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lunes, 8 de julio de 2013

Míster camiseta mojada y el esnobismo chino

La novela de ‘El Diario de Bridget Jones’ era una adaptación muy libre de ‘Orgullo y Prejuicio’ de Jane Austen y no lo ocultaba precisamente. Esa solterona con unos quilitos de más a menudo se ponía la miniserie de la BBC, especialmente la escena donde el señor Darcy sale del agua con la camisa blanca mojada y soñaba con estar con un tipo similar.


Esta fijación, que no se pudo aprovechar en cine porque el actor que interpretaba al galán, Colin Firth, también era el protagonista de la película, no fue un apunte muy original por parte de la autora, Helen Fielding. La adaptación para televisión fue muy relevante, esa escena del lago causó sensación y todavía a día de hoy los británicos se acuerdan de ella. De hecho, según una encuesta de UKTV, es el momento más memorable de la historia de la ficción televisiva del país.

Que un caballero con una camisa medio transparente sea el instante más icónico de la televisión británica dice mucho de los habitantes del Reino Unido (y no me extrañaría que en unos años se le acercase la boda de Mary y el primo Matthew, a ver si el factor nostalgia entra en juego más adelante). Pero tampoco tengo ningún interés en sobre-analizarlo. Sólo es un recordatorio de cuán apreciable es la miniserie de 1995 de la BBC.

Siempre preferiré la adaptación cinematográfica de Joe Wright porque nadie superará esa dirección ni la gracia natural de Keira Knightley como Lizzie Bennett, pero Colin Firth era mejor galán y su vehículo era igual de simpático con una banda sonora escrita por Carl Davis que no tenía nada que envidiar a la sensacional de Dario Marianelli. Pero jamás se le debería perdonar que la actriz que interpretaba a Jane, Susannah Harker, era mucho más fea que Jennifer Ehle, cuando se suponía que era la hermana guapa de la familia Bennett.



Y otro artículo curioso es la jerarquía social de China a partir de sus preferencias televisivas. Si bien no es extraño que ciertos círculos de todos los países tengan favoritismos y tendencias, allí son un rasgo a tener en cuenta a la hora de diferenciarse. Y las clases más snobs se están aficionando a las series británicas, sobre todo los ejecutivos y los universitarios, que miran por encima del hombro a aquellos que prefieren las americanas.

Esto se ha evidenciado gracias a la pasión que despiertan ‘Downton Abbey’ y ‘Sherlock’, que se perciben como ficciones más sofisticadas. Pero lo más curioso es que la pirámide sigue bajando. Los fans de las series estadounidenses también tienen cierto sentido de superioridad con respecto los chinos aficionados a los culebrones coreanos y los amantes de la ficción autóctona son los más pobres.

En España, por ejemplo, también hay cierto esnobismo cultural cuando toca hablar de televisión, pero no diría que haya conciencia de clase social dependiendo de donde proviene la ficción consumida. Y entre la nariz arrugada de Maggie Smith y el arrogante intelecto de Sherlock Holmes, resulta bastante coherente que sean la obsesión de los chinos jóvenes bienestantes y elitistas.

P.D.Podcast: Y, después del especial Emmys que todavía podéis recuperar, tocaba volver a la normalidad en ‘Yo Disparé a J.R.’. Esta vez con muchísimos estrenos Made in USA que tocaba comentar antes de irnos de vacaciones. Aquí tenéis la guía del programa:
- 0’: Presentación y ‘Under the Dome’, la serie-evento del verano.
- 17’: Siberia, la serie que fingía ser un reality.
- 33’: ‘Devious Maids’, unas desesperadas de segunda.
- 44’: ‘Twisted’, la serie que deberán ver los amantes de ‘Pretty Little Liars’.
- 54’: ‘Ray Donovan’, el último drama de Showtime.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Las capas de Fitzwilliam Darcy

Dicen que la belleza está en el interior, pero el maromo que sea guapo de forma objetiva, sin tener que ahondar en sus sentimientos. Que la gente evite ser elitista y no juzgue a los demás por los metros cuadrados de su piso y calidad de vida, pero si él vive en una mansión cuyo jardín no tiene límites y pierde la cuenta a la hora de nombrar su servicio, es un plus. Y lo importante es el carácter, la simpatía, la gracia natural de las personas cuando abren la boca; aunque si el tipo es rudo y tiene más capas que una cebolla, la experiencia de desentrañar su interior vale más que una primera impresión inmaculada. Y este es el truco del señor Darcy: que da la paz espiritual a todas las féminas porque es bueno, generoso y humilde, cuando en realidad todas las lectoras (y en este caso espectadoras) lo primero que les gusta de él es su arrogancia, poder y atractivo.


Bridget Jones lo idealizaba sin darse cuenta que tenía una reencarnación de Darcy en el salón de casa de sus padres, aunque ella no era Elizabeth Bennet y por lo tanto nadie se extrañaba de que el pobre hombre se la mirara desde lejos con superioridad. Era normal, pues estaba por encima de ella en varios aspectos. Pero cuando unos años antes el propio Colin Firth había interpretado al rico amigo de Bingley en la adaptación de la BBC, el caso ya era distinto. Allí se jugaba con las puyas escondidas tras las palabras de cortesía y la machista sociedad moderna le daba una lectura más compleja a la historia de amor que todos sabemos cómo acaba.


Tratándose de la BBC, la miniserie de 1995 (que también hubo la de 1980) era de esperar que estuviera perfectamente ambientada. Los ingleses, si saben de algo, es de cuidar las formas y sus clásicos y Firth se erigió en el maromo del lago, con una inexpresividad que siempre se ha contagiado a aquellos que han decidido ponerse en la dura piel de Darcy. Pero él, por encima de otros, tenía presencia. Claro que, puestos a comparar, el Orgullo y Prejuicio de 1995 estaba por debajo de la adaptación cinematográfica dirigida por Joe Wright. No era una cuestión de ambientación, sino que Jennifer Ehle palidece ante la gracia natural de Keira Knightley (que si no ganó el Oscar fue por joven), Rosamund Pike es en verdad la chica más guapa del pueblo, y el director (que sedujo a Pike, por cierto) supo darle magia a los bailes y a todo el metraje en sí.


Y como el público objetivo nunca se cansa de ver la misma historia con final feliz una y otra vez (también tuvimos la adaptación de 1940, la versión bollywoodiense de Bodas y Prejuicios y la relectura con zombies en Netherfield), la cadena británica ITV decidió hacer su propia versión, Lost in Austen, quizá con la intención de adelantarse a la BBC, que si ya la había adaptado en 1980 y en 1995, por estas fechas tocaría la tercera. Pero esta vez, en lugar de ser literal, introdujo a una chica contemporánea en el mundo de los Bennet, para cumplir la fantasía de las solteronas (o casadas que aún sueñan con que sus maridos tengan más capas de las que parece). Y como subproducto romántico y simpático el experimento funcionó a medias. Tenía encanto, porque cuando se oye el nombre de Darcy automáticamente nos montamos realidades alternativas donde el césped de Pemberley es más verde, pero de haber caído en manos de la cadena pública seguro que se le hubiera sacado más provecho. Actores de más calidad para empezar y unas modificaciones en la base que chirriaran un poco menos con tantos bandazos. Pero para peras ya teníamos las de la BBC y de Keira, fieles a la novela, y esto de Lost in Austen era un olmo (en formato bonsái).