lunes, 8 de julio de 2013
Míster camiseta mojada y el esnobismo chino
lunes, 6 de diciembre de 2010
Las capas de Fitzwilliam Darcy

Dicen que la belleza está en el interior, pero el maromo que sea guapo de forma objetiva, sin tener que ahondar en sus sentimientos. Que la gente evite ser elitista y no juzgue a los demás por los metros cuadrados de su piso y calidad de vida, pero si él vive en una mansión cuyo jardín no tiene límites y pierde la cuenta a la hora de nombrar su servicio, es un plus. Y lo importante es el carácter, la simpatía, la gracia natural de las personas cuando abren la boca; aunque si el tipo es rudo y tiene más capas que una cebolla, la experiencia de desentrañar su interior vale más que una primera impresión inmaculada. Y este es el truco del señor Darcy: que da la paz espiritual a todas las féminas porque es bueno, generoso y humilde, cuando en realidad todas las lectoras (y en este caso espectadoras) lo primero que les gusta de él es su arrogancia, poder y atractivo.
Bridget Jones lo idealizaba sin darse cuenta que tenía una reencarnación de Darcy en el salón de casa de sus padres, aunque ella no era Elizabeth Bennet y por lo tanto nadie se extrañaba de que el pobre hombre se la mirara desde lejos con superioridad. Era normal, pues estaba por encima de ella en varios aspectos. Pero cuando unos años antes el propio Colin Firth había interpretado al rico amigo de Bingley en la adaptación de la BBC, el caso ya era distinto. Allí se jugaba con las puyas escondidas tras las palabras de cortesía y la machista sociedad moderna le daba una lectura más compleja a la historia de amor que todos sabemos cómo acaba.
Tratándose de la BBC, la miniserie de 1995 (que también hubo la de 1980) era de esperar que estuviera perfectamente ambientada. Los ingleses, si saben de algo, es de cuidar las formas y sus clásicos y Firth se erigió en el maromo del lago, con una inexpresividad que siempre se ha contagiado a aquellos que han decidido ponerse en la dura piel de Darcy. Pero él, por encima de otros, tenía presencia. Claro que, puestos a comparar, el Orgullo y Prejuicio de 1995 estaba por debajo de la adaptación cinematográfica dirigida por Joe Wright. No era una cuestión de ambientación, sino que Jennifer Ehle palidece ante la gracia natural de Keira Knightley (que si no ganó el Oscar fue por joven), Rosamund Pike es en verdad la chica más guapa del pueblo, y el director (que sedujo a Pike, por cierto) supo darle magia a los bailes y a todo el metraje en sí.
Y como el público objetivo nunca se cansa de ver la misma historia con final feliz una y otra vez (también tuvimos la adaptación de 1940, la versión bollywoodiense de Bodas y Prejuicios y la relectura con zombies en Netherfield), la cadena británica ITV decidió hacer su propia versión, Lost in Austen, quizá con la intención de adelantarse a la BBC, que si ya la había adaptado en 1980 y en 1995, por estas fechas tocaría la tercera. Pero esta vez, en lugar de ser literal, introdujo a una chica contemporánea en el mundo de los Bennet, para cumplir la fantasía de las solteronas (o casadas que aún sueñan con que sus maridos tengan más capas de las que parece). Y como subproducto romántico y simpático el experimento funcionó a medias. Tenía encanto, porque cuando se oye el nombre de Darcy automáticamente nos montamos realidades alternativas donde el césped de Pemberley es más verde, pero de haber caído en manos de la cadena pública seguro que se le hubiera sacado más provecho. Actores de más calidad para empezar y unas modificaciones en la base que chirriaran un poco menos con tantos bandazos. Pero para peras ya teníamos las de la BBC y de Keira, fieles a la novela, y esto de Lost in Austen era un olmo (en formato bonsái).
