miércoles, 10 de octubre de 2012

Las revalidaciones de Carrie y Amanda


La presunción de culpabilidad es un mal hábito del espectador. Como hemos vivido unas cuantas experiencias traumáticas con historias que al final no llegaban a ningún puerto, caemos en la trampa de presagiar qué series nos defraudarán a la primera de cambio. Y esta predisposición muchas veces la sufren algunas series que no necesariamente nos han dado motivos para desconfiar de ellas, un reto al que han tenido que enfrentarse las dos revelaciones de la temporada pasada, Homeland y Revenge.

Los dos dramas, uno un thriller y el otro un culebrón de primetime, tuvieron caminos bastante similares. Encontraron nichos de público muy entregados y con un fuerte componente de boca oreja, demostraron ofrecer algo que no estaba presente en televisión y lo hicieron con argumentos enrevesados de los que había que tirar.

Revenge seguía la misión vengativa de Amanda Clarke, cuyo padre fue víctima de una conspiración, y en el piloto urdió una pequeña trama de quince episodios, que acababa con un fiambre en la playa (y después siguió). La triunfadora de los Emmy, en cambio, se centraba en Carrie Mathison, una agente de la CIA que estaba convencida de que un héroe de guerra secuestrado durante ocho años por Al Qaeda había regresado convertido en un terrorista islámico. Pero ambas coincidían a la hora de prometer historias de caminos muy claros y sin cabos sueltos. Algo que, más o menos, concedieron (las dos despertaron críticas por ciertas decisiones de los guionistas, pero en general dejaron satisfechos a sus públicos).

Este año, sin embargo, tenían las expectativas en contra. A Revenge le desapareció el factor novedad, tras despedirse la temporada anterior con un plano final que podía interpretarse como un salto del tiburónay, Madeleine...!) y auguraron una conspiración más basta de lo pensado en primera instancia, lo que podía indicar que su responsable Mike Kelley no sabía hacia donde iban. Y Homeland, después de desvelar en qué bando jugaba el sargento Brody y llevar al abismo a Carrie, debía aprender a manejar sus variables con las cartas encima de la mesa. Vamos, que las dos eran sus peores enemigas porque en sus campos tan opuestos habían aprovechado (lo que se creía como) todo su potencial y siempre se vaticina que sólo se puede ir a peor.

Pero lo que un espectador confiado no podía concebir es que, tras darnos a entender durante media hora que jamás sería tan adictiva como en sus primeros días, Revenge provocaría un grito ahogado, aplausos y ansias de seguir con las zorras implacables hasta el infierno si hace falta. Y después de una presentación inteligente y calmada, tampoco se podía esperar que Homeland daría semejante giro en su segundo capítulo, porque una vez más ha demostrado que, si es la mejor, es porque sus capítulos siguen las exigencias de la historia (y no al revés).

Y así es imposible angustiarse por la falta de novedades excitantes, de series que nos impliquen y sorprendan cada semana y nos tengan pegados al sofá con las manos sudorosas de tanta emoción. Porque, por suerte, los placeres de antaño siguen tan vigentes como cuando dieron el golpe hace doce meses y quieren demostrarnos que, en contra lo que podíamos pensar, no son flor de un día.

2 comentarios:

Minnie Mousse dijo...

La segunda de Homeland ha empezado de infarto (a ver por dónde tira el tercer capítulo), pero Revenge lo dejé a mitad de la primera temporada.

Crítico en Serie dijo...

Minnie, una lástima que no te gustara 'Revenge', porque sus espectadores disfrutamos como enanos en celo viéndola. Y sí, Homeland tuvo un gran segundo episodio. Admiro que sea de las pocas series que entienden que la historia debe seguir un curso natural.