miércoles, 10 de abril de 2013

Las ojeras de Don y Jon

Mad Men ha vuelto y por una puerta de tamaño estándar. Nada a lo grande porque no había esa desmedida expectación de la quinta temporada, cuando llevaban una eternidad fuera de antena. La crítica entonces estaba ansiosa y esta vez solamente querían propagar a los cuatro vientos que Matthew Weiner es una persona antipática. ¿Cómo se le ocurre mandar el episodio a los periodistas juntamente con una guía sobre lo que podían mencionar? Más que nada porque el margen de maniobra era absurdo y no acabaron por no comentar nada. Ni tan siquiera que el episodio arrancaba en Hawaii, algo que ya se sabía porque habían salido a la luz imágenes del rodaje. Como si Mad Men fuese El Sexto Sentido y la filtración de un detalle pudiese arruinar el visionado entero. No es el caso (excepto contadas ocasiones) y de esta forma el responsable sólo hace que ganarse enemigos. Y yo, amigos, me siento incapaz de hablar del episodio sin desvelar en qué punto están los personajes principales.


A Don, por ejemplo, se le ve cansado. Jon Hamm, que lleva toda su carrera aparentando cuarenta años (vamos, desde que empezó la serie), está más viejo que nunca y con un carisma más impostado del habitual. Habrá quienes defiendan que se trata del personaje, desesperado por seguir siendo un triunfador cuando puede que ya sea un dinosaurio, pero hubo algunas miradas muy desacertadas. Por más que Don esté en horas bajas, no hace falta que prácticamente cierre los ojos para hacerse el interesante (y sin estar borracho). ¿Estamos, por fin, ante el declive definitivo de Draper? Y ya puestos, ¿será también el de Hamm, ese actor que jamás se ha llevado un Emmy y puede que por alguna razón? Sea como sea, quiero verle fracasar. A Don, digo. Tanta condescendencia no puede seguir sin un castigo divino, sobre todo cuando finge evolucionar y ya está rabiando ante el éxito de Megan (aléjate, querida, huye muy lejos).

El que sí vivió días mejores es Roger Sterling. Cada vez que aparece en Mad Men, hay que preguntarse porqué Matthew Weiner le mantuvo en nómina cuando el personaje no tiene nada más que aportar y el canal que le está haciendo rico le pidió que redujera el reparto. Por suerte para John Slattery (probablemente el mejor actor del elenco), le saca jugo en esta doble season premiere. Es el alivio cómico y, bien empleado, aporta una nota de humor en el capítulo (otras veces, en cambio, es un extra con frase sudada). La resolución de su trama, sin embargo, no está a la altura. La hemos visto demasiadas veces y en Anatomía de Grey aproximadamente veintidós. Podría haber realizado el mismo viaje pero sin utilizar las mismas armas que cualquier guionista de Hollywood, sobre todo cuando se cree por encima de todos ellos (Shonda Rhimes incluida).

Peggy, de mientras, tiene su spin-off. Ella es la nueva Don para lo bueno (su talento innato por la publicidad) y para lo malo (sólo piensa en ella misma). La única razón por la que no tiene una familia (que ignorar) es porque tendría que parirla. Y, la verdad, espero que no la tenga. Después de la jugarreta gratuita que nos hizo Weiner con el primer retoño (que nos dio a entender que cuidaba su madre y había sido dado en adopción), entraríamos en un estado de paranoia máximo. ¿Existe? ¿No existe? No, no, mejor no.


Y otra que vive en su propio mundo es Betty Francis. Todavía sufriendo sobrepeso y algo más estable de lo habitual (hasta que vemos el twist final, casi damonlindelofiano). Incluso parece sentir cariño cuando le suelta los comentarios más inapropiados que han salido jamás de su boca (Betty la chula). Lo gracioso, sin embargo, es ver cómo está más cómoda rodeada de extraños que no encajan en el esquema de su vida que con su propia familia. La escena de los pisos probablemente sea mi favorita (bueno, las escenas de Betty siempre lo son) y, si Jon Hamm es buen actor porque su personaje tiene el mismo falso carisma, entonces January Jones es la mejor actriz viva.

A favor, por lo tanto, la evolución consecuente de todos sus personajes y unas escenas muy bien escritas (las de Roger por divertidas, las de Megan por lo que dejaban entrever de Don, las de Betty por locas y las de Peggy porque eran casi procedimentales). Y todo con mucha clase, como siempre hace el señor Weiner.

En contra, no obstante, hay unos cuantos detalles. Jon Hamm, por ejemplo. También un montaje bochornoso en la escena de la portería (a la altura de los momentos oníricos de Don Draper). Y odio la obsesión del autor por fingir darle un significado a todas las miradas del protagonista. Lo pillamos, Matthew. Lo hemos pillado desde la primera temporada. Y el vacío existencial de Don no excusa el pésimo ser humano que es (aunque tú creas que sí).

¿Conclusión? Un arranque notable para una serie que ni en broma es la mejor de la historia. Innecesario, lo sé.

4 comentarios:

Beatriz Serrano dijo...

Hola, perdona, ¿tienes un correo de contacto para proponerte algo?

Muchas gracias

Bárbara de la Torriente Pulido dijo...

Me encanta tu blog y es por ello que he querido premiarte. Pasate por mi blog...
http://consejosparaunavidamagica.blogspot.com.es/

Un saludo y buen dia

Crítico en Serie dijo...

Beatriz,

peresolagimferrer (arroba) hotmail.com

Diego Martínez Fernández dijo...

Muy de acuerdo con lo que comentas punto por punto. Aun así, a mí me da la sensación de que Sterling no ha aportado demasiado nunca a 'Mad Men' porque su función es un poco la misma que la condesa viuda de Grantham en 'Downton Abbey', soltar "one liners" que sirvan de alivio cómico. Y eso se le da mejor que a nadie.