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domingo, 12 de junio de 2011

Yo Disparé a J.R., el podcast

Yo Disparé a J.R. se podría pensar que es otro podcast de televisión y en realidad lo es. Pero también es una respuesta a una situación concreta. No es lo mismo escribir en paralelo que dialogar y por esto Marina Such, más conocida por el blog de Mr. MacGuffin, y un servidor hemos decidido crear este programa online sobre televisión. Un espacio donde nuestras filias y fobias seriéfilas tengan cabida y no solamente como discurso único sino como espacio para comparar y complementar.


Es por esto que Yo Disparé a J.R. llega sin una estructura firme. Nuestra intención es ir analizando aquellas series que nos vayan dando más miga y cuya evolución más nos intrigue. Nos morimos de ganas de que llegue el otoño y poder comentar cómo avanza la relación entre Bones y Booth, ver si Boardwalk Empire sigue en la misma excelente línea con la que se despidió, cómo retratan a Hitler en Doctor Who y ver si Pan Am y Terra Nova son la respuesta a cierta sequía de las networks. Pero antes toca rodarnos y entrenarnos de cara a la ajetreada temporada que se avecina a partir de septiembre.


En esta primera entrega empezamos con una especie de punto y aparte: los Critics’ Choice Awards que se estrenan este año, las sorpresas que se hallan entre las candidaturas y si tendrán algo de influencia en las nominaciones a los Emmy que se anunciarán en julio. Pero esto no es todo: además analizaremos hasta qué punto le habrá perjudicado o beneficiado a CSI la no-renovación de contrato de Laurence Fishburne y también desgranaremos esta primera mitad de temporada de Doctor Who, que se ha despedido con muchas promesas y unos resultados un tanto polémicos.


El feed del programa es este lo podéis seguir desde este link.


Y aquí tenéis el primer episodio que ya os podéis descargar y espero que no nos tengáis en cuenta la excesiva duración. Aún estamos en periodo de pruebas y tenemos que afinarnos.




Desde aquí te puedes suscribir a iTunes.


De momento, como es verano y es un periodo un tanto más calmado, publicaremos Yo Disparé a J.R. cada dos semanas. Para el próximo episodio ya adelante que entre otras cosas haremos un balance con los finales de temporada de The Killing y de Juego de Tronos. Espero que lo disfrutéis y que nos acojáis en vuestra rutina más allá de este blog.


Para los que estén interesados en algún punto en concreto, el episodio está estructurado en los siguientes bloques:


- 0’: Presentación y comentario de los Critics’ Choice Awards y posibles nominados a los Emmy.

- 47’: CSI y cómo superar el abandono de los protagonistas.

- 56’ 35’’: Doctor Who y el su final de (pre)temporada.

miércoles, 8 de junio de 2011

La carga de Ray Langston

Dicen que cualquier baja de un personaje en una serie siempre afecta a la audiencia. Es lo típico de siempre, el “no será lo mismo sin él” y el “pues no volveré a verla”. Hay pocas veces en los que la audiencia responde con indiferencia o hasta alegría, sobre todo cuando es el protagonista mediático, pero este es el caso de Laurence Fishburne y su Doctor Langston. Llegó a los laboratorios de los CSI de Las Vegas hace dos años y medio y al final no ha renovado el contrato para la 12ª temporada. Y es triste decirlo, pero pocos seremos los que le echaremos de menos. CSI ya era algo muy especial sin él y seguirá siéndolo.


Aquellos que se sientan atraídos a decir “es la excusa perfecta para que cierren la paradita” que antes se paren a ver la última temporada porque aquí lo que hay es un grave problema de percepción. Llevamos ya tantos años enganchando episodios de Las Vegas, Miami y Nueva York que al final uno acaba creyendo que todas son lo mismo, que todas tienen el mismo tono y que, si Horatio debe desaparecer, a las otras tampoco les vendría mal. Pero la última temporada emitida en EEUU, la 11ª, ha sido muy original, con casos bastante divertidos, ha sido la continuación de unos personajes (llevamos tantos años viendo a Catherine, Sarah, Nick, Brass y Greg que contemplar su evolución es un ejercicio televisivo muy interesante) y además nos ha brindado una lucha final con el némesis tremendamente retorcido de Langston, Nate Haskell. Ah, y ha seguido siendo muy moderna, un concepto que tiene mérito que siga vigente para esta serie cuando es la segunda más longeva del primetime estadounidense.


La marcha de Gil Grissom en su noveno año, sin embargo, fue un complicado obstáculo que superar. Era el alma de la serie y han sido lo suficientemente listos como para mantener el personaje aunque no aparezca en escena, con alusiones por parte del equipo, las actualizaciones de Sarah y la aparición curiosa de su madre. Pero igualmente iba a haber un vacío y los responsables decidieron fichar a un peso pesado, alguien relacionado con el mundo del cine que siempre eleva el caché y Fishburne ya daba el pego. Lo que no lo daba era su personaje.


Todos los chicos del laboratorio son tipos serios (menos Greg, que se lució con su romance con una femme fatale interpretada por Dita Von Teese), pero todos ellos saben reírse de la triste realidad. Están de vuelta. Para Langston, en cambio, crearon un personaje nada agradecido. Querían darle una identidad clara y dibujaron a alguien que llevaba una terrible carga en la espalda que no ayudaba al espectador a tenerle cariño. Su obsesión por no convertirse en un monstruo, ya que según él alberga instintos muy bajos en su interior, no terminaba de transmitirse y era un tanto pesado.


Tampoco ayudó, por supuesto, que le convirtieran en el protagonista central en detrimento de personajes más queridos (y queribles). Por esto será aún más interesante ver cómo lo sustituyen. Quizá habrán aprendido la lección y harán que la incorporación empiece de cero en todos los aspectos, sin necesidad de hacerlo el más listo y misterioso desde el primer minuto, y que alguien asciende y adquiera más peso. Que tras diez años de serie él fuera el mejor pagado y el centro era hasta insultante. Preocupó mucho más Nick cuando puso un pie en la bomba que le había preparado Justin Bieber que no Langston y su particular juego del gato y el ratón con The Dick and Jane Killer. De todas formas, una buena temporada.

domingo, 9 de enero de 2011

Volver al escenario del crimen

Las series de casos pueden llevar a la saturación si llega un momento en el que el espectador llega a la conclusión que ya no le aportan nada, ni siquiera entretenimiento, eso que tanto se valora en Estados Unidos y que desde la óptica europea a veces casi parece ser un término apestoso. Por ello un día dejé de ver el CSI original. Tendría que volver a esos episodios que no me motivaron, que estaban por allí la séptima temporada, pero entonces culpé a los personajes de haberse convertido en una especie de robots sin emociones. Quizá era simple y puro agotamiento, quizá tenía razón. Pero tras unos años de descanso decidí volver a Las Vegas, ni que fuera porque puede tener los días contados y quería rendirle un homenaje. Lo que no me esperaba es que aquello que iba a ser una excepción se volvería a erigir en vicio.


El argumento principal fue la incorporación de Katee Sackhoff, que sabía que llegaría cualquier día de estos a los laboratorios de Catherine Willows y tenía curiosidad por ver a Starbuck fuera de la nave Galáctica. La llegada, sin embargo, sucedió sin bombos ni platillos. Una agente de policía más que de repente acompaña a Nick a un caso, una decepción en letras mayúsculas para quienes la considerábamos un mito catódico viviente. Incluso la alusión del Doctor Langston a Battlestar Galactica no pudo compensar el gatillazo (“¿Frak? This sounds like a SyFy expletive”). Pero por suerte CSI da mucho más donde agarrarse.


Desde que regresó en septiembre diría que no ha habido episodio en el que no haya disfrutado con los esperpénticos asesinatos sucedidos en la capital del vicio. Desde el explosivo estreno de temporada, a encontrarse un tiburón en una piscina, una guerra entre vampiros y hombres lobo, la mordedura de un tiranousaurus rex o el siempre curioso síndrome de Diógenes. O la aparición de un retorcidísimo (tanto figurado como literal) asesino llamado Sqweegel que torturó a Ann-Margret con una cuchilla de afeitar y que sirvió para promocionar la nueva novela de Anthony E. Zuiker, Level 26. Su forma de desplazarse, el peculiar disfraz de justiciero y el modus operandi (que recordó a cierto acosador que vivía en el ático de Nick) brindaron uno de los asesinos más inquietantes que han pasado jamás por la franquicia. Y descubrir a Catherine Willow investigando un caso sobre contaminación de aguas también tiene miga, sobre todo cuando su superior le suelta “you’re a CSI, not Erin Brokovich”. Por supuesto que lo sabía mi querida Catherine, sobre todo porque Marg Helgenberger interpretaba a la enferma más carismática de toda la película de Steven Soderbergh. A CSI le sienta muy bien esto de alimentarse de pequeñas anécdotas, hacer un guiño a los espectadores y acercarlos un poquito más.


Pero la reciente inmersión también me ha servido para volver a conocer unos personajes que, como dijo hace un tiempo MacGuffin, en estos once años han ido cambiando. Catherine Willows, por ejemplo, ha pasado de pedir perdón por su pasado y esforzarse para impresionar a Grissom a ser una jefa prepotente con constantes choques con Brass y una relación sentimental a largo plazo. Jorja Fox, en cambio, con sus idas y venidas ha configurado una Sarah que está de vuelta de todo y gracias a la cual podemos percibir a Grissom en cada episodio, pues hay amores que dejan huella y ella debe cargar con una enorme. Y Nick, el eterno optimista, ha envejecido. Puede tener siempre una sonrisa lista pero la juventud se le ha escapado por las grietas de la cara y ahora esa mirada aniñada es lo único que le queda. Bueno, tampoco es que sea viejo, pero ha crecido y ya no es el chico joven e inocente que colegueaba con Warrick en los vestuarios, o que cuando Grissom le dijo “eche, eche, eche. ¿Qué bebe la vaca?” respondió “Leche”.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El imperio de CSI

CSI se ha ganado muchos enemigos con el paso del tiempo y las razones principales, por más que se intente ocultar, son sentimientos tan personales como la rabia, la frustración y la envidia. Lo que molesta, en realidad, es que un producto tan simple y efectivo (y efectista) haya sido tan masivo e infalible, como han demostrado una y otra vez las franquicias que brotaron de ella. Y que encima estos falsos spin-offs tuvieran como único objetivo generar más y más ingresos, ya que ni tan siquiera sus creadores serían capaces de defender que querían explorar nuevas vías en el ámbito artístico. Sin embargo, por más que les duela a algunos, estos investigadores pasarán a la historia de la televisión y además muy por delante de algunas obras estimulantes de la HBO y otros supuestos fenómenos catódicos.


Si los casos de Grissom hubieran pasado sin pena ni gloria por alguna cadena minoritaria, o Las Vegas hubiera seguido siendo la única capital del crimen, CSI probablemente seguiría despertando el mismo respeto que al principio (recordemos que fue nominada al Emmy al mejor drama en 2004 al lado de Los Soprano, 24, Joan de Arcadia y El Ala Oeste, en un año donde podrían haber rascado la nominación Carnivale o Deadwood). El problema, sin embargo, estuvo en que proliferó por la cadena CBS como único modelo a seguir y también invadió la filosofía de las demás cadenas. Entonces pasó de innovadora serie policial a asesina de la originalidad, y no seré yo quien oculte mi súbita animadversión por el formato y sobre todo por el sobradísimo y odioso Horatio Cane (rodeado de seres no menos repelentes).


Razones para convertirse en el referente y molde que ha sido las ha tenido. Los efectos visuales utilizados para recrear las escenas del crimen fueron asombrosos desde el primer año, allá el año 2000, y fueron uno de los puntos siempre mencionados a la hora de derribar los muros entre el cine y la televisión. Incluso ahora, once temporadas después, no dejan de sorprender y la escuela que han dejado tras de sí indica lo acertado de la propuesta (Bones y House no serían quienes son de no ser por los análisis forenses de Al Robbins). Y, también en el ámbito técnico, el vertiginoso montaje ayudó a otorgarle una imagen única que la diferenciaría de todo aquello realizado hasta el momento (y Jerry Bruckheimer, paradójicamente, ha acabado siendo el que peor plagia).


Pero para pasar a la historia no sólo hacen falta un par de (complejísimos) apuntes formales, sino que también deben haber elementos que hayan calado en el subconsciente colectivo. Cualquier policía, por ejemplo, debe haber tenido que desmentir múltiples veces que las herramientas utilizadas por el equipo de Grissom no existen (o esas fascinantes pruebas que tanto ha copiado Hodgins en Bones). Y el sutil retrato de Grissom, o los tics paródicos de Hache (y sus inconfundibles gafas), han calado de tal forma que se han convertido en los nombres propios de nuestra época. Dentro de veinte años serán tan o más populares de lo que Magnum lo es ahora.


Que Nueva York esté a punto de echar el cierre, ahora que la han desterrado a los viernes, que rumoreen que a Las Vegas sólo le queda la próxima temporada por delante y que Miami tampoco tarde mucho más en despedirse, no significa que no hayan marcado un hito en la televisión. No se trata de si son mejores o peores series, solamente reivindico que son historia. Y, hasta el día de hoy, tienen 590 episodios que lo corroboran.

viernes, 29 de octubre de 2010

La paranoia de los viernes

Las quejas sobre el conservadurismo de la CBS a la hora de encargar proyectos nada tienen que ver con su visión de mercado. Su objetivo no solamente es conseguir cierto nivel de beneficios al terminar la temporada; ellos pretenden derribar a las demás cadenas con una programación extraordinariamente competitiva. No se trata de valorar sus productos por los ingresos que generan, sino que bajo la premisa del coste de oportunidad los juzgan según lo que deberían aportar. Pero esto es muy relativo. La franja de las diez de la noche, por ejemplo, desde hace algún tiempo no tiene el mismo potencial que el de las nueve. Pero ellos se niegan a contemplarlo y, con su visión ofensiva, están provocando lo que a partir de ahora llamaré “la paranoia de los viernes”.


Podría decirse que todo empezó con la decadencia de la franquicia de CSI. Los costes subían, Las Vegas se quedaba a un punto en los ratings de Anatomía de Grey y Nueva York había dejado de soñar con llegar a los tres puntos en la última hora del primetime. Entonces, en lugar de oírse rumores sobre la cancelación, se instaló una idea en las webs de análisis de audiencias: ¿podría ser que alguna de las dos series fuera desterrada a los viernes para gastar los cartuchos en la que seguramente supondría su última temporada y, de paso, masacrar a la competencia con productos que por otra parte seguían siendo fuertes? Por lo que se ha podido comprobar a partir de la mudanza de Gary Sinise a la noche de los viejos: sí.


Pero los viernes no son un día cualquiera. Son el vestigio de otros tiempos mejores en que la falta de competencia por parte del cable permitían que existiera ficción ambiciosa y además rentable. Ahora mismo, en cambio, solamente la CBS se atreve a programar propuestas más o menos sólidas (como Blue Bloods) que mientras aplasten a la competencia ya cumplen con su cometido (Outlaw de la NBC ya se ha despedido por la puerta de atrás y la ABC ni tan siquiera se ha atrevido a estrenar Body of Proof).


El destierro de CSI: Nueva York, sin embargo, ha abierto la veda a transferir a los viernes aquellas series que no llegan a los estándares marcados por los directivos, amenaza de la que puede ser víctima cualquiera de los programas de las diez de la noche. Esta franja, antes fructífera, ahora difícilmente puede cosechar tres puntos en los ratings. Pero la CBS no lo ve así y The Defenders (con un 2.4), The Good Wife (con un 2.4/2.5), Hawaii Five-O (con un 2.8) y CSI: Miami (con un 2.7) se han estancado en unas cifras nada satisfactorias. Asimismo, la decisión de acortar a 13 los episodios la temporada de Medium, ha ayudado a alimentar la hipótesis de que una de las series citadas será trasladada al cementerio de elefantes para dejar espacio al spin-off de Mentes Criminales, que no puede quedarse eternamente en el purgatorio.


The Good Wife fue la primera en sonar en las apuestas, pero el panorama rápidamente ha cambiado. Alicia Florrick y su bufete, además de estar en boca de los críticos (algo que le importa muy poco a la CBS si no se traduce en ganancias), han conseguido afianzarse un público que no les traiciona y darles prestigio en la noche de los martes. Hawaii Five-O, de momento, se libra del debate por los pelos y CSI: Miami se ganó un poco de paciencia por parte de los directivos al haberse movido de los lunes a los domingos. Así, por descarte, The Defenders tiene todos los números de encabezar la mudanza, algo que no parece tan terrible. ¿Pero qué pasará en junio cuando la CBS empiece a plantearse qué otra serie puede desterrar a los viernes? Os advierto desde ya mismo que la paranoia de los viernes se os instalará en el subconsciente y os rasgaréis las vestiduras ante el posible duelo entre Alicia Florrick y Horatio Cane.

martes, 3 de agosto de 2010

¿Originalidad sobrevalorada?

De forma indirecta, un crítico norteamericano se preguntaba el otro día si quedaba margen para diferenciar las series de asesinatos, ahora que se ha exprimido el punto de vista tecnológico (CSI), la estética (Medium), las personalidades (The Closer) y las tensiones sexuales (Bones). La excusa del artículo era el estreno de The Glades, que haciendo honor a esta época, ha aparecido con la única voluntad de entretener sin buscar desmarcarse de la tendencia actual de las series de criminales (como sí hizo la franquicia de Bruckheimer en su momento, por ejemplo).


Esta frase, como ocurre también con las series de médicos y de abogados, ya la había oído unas cuantas veces. Las bocas espectadoras, cuando no quieren esforzarse mucho, sueltan rápidamente sentencias de este estilo, al igual que “todas son iguales”, “los viejos tiempos siempre fueron mejores” o, en contraposición, “¡es de culto!”. Lo sorprendente era que por primera vez la oía por parte de un crítico de un periódico de renombre que, en lugar de quejarse por la falta de ambición, daba a entender que quizá ya no era posible ser original y cambiar las reglas del juego una vez más.


La pregunta que yo me haría, en cambio, es “¿hace falta cambiar las reglas con carácter urgente?”. Seguir con el esquema ‘asesinato, investigación, resolución’ no tiene porqué analizarse como una involución, un retroceso o una etapa conformista. Existirán siempre personalidades por explorar (y sin la necesidad que la Isles de Rizzoli se parezca tanto a Bones), nuevas tensiones sexuales que crear (y sin que sean tan manidas como la de Beckett y Castle), y muertes quedan por un tubo, sin necesidad de que sean pirotécnicas o rebuscadas.


Lo que debería importar al final del día es que la serie en cuestión construya buenos casos. The Glades quizá tampoco sería el ejemplo a seguir, más que nada porque es muy veraniega, los casos son un poco torpes (menos en el primero, que lo es con alevosía y con un giro de película) y cae por inercia en la moda de crear un protagonista que hace piruetas encima de la línea que separa el carisma de la imbecilidad (House, cuánto daño nos hiciste). Pero lo que tampoco se puede hacer es esperar que la tele haga lo que el cine no se atreve (y The Glades, por la época en la que está programada y por lo que es, está bien).


¿Cuántas veces hemos oído que una película es “notable”, siguiendo los esquemas tradicionales? Y es que un guión es mucho más que giros y extremismos. The Closer lo demuestra cada verano siendo clara, realista y con unas investigaciones que, siendo más o menos predecibles, son coherentes, consecuentes y creíbles (y mejor actuada). Y lo mismo podría decirse de The Good Wife con respecto al género legal. Su éxito no depende únicamente de los magníficos claroscuros del matrimonio de Alicia Florrick, sino también del saber comprender que para tirar hacia delante no hace falta renegar del pasado. Que yo sepa, lo pantalones de pitillo siempre vuelven y van y nadie se meterá con los diseñadores por saber aprovechar aquello que una vez les funcionó.

martes, 21 de octubre de 2008

Life y su (mejorada) extraña pareja

Los anuncios de Telecinco anunciaban estos días que en CSI: Nueva York moriría una chica de un orgasmo. Una estrategia publicitaria de aquellas que se dirige a los instintos más bajos. Pero, por más emociones y flujos sexuales que vendan, ver cualquiera de los CSI da cierta sensación de déjà vu. El de Grissom y Catherine aún tiene algún resquicio de autenticidad, pero la fórmula ya empieza a ser un poco cansina de tanto usarla. En cambio, no puedo dejar de aplaudir el inicio de la segunda temporada de Life, actualmente en emisión en Estados Unidos. Cada episodio goza de algún ingrediente secreto que lo convierte en inconfundible y evita que sea aborrecible.

Tanta conspiración en el tramo final de la primera temporada y la personalidad tan abrumadora de Crews (que se perdía completamente por el doblaje) obligaban a sospechar que la fórmula de Life también podría saturar al espectador y mucho antes que en la franquicia de Bruckheimer. Daba miedo que diluyeran los casos episódicos con tanto problema extralaboral del detective zen, pero en cambio los han dotado de más protagonismo. Y... qué recursos para atraer la atención del espectador. Un asesino en serie que numera los cofres donde mete los cuerpos en vida de sus víctimas, una pandilla de niños ricos y carne de psiquiátrico, un cuerpo que literalmente se rompe en pedacitos o un juego de polis y cacos (que prefiero que explique McGuffin). En cada episodio consiguen captar el interés del espectador y con unos soplos de aire fresco que ya no se ven demasiado (y más cuando la última temporada de The Closer, aunque muy efectiva, se quedó un poco a medio gas).

Además, como si estas joyas no añadieran valua por si solas, ha sido muy grato comprobar que el tono en general de Life ha cambiado: Crews sigue siendo igual de raro y Reese igual de pasota, pero su relación no es la misma. Hay una antiquímica entre ambos que hace saltar chispas (de humor). Y esto, más que por Crews, va por Reese, que Sarah Shahi está haciendo brillar como no había podido en la primera temporada. Ella y el argumento consiguen llevar el peso de la serie, sin necesitar obligatoriamente la verborrea incomprensible de Charlie para distinguir el producto de las demás series de detectives. El nuevo jefe de su unidad también está ayudando visiblemente a esta metamorfosis de Life que, aún y teniendo el caso del exconvicto presente en cada episodio, se ha vuelto mucho más llevadera y francamente más divertida. No es necesario mostrar grandes dramas para humanizar a los personajes. La cena familiar de Reese con su padre es un buen ejemplo de cuánto decir con tan pocas palabras, de concisión del guión y sabia mezcla del humor con el drama.

martes, 2 de septiembre de 2008

Con o sin mallas

"Yo estoy a un tris de ponerme las mallas y salvar el mundo". Así se ha burlado el detective Brass de la sospechosa de asesinato de esta noche. Como si quisiera saciar todas las expectativas que he dipositado en este mes de septiembre, CSI ha vuelto a los lunes con muchos trucos seriéfilos bajo la manga y más incisiva que nunca. Ni que quisiera paliar la sequía vigente desde los tiempos huelguistas (posteriores al rodaje de este episodio ya un poco desfasado). Con cinismo y humor, Grissom y sus compañeros se han enfrentado a una secta anti-alienígena descendiente de V que contaba con una seguidora vestida de la princesa guerrera Xena (espada incluída) y el padre de Veronica Mars. Además, como si el tema en cuestión no hiciera bastante tufo a guiño de Expediente X, Greg ha logrado meternos que él "casi había nacido" con esta serie. Benditos nuevos capítulos, ¡cómo se os echaba de menos!

Pero esto es una anécdota. Lo que realmente importa es que en Estados Unidos empieza la temporada como Dios manda esta madrugada. One Tree Hill, Gossip Girl, Raising the bar y Prison break son las encargadas de abrir la veda. Y es que como pregona una canción de Natalie Imbruglia, "come september, everything wrong is gonna be alright". Y, pese a que dudo que Brass pueda hacer mucho para salvar el mundo, lo que está claro es que con mallas o sin ellas ha logrado avivar un poco un panorama televisivo que debe aportar unas cuantas respuestas. Una de las que se responderá de forma más inmediata será precisamente una de las más esperadas: ¿quién fue la elegida que recibió la urgente proposición de matrimonio de Lucas Scott en Tree Hill? ¿Brooke, Peyton o Lindsey? No obstante, los pesos pesados como Mujeres Desesperadas, Anatomía de Grey, Rockefeller Plaza o Cinco Hermanos aún tardarán semanas en llegar a los hogares norteamericanos.

Por el momento, quienes hayan visto el episodio de CSI de esta noche (7x22) ya tendrán una enigma televisiva resuelta: efectivamente, Enrico Colantoni es igual de insufrible cuando interpreta a un asesino maquiavélico que cuando hace del pater familias de Veronica Mars. Sin embargo, la razón por la cual lo mantuvieron cogido por los pelos en la última temporada de la serie juvenil siempre seguirá siendo un misterio para mí.
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Apunte: Si alguien quiere ver un completísimo calendario para este nuevo curso que entre en hablando de series. Allí están todas las series y fechas.

domingo, 17 de agosto de 2008

¿Es usted el asesino?

En un ambiente gélido y sobrio, ha aparecido. Él es Red John. Primero mata a sus víctimas y luego pinta un smiley rojo en la pared para marcar territorio. Y no le gusta que videntes farsantes especulen sobre su identidad. Y, si alguno lo hace, que se despida de su mujer y su hija.

Así le ocurrió a Simon Baker en The Mentalist. Esta serie que se estrenará en otoño en la CBS y que pretende heredar toda esa masa de espectadores enganchada a la franquicia de CSI, retratará el trabajo de un exvidente timador que ayudará a la policía a resolver crímenes. De esta manera, podremos recuperar al atractivo abogado defensor de El Guardián, el mismo Baker, y a la malograda Robin Tunney, la fulminada Veronica de Prison Break, que le dará la réplica para bajar el ego del protagonista. Pero, además de los asesinatos episódicos, Baker deberá preocuparse por Red John, que anda suelto, y al que debe cazar. Y es que, por más típico que sea, no hay nada mejor que añadir un buen psicópata para captar la atención del espectador. He aquí algunos ejemplos (y allá vosotros con los spoilers):


Kiss-me-not: Los blandengues de El club contra el crimen nos lo presentaron en el primer episodio de la cancelada primera temporada. Cosía los labios de las víctimas, preparaba muy a conciencia el escenario y tenía amargada a Angie Harmon, a quien había arruinado el matrimonio por culpa de su obsesión con el caso. Lástima que la mala leche de este preludio casi no tuvo continuación y tuvimos que contentarnos con un psicópata de tres al cuarto. ¿Dónde creían que iban con ese mequetrefe que nos importaba tres pimientos? Cómo mínimo esperaba a alguien que nos dejara pegados al sillón como, por ejemplo, el bonachón compañero de la protagonista.

El asesino de las miniaturas: Todo el mundo sabrá de quien hablo. Este muy meticuloso psicópata ha labrado el mayor enigma al que Grissom se haya enfrentado nunca. Después de tantos episodios y el quisquilloso CSI casi no tiene pistas de quien puede ser. ¿Se habrá encontrado con alguien más inteligente y esmerado que él? Por favor, Telecinco, programa ya de una vez los tres episodios que quedan para saber el desenlace. ¡Necesito saber por qué demonios hay lejía en todas las miniaturas!

El ice track killer: Por más que me pese, no puedo olvidarme de uno de los últimos energúmenos de la televisión. El asesino del congelador tuvo la capacidad de sacar de quicio nada más y nada menos que a otro demente, el sobrevalorado y aburrido Dexter. Con unos ritos bastante macabras, fue el único entretenimiento de la primera temporada. ¿Qué haremos ahora sin él? Y es que, aunque el último episodio resolvía el por qué de una forma un tanto convencional y chapucera, el ice-track killer tenía su encanto. Uno casi se podía enamorar de él. Lástima que a sus ratos libres descuartizaba prostitutas.

El escultor: No era tanto un asesino en serie como un violador en serie. En la tercera temporada de Nip/Tuck estuvieron mareando la perdiz con este sujeto enmascarado que se dedicaba a violar y marcar mediante cortes a personas perfectas. Era una siniestra forma de denuncia que nos llevó a sospechar de todos y que convirtió el serial en un producto demasiado turbio y casi infumable (dejó el humor cínico a un lado y tiró hacia laderas más desagradables como las violaciones, el nazismo o la transfobia). Pero la solución no se la esperaba nadie: ¿dos gemelos que nacieron deformados y que violaban con penes de plástico? Incluso demasiado retorcido para Nip/Tuck. Lo mismo pero con un solo violador hubiera funcionado mejor.

El del paraguas: Este sí que era temible puesto que era un psicópata con dos rombos. En los sesenta, Narciso Ibáñez Menta aterrorizó a toda España con una serie de suspense en la que un hombre no identificado mataba por las noches con un paraguas. Con el sugerente título de ¿Es usted el asesino? y tan sólo nueve episodios, fue al grano. En el vídeo del youtube, lleno de spoilers, también se puede comprobar como han cambiado las cosas: ese final que ahora parece irrisorio seguro que dejó a más de uno rasgándose las vestiduras.

miércoles, 30 de abril de 2008

CSI: Renovar o morir

Año tras año, Grissom sigue en la cresta de la ola. Da igual que hayan pasado ocho temporadas. ¿El secreto? Por lo que parece, las personas no dejamos de fascinarnos por los crímenes y, la pequeña enigma de saber quien es el asesino, siempre seduce. Será por esto que CSI sobrevive al paso del tiempo y lo hace de forma digna. Además, que intenta introducir pequeños elementos que la hagan un poco amena, por más que siempre siga siendo la misma en esencia. Al final de la 5ª, Quentin Tarantino dirigió uno de los mejores episodios a su manera (del que ya corrieron suficientes ríos de tinta). La serie sobrevivió a la marcha de William Petersen por unas cuantas semanas, con la correspondiente aparición de Liev Schreiber. Con el final de la 6ª nos abofetearon con una relación encubierta de dos de los protagonistas (una revelación bastante efectista, por qué no decirlo). Y, a menudo, nos han introducido hilitos para engancharnos un poco: que si la ludopatía de Warrick, los eternos problemas de Catherine Willow con su padre, el cortejo entre Grissom y Lady Heather (un romance platónico muy pero que muy dilatado y que requiere de un análisis aparte), y ahora estamos con el asesino de las miniaturas. Pero, aunque resulte quizás muy pasado, quiero comentar lo que para mí es el más claro ejemplo de las ansias de renovar y que funcionó (y de qué manera). Con estilo, sutileza, sentido del humor, cinefilia, 'Rashomama' (6x21) es uno de los mejores episodios (sino el que más) de esta negra serie.

Quizás alguien se acuerde del argumento: Nick, Grissom, Sara y Greg acuden a una boda donde se ha matado a la madre del novio y se la ha atado al coche de los recién casados. Sin embargo, ante tan normal caso (dentro de lo que cabe), surge un contratiempo: al pararse a comer algo en un bar, roban el coche con todas las pruebas dentro. A partir de ese momento, los implicados se ven obligados a resolver el caso sin las pruebas para que no les caiga el pelo. Y a través de sus recuerdos, conseguiremos saber como descifró cada uno de ellos el lugar del crimen.

La escéptica: Sara (Jorja Fox). "Y allí estábamos, en un 'neverland' nupcial donde el factor hotera era peligrosamente elevado y las flores evidentemente falsas. ¿Puede el amor ser verdadero cuando las flores no lo son?". De tantos años esperar a Grissom, Sara es una incrédula de lo que tenga que ver con las bodas y, su visión, desentraña su faceta más cínica. Sólo ve invitados borrachos y falsedad entre amigas con el tema principal de 'American Beauty' de fondo.

El ingenuo: Nick (George Eads). "El perfume de las bellezas americanas (american beauties) lo llenaba todo, pero el aroma de una rosa con cualquier otro nombre habría sido igual de dulce habiendo tanto amor en el aire". Él llega enamorado de la vida, de la escena e incluso le parece vislumbrar que la gente se distribuye en armonía. El perfecto reflejo de como es este chico: sencillo, sin complicaciones y, a menudo, ingenuo. Recordemos que si Grissom, hace ya muchísimos años, no lo ascendió fue porque no pasó la prueba de la leche ("Eche, eche, eche. ¿Qué bebe la vaca?").

El peliculero: Greg (Eric Szmanda). "Una tipa había muerto. pero no hablemos más de ella. El aire era caliente y cargado de mal y eso me daba sed. Sed de un buen vaso de agua. Fue entonces cuando la vi, una flor, pero no de las que se prenden en la solapa, tenía el tallo largo". Ve la vida en blanco y negro, con el estilo de los viejos clásicos del cine negro. La escena del crimen es vaporosa y por su camino no hacen más que cruzarse femme fatales que se le insinúan con labios extremadamente rojizos. Este chico vive de sueños, siempre con la cabeza en otra parte, algo que Grissom nunca ha acabado de aceptar porque él es...

El científico: Grissom (William Petersen). "La primavera no es más que una canción en la que no son malos la risa y el amor. Las flores del deseo se abren y las 'armoniacs iridis' las invaden". Cómo no se iba a sacar a relucir el fetiche del jefe en este episodio, o sea, los insectos. Además, para él los testigos que se encuentra no son exáctamente humanos: son ojos, son labios, son gestos, todo aquello que pueda delatar su culpabilidad y si mienten o no. Grissom no acepta los errores. Él es perfecto. Claro que también parece que, por otra parte, le falta un poco de empatía con su alrededor.

El perro viejo: Brass (Paul Guilfoyle). El policía no empieza su relato como los demás, hablando sobre las flores del jardín de la boda, pero sí que puedes observar gracias a su testimonio que se trata del personaje más de vuelta de todos. Habla con el novio, sí. Pero no ve ni antiromanticismo, ni un enamorado, ni seductoras sospechosas, ni unas interesantes declaraciones. Él ve al chico que se va tragando el champán de fondo, el camarero listillo que quiere cogerse una buena cogorza al ver que no tendrá que acabar a las tantas repartiendo las copas. Puesto que Brass es el más cínico, el más incrédulo y una de las joyas de esta serie. Él viene de vuelta de todo y su visión siempre contribuye a la grandeza de esta serie.
Y digo grandeza pese a que no siempre esté al mismo nivel y pese a que algunos episodios hagan tufillo de dejà vú. Si algo nos han demostrado el CSI de Miami y el de Nueva York es que el de Las Vegas es el auténtico. Con todos sus fallos, no deja de ser (a su manera) el más creíble, el que tiene los personajes más carismáticos (los de Miami solo sirven para abofetearlos) y el más incansable. Y es que no todas las series pueden alardear de ser líderes de audiencia durante ocho años. Por algo será.

miércoles, 26 de marzo de 2008

De vicio

El tabaco ya no es lo que era. Antes, los cigarrillos, caladas y aros de humo estaban en todas partes y ni nos dábamos cuenta de su presencia. Ahora, con la extensa campaña en su contra, cada vez que aparece en pantalla,llama la atención como si se tratara de algo transgresor. Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York ya fue el claro reflejo de este cambio: se vio obligada a dejar de fumar ante la presión de su novio y, al final de la serie, tiró la casa por la ventana en París y se dio otra vez a la nicotina, a sus preciados Marlboro Light. Y sobrevivió puesto que, pese a ser el más mortal de los vicios, no deja de ser el menos traumático y arriesgado en televisión. Sino que se lo digan a Warrick de CSI: Las Vegas, que cometió delitos, sufrió chantajes y casi perdió su empleo por su condición de ludópata. Aun así, este vicio, es un mal menor de la pequeña pantalla: pocos casos aparecen. De hecho, sólo me viene a la cabeza el afroamericano policía a las órdenes de Grissom que, miraculosamente, consiguió superar el perjudicial hábito en la mismísima capital del juego.


Sexo, drogas y...
Otro vicio que ha aparecido con cuenta gotas en televisión, que es igual de perjudicial pero terriblemente más placentero, es la adicción al sexo. Y el rey de tan oscuro hábito es, sin lugar a dudas, el Doctor Troy de Nip / Tuck. Jóvenes, mayores, ricas, transexuales, en grupo, gemelas, madres con hijas... nadie escapa a sus atractivas garras. Sin embargo, también es de los más minoritarios hábitos, puesto que aparte de él y de otros individuos que aparecen en el frío culebrón, pocos personajes memorables han pasado por la misma situación, como Samantha de Sexo en Nueva York (que aunque no reconocida, creo que muchos la consideran un poco ninfómana) o la detective Reese de Life. Otro cantar ya son las drogas, obviamente. Ya sean duras o blandas, tienen su lugar en cualquier producción que se precie.

Los escarceos con ellas siempre conllevan catastróficas consecuencias, o sea, que son como miel para los labios de los guionistas. Entre ellas hay muchos ejemplos. Uno de los Cinco Hermanos, Justin, casi logró acabar con la inquebrantable cohesión del clan Walker con sus caídas y recaídas en el mundo de las drogas duras. De Charlie de Perdidos, lo primero que supimos de él fue que estaba esnifando en el lavabo en el momento que empezó a haber turbulencias en el Oceanic 815. El personaje encarnado por Clara Segura en Porca Misèria, casi mata a los catalanes entre raya y raya mientras intenta cumplir su papel de madre soltera y trabajadora. Emily VanCamp también tanteó el terreno en Everwood y en Cinco Hermanos. Por otra parte, los porros, calificados como una droga más blanda, sí que han dado mucho juego. Seth de O.C., en un descuido causado por el colocón de un porro, provocó un incendio en el despacho de su padre. Sally Field, la matriarca Walker, incluso fue detenida por fumar marihuana con Margot Kidder dentro de un coche. Pero el caso más sonado es el de Mary-Louise Parker, la Nancy Botwin de Weeds y la camello más querida de la televisión. Así, en lugar de juzgarse las drogas sólo desde el punto de vista del que las consume y se consume, enseña la parte "divertida" del asunto y los esfuerzos de una madre para sacar adelante a sus hijos. No obstante, pese al eco y peso que adquieren las drogas en televisión, el único vicio que realmente nunca pasa de moda es el alcohol.
Alcohólicos anónimos
A veces no nos enteramos de su presencia, pero siempre está allí.Y cuando hablo de alcohol no quiero decir el mal trago de George O'Malley que empezó su calvario con Izzie después de una noche cerca del coma etílico en Anatomía de Grey, una serie muy inofensiva en este aspecto, donde lo más de lo más es la cerveza de después de trabajar. Cuando hablo del alcohol me refiero a la sutileza con que aparece en pantalla. Que esté presente en cenas o en copas por la noche es normal (o por lo menos, socialmente aceptado). Pero: ¿qué pasa con todas esas copas en horas poco habituales? Porque una cosa es pedirse vino para cenar y la otra es ver a Carrie Bradshaw pidiendo un "martini de vodka" para comer en una cita (sin hablar de los Manhattans y Cosmopolitans que se pide luego con Miranda, Charlotte y Samantha). O Victoria Ford en Lipstick Jungle, que le comunican una desgracia y se toma un whisky (al igual que sus compañeras, siempre con un vaso en la mano a la mínima). Y por catastróficas consecuencias, las de Calamity Jane en Deadwood, ese pueblo lleno de alcohólicos, donde la mujer se paseaba con tal cogorza que era capaz de dormirse de pie. O Bree Van De Kamp en Mujeres Desesperadas. Una copa al día, y la mujer acabó en alcohólicos anónimos, al más puro estilo Kirsten Coen, la madre coraje de O.C. que se abandonó a la bebida para aguantar a su padre. Y es que parece que en toda serie debe haber un exalcohólico, porque, aparte de estas dos también está Fritz de The Closer, el novio de Samantha en Sexo en Nueva York, el padre de Jack en Perdidos, el personaje de Campbell Scott en Seis Grados o la Christina Applegate de Samantha ¿Qué? (aunque este caso es un poco menos claro).
Adolescentes y drama queens
Asimismo, los adolescentes, siempre tan extremistas ellos, han hecho preocupar bastante con su adicción al alcohol. Uno de los consternados per el asunto ha sido el entrenador Taylor de Friday Night Lights, que debe lidiar con las monumentales resacas de Tim Riggins (Taylor Kitsch). ¿Qué joven de dieciseis años se pasa el día entero tomando cervezas solo en casa como un cosaco? Por no decir que encima es un as en el campo de fútbol cada viernes por la noche... Aunque para situaciones inverosímiles están los pijos de Gossip Girl. Van a las fiestas en limusinas y abren botellas de champán en los vehículos, sin importar la moqueta y brindando como si fuera el pan de cada día entre ellos. Luego llegan a la fiesta y los cubatas y cócteles más exclusivos están a disposición de todos los menores de edad... y no pasa nada. Y lo mismo con Serena (Blake Lively), que si está triste se sienta en la barra de un bar y se pide martinis secos. Por lo que parece, las leyes no van con los del upper-east side. Aunque, pese a estos casos más juveniles, la auténtica drama queen del alcohol siempre será Marissa Cooper. El personaje de O.C. interpretado por Mischa Barton dejaba en evidencia a sus padres en cada fiesta, con sus penosos numeritos, con problemas para vocalizar y aún más para andar en línea recta. La chica era capaz de tirarse la etílica bebida nórdica en el café con leche: era su modo de despertarse por las mañanas. También se tumbaba al lado de la piscina al mediodía o por la tarde, con el sol dándole en la cabeza, tomando su combinado rico en alcohol, como si hubiera nacido con una botella de vodka bajo el brazo. Algunos podrían pensar que era débil por ser tan viciosa, por huir de la realidad que tanto le disgustaba a base de rellenar la plateada petaca. Otros, en cambio, la veían, por encima de todo, humana. ¿Y acaso es que nadie sueña alguna vez en vidas ajenas? del alcohol siempre será Marissa Cooper.

lunes, 15 de octubre de 2007

Reportaje: De Los Soprano a Perdidos: la edad de oro de la televisión

A finales de la decada de los 90, la cadena por cable americana HBO decidió hacer una fuerte apuesta por la creación de ficción propia, lejos de la presión de los canales generalistas que tenían la necesidad de conseguir una gran audiencia. De esta iniciativa surgieron seriales dramáticos de gran éxito como Los Soprano, Sexo en Nuevo York (Sex And The City) o A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under). Y de esta manera empezó lo que más tarde acabaria llamándose “la nueva edad de oro de la televisión”, que hoy en día aún continúa con seriales de culto y fenómenos de massas como Perdidos (Lost), 24 o Mujeres Desesperadas (Desperate Housewives). Però con el fin de la gangsteril Los Soprano el pasado 10 de junio, el último vestigio de esos inicios tan prometedores de esta etapa televisiva, juntamente con el bajón de audiencia de los otros dorados productos contemporáneos, ha emergido la duda de si el fin del serial de James Gandolfini es también el inicio de la caída de la nueva era que podría resultar mucho más breve de lo que se esperaba.

Antes de la reformulación de HBO, los canales generalistas americanos consideraban su parrilla de otra manera, donde la publicidad era el eje fonamental sobre el cual se tenía que poner algo en medio. Pero desde que los críticos de television empezaron a parar más atención a la cadena por cable de la que le tocaba por audiencia, las generalistas como ABC, FOX o CBS tuvieron que poner más énfasis en los propios contenidos. Y pese a que los canales gozaban de unos presupuestos mucho mayores en comparación con una cadena como HBO, tuvieron que hacer frente a una gran desventaja: a causa de que su programación podía ser vista por todo el conjunto de la población, no tenían la misma libertad a la hora de tratar el sexo, la violencia u otras temáticas. Tenían que conciliar audiencia con calidad, no como las cadenas por cable que ya gozaban de un target muy definido y por lo tanto no necesitaban captar la atención de tanta parte de la población.

En realidad, ni Los Soprano, ni Sexo en Nueva York, ni A Dos Metros Bajo Tierra inventaron nada en el sector audiovisual: sencillamente adoptaron aspectos y temáticas propias de las grandes pantallas, convirtiendo algunos episodios o capítulos en verdaderos mini-films de impecable factura. Un claro ejemplo es la familia italoamericana, gran deudora de El Padrino de Coppola o del cine de Scorsese. Y A Dos Metros Bajo Tierra fue uno de los precursores que promovieron el acercamiento de los guionistas de cine a la televisión: Alan Ball, que dos años antes había ganado el Oscar al mejor guión original por el film American Beauty, fue el creador. De hecho, era tan grande la voluntad de la cadena HBO de que el guionista ideara el serial que le propusieron que escogiera la temática que quisiera. Ball eligió la muerte. Pero donde no sé sabe si acaba la realidad y empieza la leyenda es en el rumor que circula que cuando el guionista entregó la biblia de cómo debía de ser el serial, los productores en ver que era un producto muy mediático y poco personal, se la devolvieron diciéndole: “te dijimos que escribieras lo que tu quisieras”.

No obstante, si en algo añadieron una novedad en el mundo del audiovisual es que hasta entonces no había sido concebible realizar un serial dramático que extendiera su hilo argumental a lo largo de toda una temporada o incluso de varias. Esta propiedad sólo correspondía a los culebrones y era por un motivo: los seriales, en tener un hilo argumental fonamental, tienen el gran inconveniente que pueden perder espectadores como todo producto pero tienen la gran dificultad de conseguir de nuevos. El más claro ejemplo es Perdidos.

Los creadores de Perdidos, Damon Lindelof y Carlton Cuse, anunciaron en mayo que el serial dramático de la cadena ABC acabaría definitivamente en 2010. “Creíamos que para una serie como esta, la audiencia quiere saber cuando acabará la historia y empezar a descubrir parte de los secretos que hemos ido sembrando a lo largo de los años” dijeron al periódico USA Today, dos meses más tarde de que renovara la serie para una cuarta temporada, pese a que la audiencia hubiera bajado considerablemente desde su estreno en septiembre de 2004. “Seguramente Perdidos acabará con una audiencia muy inferior a los trece millones de espectadores que tiene ahora porque lo tiene imposible para captar nuevos espectadores después de tantos giros de guión y misterios sin resolver desde la primera temporada” opina Xavier Díaz, licenciado en Comunicación y Audiovisuales por la Universitat Pompeu Fabra i especializado en ficción. Pero si por alguna razón este serial se puede considerar uno de los elementos que forman la nueva edad de oro de la televisión es por su intertextualidad. “Cuando la ABC retransmitió Perdidos rompió la norma que un drama serial pudiera funcionar en la televisión generalista. Rompió la norma que decía que no se puede tener 37 personajes” declaró Michael Wright, ejecutivo de la cadena por cable TNT.

Nip/Tuck, en cambio, és el máximo exponente de cómo una cadena por cable tiene la máxima libertad posible. Su lugar en el olimpo de los seriales es debido a la ruptura con la anterior televisión, llena de tabús. En ella se ha podido ver desde sexo incestuoso hasta escenas de sadomasoquismo con el superficial Christian Troy (Julian McMahon) insultando a una chica y degradándola poniendole una bolsa de supermercado en la cabeza. Por no hablar del hijo de los protagonistas, obsesionado con los transexuales y convertido en nazi. Además, aunque su audiencia solamente está alrededor de los cuatro millones (una cifra a tener en cuenta en una cadena de audiencia restringida como FX) ha conseguido que famosos de renombre como Madonna o Nicole Kidman hayan pedido a Ryan Murphy, el creador, que las dejara participar en un episodio.

Aun así, no sólo los seriales han estado de suerte en esta edad de oro: las series también han tenido cabida. Y por serie se entiende los productos cuya línea argumental básica empieza y acaba en el propio capítulo. En este ámbito el ejemplo más obvio es CSI, que reformuló las series de asesinos y policías con una estética que ha creado escuela. Desde House a Bones, pasando por Numb3rs, muchas series han sido las que han imitado ese estilo que utiliza efectos propios de la gran pantalla y considerados videocliperos. En este aspecto ha tenido mucho que ver el productor de la serie, Jerry Bruckheimer (más conocido por haber producido películas como la trilogía de Los Piratas del Caribe, Top Gun o Pearl Harbor) siempre espectacular. Así mismo, como consecuencia de las múltiples franquicias que ha creado (CSI: Miami y CSI: Nueva York) la serie ha perdido la novedad y se ha estancado dentro de su efectismo, hecho que explicaría su retroceso de audiencia (en dos años ha perdido cinco millones de espectadores).

Mujeres Desesperadas, 24 y los mismos Soprano han sido otras víctimas de la parrilla y han ido perdiendo audiencia gradualmente. “Hay un factor muy claro que es la novedad” explica Xavier Díaz, que también remarca que “hay otro factor a tener en cuenta: se está dando tanta importancia a la ficción en los Estados Unidos que ahora el espectador empieza a estar saturado y cada vez le da menos importancia a la acción de cambiar de canal”. Esta hipótesis explicaría la situación de la parrila de Estados Unidos que ha sufrido ciertos cambios en el último par de años, donde ahora reina Anatomía de Grey (Grey's Anatomy). Este serial médico también es un producto de gran calidad, que estudian los alumnos de comunicación y audiovisuales gracias a la capacidad de síntesis y ritmo. Pero su inclusión dentro de la etapa de oro no resulta del todo clara por culpa de su manca de pretenciosidad temática y el ritmo cómodo en el que desarrolla las líneas argumentales fijas. Más evidente resulta que los seriales más exitosos de la anterior temporada, Héroes o Cinco Hermanos (Brothers & Sisters), no forman parte de la hornada empezada con el canal HBO aunque son directos herederos gracias a la impecable factura. Aunque por claro ejemplo de aspirante a serie de culto está Prison Break, a quien la audiencia ha dado la espalda después de una segunda temporada con unos cambios de guión que le permitieran tener una dilatada carrera.

Es por esta fina línea que la edad de oro parece estar dando sus últimos frutos: cada vez es más difícil distinguir el original de la copia. Además, la inmunidad del espectador da un futuro poco esperanzador para la novedad y la reformulación de las series y seriales. Hay la puerta abierta a que las cadenas generalistas regresen a la visión anterior, donde los ratings lo eran todo. Aunque, por lo menos, la calidad parece perdurable: el perfeccionamento de las técnicas televisivas y el acercamiento de las estrellas de cine a la televisión (desde Martin Sheen a su hijo Charlie, pasando por Glenn Close o Sally Field) lo demuestran. Sólo el tiempo podrá revelar si esta etapa continúa, si ha terminado, o si fue una anecdótica casualidad.