durante el resto de su inmortal existencia. Pero a diferencia de otros, Mick es un vampiro muy legal: en lugar de buscar presas, se alimenta de la hemoglobina de los donantes hospitalarios. También es un tipo solitario: solamente tiene un centenario amigo y de código ético muy distinto al suyo (Jason Dohring). No obstante, su vida se vuelve más animada cuando empieza a ayudar a una intrépida periodista (Sophia Myles) con quien le une una peculiar experiencia: cuando ella era tan sólo una niña, Mick la salvó de los afilados colmillos de la maldita morenaza con quien él tuvo menos suerte. Desde entonces, él la ha vigilado.

Moonlight no es, ni de cerca ni de lejos, una buena serie. Ni el ritmo, ni las caracterizaciones vampíricas, ni el argumento son dignas de especial mención. De hecho, en ciertos momentos la serie hasta llega a rezumar olor a serie B. Cómo en la vieja usanza, el protagonista es capaz de conducir sin mirar mucho a la carretera e incluso se nota la artificialidad del movimiento del coche, con la imagen de fuera de la ventanilla añadida a posteriori. Por otra parte, los recurrentes flashbacks también gozan de cierto regusto amateur y no en el mejor de los sentidos, como si de estudiantes de comunicación y audiovisuales se trataran. Además, estos retrocesos temporales ejercen de pequeñas zancadillas al ritmo del metraje, que se resiente de unos viajes casi siempre necesarios.


No obstante, la mayoría de estas contrapartidas tienen un antídoto con nombre propio: Alex O’Loughlin. Su voz merece ser oída en versión original, con el deje masculino y la entonación ligeramente prepotente. Además, este actor australiano aguanta suficientemente bien la blandura de un producto que más vale ignorar si O’Loughlin no convence. Detrás de esa voz, esos músculos y el pelopantene, poco queda de aprovechable en esta nueva revisitación al prolífico género vampírico llamada Moonlight.