
Los dramas familiares tienen un límite de problemas que me pueden importar y/o emocionar. Bueno, no sé si esto es el paradigma de los dramas del género o sencillamente el resultado de la ineptitud y el no saber llevar las cosas, algo que acaba sucediendo de un momento a otro y que empieza con un mal fichaje, un despido o la falta de ideas (o de cómo exponerlas) por parte de los guionistas. Sea como sea, Brothers & Sisters está de capa caída y en la última temporada, la quinta, los Walker parecen pedir a gritos la eutanasia, dejar de sufrir, porque ha llegado ese momento en el que recuperarse parece una ilusión cada vez más lejana.
Lo más divertido de la serie, más que los lagrimones que querían hacernos saltar en su primera temporada, siempre fueron las interacciones entre los personajes. El esquema siempre era el mismo: todo comenzaba con una llamada a dos o tres bandas, un secreto, un bocazas y una comida donde todos estallaban en recriminaciones. Pero será porque primero se largó Tommy (que a veces aparece pero ya no es el mismo), después Rebecca y su madre (que podía ser una enchufada pero ofrecía buenas confrontaciones) y encima Kitty dejó de participar en todos los episodios, que la magia desapareció. Las situaciones dejaron de tener la chispa de antaño, seguramente perjudicadas por unos arcos individuales y colectivos que hace tiempo que no lucen, aunque los asuntos de paternidad se supone que siempre dan mucho juego.
Todo empezó con la llegada de Ryan, que desapareció por arte de magia, y siguió con situaciones tan absurdas como la novia de Tommy (ese esperpento cuya única función era entrometerse en el árbol genealógico), la enésima putada del patriarca Walker desde la tumba, la inexcusable e innecesaria gravedad de Holly y, no lo olvidemos, esas tonterías crípticas para encontrar la reserva de agua del año pasado. Supongo que cuando se pierde la imaginación y el talento en algo en concreto también significa que habrá repercusiones en otros ámbitos. Ahora no tenemos ni un drama familiar decente, ni unas interacciones ingeniosas (y Beau Bridges, por más que pase el tiempo, es de los actores más olvidables que han pasado por Hollywood).
Siempre es mejor, sin embargo, haber sido sujeto de la inspiración alguna vez que quedarse siempre como un producto sin gracia, que es el caso de Parenthood. Y es que si los Walker han conseguido que acabemos aborreciendo a la mitad de sus personajes (y sobre todo a Olivia), en el caso de los Braverman no hay quien se salve. Supongo que la palma se la lleva Adam solamente porque se comporta como un estúpido en todas las facetas de su vida, desde su relación con sus hijos, a con sus hermanos y en el trabajo, y encima va de rectitud moral en persona.
Pero lo que no entiendo de Parenthood es cómo hay quienes predican que es de las mejores series adultas de la televisión. Su razonamiento es que son problemas reales y contados de una forma real, pero no creo que sea cierto. Más bien diría que son problemas ordinarios, contados sin maña y demasiado almíbar, y encima desarrollados de forma ilógica. Sólo para poner un par de ejemplos recientes, la madre soltera sin estudios pasa de un día para otro a convertirse en autora teatral cuando lo más elaborado que había escrito en su vida era un trabajo de instituto; el niño autista cada vez se comporta de una forma más antisocial y tras medio año en un colegio especial (y sin haber presenciado mejoras) ya recomiendan que vuelva a la escuela convencional (y Adam obsesionado con que sí); y Amber llegó a la serie hace un año siendo una oveja descarriada que no sabía escribir y que debía repetir curso, y ahora todos se extrañan de que no haya entrado en una de las universidades más prestigiosas del país (¿alguien creía que tenía posibilidades? ¿Y qué sociópata la poseyó en los últimos episodios?). En serio, esta serie es de úlcera.
























