lunes, 28 de marzo de 2011

Un Whitechapel, dos Whitechapels

Pocos ingleses hay más internacionales que Jack el Destripador, aunque ya esté muerto, desconozcamos su verdadero nombre y también su nacionalidad. Su identidad, al haber permanecido un misterio durante ya más de un siglo, también ha suscitado numerosas hipótesis y revisiones literarias, cinematográficas y televisivas. No hay arma más poderosa que el desconocimiento, que permitió que se conjeturara que había familiares reales involucrados, que podía ser una mujer, un inmigrante o parte de una conspiración masónica. Y la fuerza de Whitechapel, de la cadena británica ITV (ahora de moda por Downton Abbey), también se la debemos a esta ignorancia. No es que se aproveche de unas circunstancias históricas ya muy lejanas y por lo tanto susceptibles a una especulación aún más imaginativa, sino que se alimenta de la leyenda de hoy en día.


Bajo el prisma contemporáneo de “elige la versión del Destripador que más te plazca” y como si fuera un caso del Cluedo, el detective protagonista necesita decidir qué versión de los asesinatos de 1888 es más plausible para poder presagiar los siguientes pasos de un psicópata del Londres actual que está obsesionado con recrear las mismas atrocidades en el céntrico barrio de Whitechapel. Y el morbo está, como apunta el ripperologist que ayuda en la investigación, en que la identidad del copycat puede también cerrar de forma simbólica el caso del siglo XIX. “Si lo atrapas, serás el héroe que acabó con el Destripador”, le dice al investigador Chandler.


Este interés por cerrar el caso provoca, como ocurre en la mayoría de productos de asesinatos (ya sean libros, películas o series), que nos quedemos anclados en la butaca fascinados por las malas artes del plagiador y el montaje ayuda a que quedemos absorbidos por el relato. Pocas veces se ha visto una edición más superflua, innecesaria y de peor gusto, con flashes de cuchillos, heridas y recortes de prensa porque sí, como si formaran parte de la ambientación o presagiaran algo cuando sólo son gratuitos aportes para aumentar el malestar. Pero la sombra del Destripador es tan alargada que todo funciona y abrazamos estos efectismos e ignoramos los irritantes secundarios que se pasean por la trama fingiendo que aportan algo al relato.


Otro mundo, sin embargo, es la continuación, la segunda temporada. Quizá por la falta de entidad del producto más allá de Jack, el collage y la tétrica fotografía, el nuevo caso basado en los mafiosos hermanos Kray que también sembraron el pánico en Londres por allá los cincuenta y sesenta, no tiene ni pies ni cabeza. Al no tener un protagonista con demasiada personalidad, pues un trastorno psicológico no otorga necesariamente profundidad, Ben Court y Caroline Ip cambian el tono de la serie (que no la estética) y convierten Whitechapel en una especie de parodia cómica de lo que hubo sido, como si de otra serie se tratara.


Los planos bajados del cielo suceden uno tras otro (que si luces apagándose una tras otra en un pasadizo, que si un baile de villanos sacado de un viaje onírico de Lynch), la policía pasa de ser una autoridad a un enjambre de corrupción que ni tan siquiera lo intenta disimular y los gemelos sospechosos parecen el reverso perverso de Dupond y Dupont. Es una especie de reformulación de la serie con los colores de Delicatessen, las ganas de mezclar géneros dentro de la parodia de Edgar Wright y Simon Pegg, pero a cargo de un guionista aficionado obsesionado con el estilo Charles Manson a la hora de declarar.


Lo peor es que todo es tan deliberado que a ratos parece que te pierdas algo, como si estuvieras en una pesadilla que no es la tuya. Si aguanté tal descalabro fue porque, de verdad, esperaba que en cualquier momento nos deleitaran con un giro dramático, un resultado menos obvio o una especie de explicación del estilo “Chandler estaba enfermo e imaginó media investigación drogado con morfina”. Pero no, los señores Court y Ip resulta que eran así de lamentables o, vete a saber tú, unos incomprendidos.

3 comentarios:

satrian dijo...

La primera temporada desde luego se vio muy favorecida por el mito de Jack el Destripador, que prácticamente les prestaba el guión, pero supieron darle un buen tratamiento, con personajes interesantes cada uno con sus peculiaridades, aunque viendo la segunda parte, esos toques personales acaban medio desapareciendo, aun así me gustaron las dos temporadas.

Crítico en Serie dijo...

Satrian, lo curioso es que la 2ªT es de un mal gusto aún más espantoso y no acabas de saber si estás ante una serie cómica, un drama, negro... un caos sin clase alguna.

Job dijo...

A mi me gusta la serie porque ha ido creciendo y abordando diferentes facetas en cada temporada. A los estructurados no les gusta porque no la pueden encajonar en algo predefinido. Los personajes aportan interés y las historias son atrapantes. Una serie que aporta varias cosas sin ser una obra maestra claro está.