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miércoles, 5 de febrero de 2014

¿Y qué más da todo?

El concepto de antología es maravilloso. Como creador te permite empezar de nuevo, explorar otros personajes y mitologías. También es un quebradero de cabeza por esto mismo, porque no tienes la oportunidad de anquilosarte y entretenerte con unos tipejos a los que ya tienes controlados. Ryan Murphy y Brad Falchuk contra todo pronóstico supieron renovarse con ‘American Horror Story’ y su segundo tomo, esa locura excesiva y equilibrada llamada ‘Asylum’, de resultados tan sorprendentes como magistrales.

¿Hubiera sido fantástico que se quedasen en ese submundo tan enfermo para la tercera temporada? Por supuesto. Pero cualquier espectador en su sano juicio sabe que si ‘Asylum’ fue tan buena es porque terminó antes de que su excesiva perspectiva se agotase. Los relatos de terror deben terminar a tiempo porque una atmósfera tan turbia no puede mantenerse eternamente, los personajes tienen que morir y los misterios tienen que desvelarse en algún momento. También era evidente que su continuación, ‘Coven’, no estaría a la altura. Ese psiquiátrico dominado por un nazi era una especie muy rara por todo lo que podía ir mal y salió bien (mezclar nazis, psicópatas, aliens, demonios y zombies entre cuatro paredes es apocalíptico). Pero, queramos o no, tenía que salir bien. Tanta calidad no podía ser casualidad y, donde ha habido, tiene que quedar algo.

Se puede alabar de ‘Coven’ que tenía su propio camino. Abandonó una premisa tan amplia como ‘Asylum’ por algo más controlado, una escuela para jóvenes brujas que vive en la decadencia por culpa de una bruja suprema narcisista y unas amenazas externas que amenazan sus vidas. Era interesante que se centrasen en chicas jóvenes y también que la serie girase íntegramente en torno a mujeres (Denis O’Hare y Evan Peters casi sobran). Esta circunstancia sólo se da en los culebrones, no en un relato terrorífico tan respetado como este. Los nombres de Angela Basset, Jessica Lange y Kathy Bates también ayudaban a tener ciertas expectativas. Y todo, absolutamente todo, fue insípido.

‘Asylum’ fue una serie inteligente porque abrió puertas y puertas y puertas y supo cerrarlas, transmitiendo que habían planeado las tramas y que los excesos habían contribuido a ello. Y su otra gran virtud fue saber anclar a dos personajes como el centro moral de la serie, una lesbiana y un joven acusado de asesinato que servían de ancla, a los que podíamos entender, que nos hacían sufrir y a los que queríamos ver sobrevivir. Pero ‘Coven’ no hizo ni una cosa ni la otra. Nos mantuvo a la expectativa de una gran trama que diese algo de sentido a las excentricidades que de vez en cuando tenían lugar y no llegó a ninguna parte.

En algún momento dio la impresión que explotaría, que aprovecharía todo su potencial y que la historia cobraría algún sentido pero no fue así. Los personajes se quedaron en retratos unidimensionales, el personaje de Madame LaLaurie se desinfló por arte de magia (podría no existir y la trama principal seguiría intacta), Jessica Lange hizo lo que pudo con un personaje que no fue a ninguna parte y se resumieron todas las tramas de una forma frustrante.

Tanta amenaza exterior, tanta anticipación de guerra y al final lo apostaron todo en una pregunta sobre la identidad de la nueva bruja suprema que sólo tenía una respuesta: ¿y qué más da? No hay nada peor como espectador que dedicar trece horas a una serie de televisión y que, cuando termine, te des cuenta no tenían ni idea de que querían contar y que creían que cuatro trucos inquietantes podrían ocultar semejante falta de inspiración. Es por esto que ‘Coven’ es mala y es una decepción, y no porque no pueda estar a la altura de ‘Asylum’, lo cual era inevitable.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Madres e hijas

Pues sí, ‘American Horror Story: Coven’ es la tercera serie de adolescentes de Ryan Murphy desde ‘Popular’ y ‘Glee’. Esta conclusión podía sacarse ya con el piloto y su escuela de ‘Hogwarts’ para jóvenes brujas pero diría que se trata de una aproximación más conceptual y menos evidente. Hasta el momento (que seguramente no sea durante mucho tiempo) ha huido de los dimes-y-diretes y enmarcaba a los adolescentes dentro de un universo más amplio donde la relación más importante no dejaba de ser la de dos mujeres maduras, la bruja suprema y su hija con problemas de fertilidad. Pero las ideas que maneja la serie son indudablemente filo-teen.

Lo comenté cuando escribí por primera vez de ‘Coven’. Se hace hincapié en la entrada en la sexualidad como un evento traumático (ya sea mediante una vagina mortal, la violación, la zoofilia o el incesto) y de fondo se ha ido cociendo otra línea discursiva interesante, como la necesidad de huir de la sombra de las madres y la sensación de que las autoridades paternas (o, mejor dicho, maternas) son figuras represivas. Horrorizó el pobre Kyle con los abusos que sufría de su propia madre; Delphine LaLaurie creía en la tortura para enseñar a sus hijas cual era el buen camino; Cordelia lleva media vida intentando tener confianza en sí misma a pesar de tener una madre como Fiona que la desprecia de forma sistemática por no ser más temibles (y pasa a respetarla cuando intenta matarla); y a modo de anécdota hasta tenemos al vecino del aquelarre, que tiene que pasar por rituales de purificación bastante turbios si no obedece las estrictas creencias religiosas de su madre.

Este último caso, tan poco innecesario a simple vista, fue el que me abrió los ojos y me dio a entender que no era casualidad, que no habían buscado estos conflictos por casualidad. Al fin y al cabo, también están directamente relacionados con la sexualidad de los jóvenes. Todos los hijos decepcionaron a sus progenitores por sus elecciones sexuales y/o románticas (menos Kyle, que directamente sirve de objeto sexual para su madre). Y habría que poner énfasis en estas relaciones de cara al final de temporada. No me extrañaría que, al igual que Delphine LaLaurie y sus remordimientos, la vertiente emotiva del desenlace tenga que ver con las redenciones (y los castigos) de varias de estas madres.

Sea como sea, por más que tenga una finalidad, esta tercera temporada del terror no deja de dar la impresión que está en fase introductoria y ya anda por la segunda mitad de su recorrido. No es tanto que sea una obra fallida o que no sea entretenida, simplemente está a medio gas y es demasiado evidente con todo el potencial que tiene. A estas alturas todavía no percibo el frente negro como bien perfilado, por más que Angela Basset hiciese un pacto con el diablo (al que podríamos llamar como el mejor cirujano estético de la costa oeste), y se echa en falta que las rivalidades sean más a flor de piel. No pudo haber nada más ligero que ese complot para derribar a la Suprema. Pero esto tampoco quita que sea altamente disfrutable, que espere con ganas qué depara la traca final (por favor, que a Kathy Bates le den más juego como parece que van a hacer) y que vaya a estar haciendo fila de cara al cuarto año.

jueves, 31 de octubre de 2013

El sexo de las brujas

Podían llamarle loco, podían llamarle visionario pero la idea de Ryan Murphy de resetear ‘American Horror Story’ cada temporada fue sorprendente. No es como si las series de antología no existieran, ‘La dimensión desconocida’ de Rod Serling es un ejemplo clarísimo, pero en ese momento resultaba arriesgado. Pensar nuevos personajes, tramas y decorados es dinero y había la duda de si el público volvería para la nueva historia o creería que ese era el momento perfecto para abandonar la serie.

Por suerte para el canal FX, a una primera temporada claustrofóbica y con unos protagonistas que no dejaron mella le siguió ‘Asylum’, que fascinó a la crítica y permitió un amplio boca-oreja. Así, lo que podía considerarse un riesgo, fue una ventaja: su audiencia dio una segunda oportunidad a la serie, no tuvieron que cargar con los errores del pasado y nuevos espectadores se sumaron a la aventura de cara al tercer tomo, ‘Coven’. Abandonarían el perturbador psiquiátrico de Briarcliff por el aquelarre de Fiona Good en Nueva Orleans.

Procurar explicar su punto de partida es algo confuso, como la propia serie. Cuando Zoe Benson (Taissa Farmiga) descubre que es una bruja, la mandan a un particular Hogwarts para jóvenes prodigiosas como ella. Pero su vida estudiantil se tuerce cuando ve un grupo de deportistas violar a su compañera y ve una matanza de la que será cómplice. La bruja suprema de su comunidad, Fiona (Jessica Lange), mientras intentará encontrar el truco de la eterna juventud con un ejercicio de la magia inequívocamente oscuro y procurará utilizar a su favor la aparición de una inmortal y sádica racista (Kathy Bates).

Si todavía no había hablado de ‘Coven’ es porque, a simple vista, su presentación fue un jarro de agua fría. Bueno, puede que no fuera helada, que fuera más bien agua tibia, pero la primera impresión fue que, mientras ‘Asylum’ presentó ya de primeras un ambiente asfixiante y envolvente, a esta retorcida visión de Nueva Orleans le faltaría intensidad. Para no sonar alarmistas, era mejor esperar a ver qué desarrollarían Murphy y Brad Falchuk. Al fin y al cabo, esta parecía que era su intención, escribir algo menos enfermizo que ‘Asylum’ y había que darle una oportunidad. Y no se trata de una iniciativa que haya que despreciar, sólo que sabe a poco.

De momento, en tres episodios hay una trama recurrente: la lectura en clave oscura de la iniciación al sexo. Está Zoe, cuyo poder es una vagina mortal y que sin querer mata a su novio cuando pierde la virginidad; está Madison (Emma Roberts), a la que violan en el piloto; está Queenie (Gabourey Sidibe), cuyo físico le rebaja francamente el grado de exigencia; y finalmente está Kyle (Evan Peters), del que mejor no desvelar nada. Casi podría decirse que ‘Coven’ es un método anticonceptivo o una historia para asustar a los vírgenes. No hay sensualidad en el acto, es algo turbio y, si alguien se entona con la serie, debería ser ingresado con carácter urgente a Briarcliff.

Pero estas tramas todavía no encajan, las demás todavía menos y su atmósfera no atrapa. Si ‘Asylum’ funcionó tan bien fue porque todos los arcos argumentales coexistían en las cuatro paredes del centro de salud mental y las unificada. Aquí, en cambio, están dispersadas y falta determinación a la hora de presentar puntos de apoyo para el espectador. Murphy y Falchuk saben muy bien qué quieren de Jessica Lange en cada una de las escenas pero hay mucha relación y personaje sin definir, y falta alguno como Evan Peters y Sarah Paulson en la anterior entrega que despierte empatía. Puede que haya tiempo para que salga algo digno, pero difícilmente algo genial.