domingo, 3 de julio de 2011

Los deslices del éxito

La NBC se tiene que convencer a sí misma que ha encontrado su gallina de los huevos de oro. Los resultados iniciales de The Voice, que se estrenó con unas cifras demográficas excelentes, la han obligado a creer en el formato y ya han apostado por estrenar la segunda edición tras la SuperBowl (una muy inteligente decisión, pues después de un partido intenso lo mejor es algo que no requiera un 100% de tu atención y con estrellitas propias del intermedio del partido). Pero al igual que el pelo de Christina Aguilera, no es el oro todo lo que reluce.


Los terribles datos que ha registrado la cadena durante todo el invierno han disimulado que The Voice bajó desde su estreno y que su final pasó desapercibida. Se puede culpar de ello a la erosión propia del verano, pues empezó cuando el público aún mantenía ciertos hábitos del curso. Pero esto no exime al formato de haberse quedado a medias a la hora de explotar todo su potencial y haberse quedado en un talent show bastante mediocre. No ayudó, por ejemplo, que ni la cadena tuviera demasiada fe en él y que por ello su repentino éxito se convirtiera en una patata caliente para la que no tenían una estrategia clara.


Primero se estrenó en su horario correcto, con unos cástings de dos horas de duración que empezaban a las 21h, la franja de máxima audiencia. Después las battle rounds se relegaron a las 22h, cuando pedían a gritos el doble de duración y un horario más tempranero. Al empezar las galas se sacaron de la chistera unos results shows al día siguiente que, aún y estando bien (mejor que los de American Idol) y siendo necesarios, aparecieron en el tramo final, ignorando que los espectadores tienen unos hábitos y no los iban a cambiar a última hora. Bueno, y encima se guardaron los resultados finales para las... 20h. Algunos ni se enteraron y hasta se la perdieron. Y todo esto en dos meses.


Esta falta de fe contribuye a que, además, no haya habido una planificación seria de los contenidos. Nada en el concurso indicaba la grandilocuencia de que nos dirigíamos hacia una gran final y que el elegido sería la voz de América, algo que sí saben transmitir en American Idol (¡y de qué manera!). Querían ser muy 2.0 e idearon una sala media (¿aún no se han enterado que para ser 2.0 de verdad no tienes que fardar de ello?), aunque no tengo nada en contra de los tweets en la pantalla y realmente #TheVoice funcionó en Twitter (no entendí qué era Moves Like Jagger hasta que vi el episodio de esa semana). Y se aceptan las pastillas pre-grabadas para los episodios previos a las galas, los cástings y las battle rounds, pero hay que ser un poco más pillo. Si todo lo piensas grabar el mismo día (al igual que los ensayos), cambia la vestimenta de tus jueces para cada concursante.


Si fueran cuatro pringados que ni su madre les conocía antes de verlos por la tele, de acuerdo. ¡Pero estamos hablando de Cee Lo Green, Blake Shelton, Adam Levine y Christina Aguilera! Por supuesto te fijas en lo que llevan porque, para empezar, son un poco extremos (por lo menos Cee Lo y Xtina) y uno acaba un poco harto del chandal rojo y paticorto de Cee Lo. Y lo mismo digo sobre los ensayos. Esta vez la edición duró dos meses (que espero que sean tres o tres y medio para la próxima), pero hay que mostrar unos clips más personales sobre el proceso de entrenamiento y ensayo entre los artistas-jueces y los concursantes. Al fin y al cabo, son las estrellas el verdadero anzuelo del programa y hay que saber aprovecharlo. Si se niegan a implicarse durante más tiempo en el formato, que se busquen a otro, que cuatro meses no son tantos (cuando encima el primer tercio, los cástings, puede estar grabado hace tiempo) y encima les supone una brutal plataforma de promoción (el resto de Maroon 5 dudo que se quejara de cómo caló en USA el Moves Like Jagger).


El problema de los doce episodios que tuvo esta primera edición (incluyendo las galas de resultados) es que dejaron con ganas de saber más (mucho más) de los concursantes. Los cástings que eran tan divertidos sólo duraron dos noches, no supimos demasiado qué esperaban sacar musicalmente los artistas de sus coaches, cuánto rato pasaban juntos (si se hacen los implicados, pues que nos digan cuánto hay de cierto en ello), faltaban clips para conocer mejor a las voces (no hace falta saber sus rupturas sentimentales, pero no está mal saber sus referentes, pasado musical, etc) y en general no me parece muy inteligente tener un programa tan fugaz, sobre todo si es una gran apuesta. Estoy completamente a favor de no desgastar un formato, pero diez semanas son muy pocas, ayudan poco en la programación y en el caso de The Voice podrían utilizar a su favor un poco más de tiempo. Bueno, tiempo y un presentador con algo de carisma y determinación, y no ese panoli llamado Carson Daly que contribuye a darle al concurso los aires de segunda.

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