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jueves, 15 de noviembre de 2012

El tiempo no pasa para Angela Chase

Mi verano con la familia Chase fue bastante fructífero. Tres semanas de vacaciones y los diecinueve episodios ventilados, como si hubiera sido escrita y rodada recientemente. No hay que olvidar que, cuando una serie antigua sobrevive a su inmediatez, es que algo tiene. Dieciocho años son muchos, especialmente en televisión, y My So-Called Life aún tiene interés en nuestro contexto. Pero esto ya lo expliqué en agosto, cómo intentaba capturar las inseguridades de la adolescencia con sensibilidad, así que toca expresar otras impresiones del visionado ahora que los estrenos han quedado atrás y hay un huequecito en la página.

Para empezar, hay que advertir a todos aquellos que no la hayan visto y les pique la curiosidad, que no tiene un desenlace que pueda ser considerado como tal. El calmado tono de la serie motivó que la creadora Winnie Holzman no planificara ningún acontecimiento especial y al final no tuvo una segunda temporada que siguiera los pasos de Angela (Claire Danes). Aviso que no pasa nada.

El propósito de la serie era dar voz a la adolescencia y conocer múltiples puntos de vista sin juicios por parte de los guionistas, y estuvo bien que terminara mientras Angela Chase tuviera algo que contar pues, al fin y al cabo, su vida era la mar de normal. El proceso de maduración hubiera sido entretenido de vivir, por supuesto, pero tampoco podía ocurrir de la noche a la mañana y en este aspecto hasta se vislumbraron ciertos signos de cansancio en las últimas entregas.

Como parecían habérseles agotado las disertaciones más o menos arbitrarias, pues al principio las reflexiones solían brotar de acontecimientos aislados y anécdotas, My So-Called Life dio un ligero giro hacia el culebrón, que no le sentaba del todo bien. Da pereza imaginar una segunda temporada donde los arcos principales hubieran sido otra vez la amenaza de infidelidad en el si del matrimonio Chase y los enésimos tira y aflojas entre Jordan y Angela, completamente exprimidos. Como dijo la propia Holzman, fue una serie de adolescentes que acabó en su adolescencia, lo que no pudo ser más apropiado.

Lo que sí nos dejó este drama, en cambio, fueron unos personajes muy entrañables que hicieron del viaje una experiencia muy gratificante. Los cálidos padres de Angela, Ricky, Brian, Rayanne (aunque A. J. Langer fuera especialmente irritante interpretándola) y Sharon, mi favorita, tenían tantas o más aristas que la propia Angela, que a ratos hasta languidecía en comparación. Prueba de ello sería la inclusión del episodio ‘Life of Brian’ en la lista de TV Guide sobre los 100 mejores de la televisión, un capítulo centrado en el mundo interior del empollón de la clase y que sirvió como muestra de talento del guionista Jason Katims y de lo bien que se le da humanizar personajes y hablar de los sentimientos a partir del día a día. Dieciséis años después ganaría un merecidísimo Emmy al Mejor Guión de Drama gracias a Friday Night Lights.

Y el fantástico desarrollo de Ricky Vázquez, que tardó en abordar directamente su homosexualidad pero cuyo conflicto siempre estuvo latente y avanzó en cada episodio, demostró hasta qué punto My So-Called Life era una obra adulta en su tratamiento. Esto la pudo elevar por encima del resto pero, al igual que le ocurrió a FNL años después, hizo que fuera imposible venderla al gran público. Pero es una anécdota histórica muy recomendable y ahora también una obra fundamental para los adoradores de Claire Danes, que es la última moda.

domingo, 26 de agosto de 2012

El mundo interior de Angela Chase

No ha habido muchas chicas como Angela Chase en la televisión norteamericana. Puede que haya muchos canales orientados al público juvenil, pero ha habido muy pocas series que hayan querido explorar la psicología del adolescente. Desde que Friday Night Lights se despidió, no hay ninguna serie que se tome la molestia en hablar de ellos desde una perspectiva reflexiva (si exceptuamos The Good Wife, un drama adulto que tiene en Grace a una adolescente muy bien escrita) y ni tan siquiera dramas icónicos como Sensación de Vivir (que fue predecesora y sobrevivió a Angela) entrarían en esta categoría. De aquí que So-Called Life aún sea una obra apreciable y no solamente por el factor nostálgico.

De ella se tiende a recordar que fue el vehículo que convirtió a Claire Danes en una joven promesa, siendo nominada al Emmy y ganando el Globo, y también que fue cancelada después de una primera temporada, otorgándole una aureola de culto. El canal ABC no estaba especialmente satisfecho con las audiencias, pero el éxito de crítica le instigó a negociar una segunda temporada que al final no fue encargada por falta de interés por parte de Danes, que ya tenía la cabeza en otra parte. No deja de ser curioso pues Danes ha demostrado a posteriori que le gustan los retos y este papel protagonista tenía una mirada muy particular.

La gracia y mérito de My So-Called Life era que Angela Chase, en realidad, era una chica muy normal: hija en una familia blanca de clase media, hermana mayor y estudiante correcta. Pero su autora, Winnie Holzman, supo crearle un rico mundo interior que exploraba las inseguridades de todo adolescente y le dio a Angela las pinceladas suficientes para que fuera alguien. Quizá no era “la más” en nada, pero tampoco era mediocre. Sólo era una adolescente que se preguntaba muchas cosas y que raramente encontraba respuestas claras.

Las preocupaciones de Angela, además, estaban latentes en todos los episodios. La incomodidad con su propio cuerpo, su despertar sexual (sólo así se podía entender su obsesión por el guapo pero muy corto de luces Jordan Catalano), sus ganas de sentirse especial y la necesidad de entender quién quería ser, ya fuera rechazando a su amiga de infancia o a sus propios padres, una etapa por la que casi todos hemos pasado. No era tanto un acto de desprecio hacia ellos (aunque así parecía), sino que era una evolución natural: creía tener que renegar de sus raíces para poder crecer como individuo independiente. Que se tiñera el pelo de color rojo en el primer episodio y su irracional empeño en alejarse de Sharon demostraban hasta qué punto necesitaba romper con lo establecido por sus circunstancias, al igual que su empeño por amistarse con la cabra loca de Rayanne y Ricky, abiertamente homosexual.

Porque en Estados Unidos no ha surgido otra serie tan sensible (en el Reino Unido han tenido la excesiva Skins, igualmente reflexiva) y porque el tiempo no le ha pasado factura, My So-Called Life es una obra que todo amante de la televisión debería ver. Son pocas las series que consiguen hacer retratos adolescentes estimulantes y demuestra que el género teen también puede tener prestigio (al igual que hizo FNL). Y su mensaje, por más que las ropas noventeras engañen, sigue tan vigente e intacto como cuando se estrenó hizo ayer 18 años.