viernes, 14 de diciembre de 2012

Esto es un escándalo, Shonda

Si hay alguna cosa que Shonda Rhimes haya aprendido a lo largo de estos años como todopoderosa televisiva es que un episodio-evento te devuelve parte de la audiencia. Algunos desencantados regresan y otros simplemente deciden ver el siguiente capítulo en directo con anuncios incluidos, para poder comentarlo al día siguiente y evitarse que le destripen lo ocurrido durante el café. El tiroteo en el Seattle Grace y el musical registraron las mejores audiencias en sus respectivas temporadas de Anatomía de Grey, la violación de un personaje le dio algo de vida a Private Practice y ahora en Scandal ha intentado despertar revuelo con cierto gancho muy patriótico. Y también le ha funcionado.

La serie batió récords de audiencia con 7,4 millones de espectadores y un 2.5 en los demográficos, una buena nota para la franja de las 22h de la ABC. Demostró, además, que posiblemente Scandal no era la mejor candidata para aprovechar el tirón de Anatomía de Grey, pues no comparten temática ni filosofía a pesar de tener la misma creadora, pero ha conseguido reunir una buena parroquia de fieles. Al fin y al cabo, sólo hizo medio punto menos que Meredith y compañía.

Lo divertido es ver como en Estados Unidos hay quienes se toman la serie como algo adulto, complejo e inteligente. La televisiva Retta, por ejemplo, no se cansa de avalar la obra y, aunque los críticos se la pasen de largo en los repasos de este año, también hay fuerzas oscuras (otros famosos shondistas) que quieren meterla en ese saco de “...y en la segunda temporada explosionó y se convirtió en una serie superior”. Por no hablar de los que, aprovechando el tirón de Kerry Washington gracias a su película con Quentin Tarantino, Django Unchained, predican que es la sexta nominada de todos los premios que se conceden. De hecho, cuando le encargaron anunciar las nominaciones a los Emmy por un segundo me temí lo peor.

En realidad, Scandal es la hermana fea y deforme de El Ala Oeste y The Good Wife. Pero muy, muy fea. De esas que rompen espejos. Las cortinillas compuestas por flashes parecen sacadas de una doppleganger de segunda de CSI y Washington está tan desbocada como Olivia Pope que a ratos creo que se le caerá la dentadura al suelo mientras suelta algún sermón o pone en su sitio a cualquier persona que se interponga en su camino. Bueno, a cualquier persona menos al líder del mundo libre, que cuando se trata del Presidente de los Estados Unidos pierde toda personalidad y autocontrol.

La percepción al verla, sin embargo, es que Shonda Rhimes está convencida de estar escribiendo algo mucho mejor. Algo con cara y ojos, que diríamos en Catalunya. Habla de política, cae en el mismo error que Sorkin en The Newsroom y finge que el Presidente es republicano cuando a todas luces es demócrata, sus personajes hablan a la velocidad de la luz durante cuarenta minutos, confundiendo rapidez con inteligencia, y cree estar tejiendo un tupido tapiz sobre el funcionamiento de la capital de los Estados Unidos y las aristas y responsabilidades del poder. Hasta ha metido con calzador a un sucedáneo de Dexter que ayuda a Olivia Pope a conseguir sus propósitos, lo que es demencial. Y, aunque suena a festival del absurdo, es tan mala y solemne que ni puedo subirme al carro con un buen hate-watch con pipas en la mano. Sobre todo por cuestiones de salud, que en cualquier momento se me podría atragantar una cáscara con esas tracas de flashes y quedarme tieso en el sofá. No existe idea más triste que morir viendo Scandal.

P.D: Y no, no voy a comentar las nominaciones a los Globos de Oro. Una cosa es que ignoren The Good Wife como Mejor Drama y otra muy distinta que metan a The Newsroom. Ahora que lo pienso, quizá sería más patético morir mientras Will McAvoy me informa. Fingiré que estos premios no existen aunque el domingo me tocará comentarlos en Yo Disparé a J.R.