miércoles, 15 de septiembre de 2010

La cadencia de las olas

Que las olas golpeen una y otra vez la orilla no significa que dejen algún recuerdo varado en la arena. Con un poco de suerte dejarán algún trozo de vidrio de color azul, desgastado de tanto pulular por el fondo del mar, y alguna caracola que más vale coger y guardar en un bote con olor a sal. Pero este verano, con el vaivén del mar, pocas series han conseguido quedarse en la superficie y las primeras impresiones vinieron seguidas de las segundas, y lo que una ola nos trajo la siguiente nos la robó.


Haven, por ejemplo, llegó con sus aires del norte y me confundió con su niebla marina. Había una historia detrás que no quería robar el protagonismo a los casos, una correcta Emily Rose (aunque muchos la detestaron desde el primer episodio), ese característico escenario y un hecho que me hizo forjar una opinión demasiado optimista: era mejor que la inútil Eureka. Pero luego llegaron los hechos, unos casos que no entusiasmaban y una química que no fluía. Y la ola se llevó el buen recuerdo que inicialmente tuve y dejó un simple rastro espumoso que recordó lo que podría haber sido (que tampoco era tanto, sino una correcta serie de casos para la época estival).


En el mismo grupo también incluiría Covert Affairs, que no supo tener una filosofía distinta de sus compañeras de canal (¿y por qué debería tenerla si la audiencia las apoya?). Siguió la misma estela ligera, unas misiones poco elaboradas (que no pretendían ser mundanas pero tampoco tenían acción) y Christopher Gorham de ciego tuvo muy poco (aunque abdominales unas cuantas). Al igual que Jenna de Pretty Little Liars, que se viste de invidente de manual, con su ropa oscura y unas gafotas negras que bien podrían pertenecer a la cabezona de su madre. Y el resto de las chicas, también tan modestas, no lograron convertir los aires de serie Q de este culebrón en algo positivo, por la falta de sangre de todos sus guiones (¿alguien compró alguna de las historias personales de las vedettes?).


Y la ABC Family, que es la CW estival, tampoco tuvo mucha más suerte con otras dos grandes apuestas (a nivel de calidad, que PTL triunfó entre los púberes): los aires trascendentes de Huge no casaron con las normas del canal, a pesar de sus buenas intenciones, y Melissa & Joey se quedó en una mera anécdota. A ver, tener a Melissa Joan Hart, referente brujildo donde los haya, con otra joven vieja gloria como Joe Lawrence (Blossom) da para titulares, no para una serie. Y como ellos mismos dijeron, quisieron recuperar la sitcom de risas en el plató. Sin embargo, confundieron tener un público con retroceder en el tiempo, para intentar regresar a ese momento en el que eran estrellas. Y no. Si no supieron tirar hacia delante... quizá no fue por casualidad sino consecuencia de su talento (o la tirria que despierta Melissa).


Entonces, ¿quién se salva? Pues las señoritas Rizzoli & Isles, que con la tontería desarrollaron una relación muy divertida (que no sólo se queda en su terreno, sino que incluye a la graciosa Lorraine Bracco o al temporal Donnie Wahlberg). Ya le gustaría a Castle tener la misma compenetración. Y desde el punto de vista más autoral, Rubicon se ganó su hueco en la muy exclusiva programación de AMC, con su trama rebuscada sobre la que no he cambiado de parecer. Tantas olas... y qué poco nos han dejado.

3 comentarios:

satrian dijo...

Cada vez más entusiasmado con Rubicon.

martinyfelix dijo...

A mí 'Rizzoli & Isles' me llamó un poco, pero no me puse con ella, y ahora es el momento más inoportuno. Eso sí, todos coinciden en que está muy bien.

MacGuffin dijo...

La química entre Rizzoli y Isles ya le gustaría a otras series basadas, en teoría, en la TSNR entre sus protagonistas. Pero es que hasta Peter y Neal en White Collar tienen más química que los de Castle, pobrecicos.